La muerte y el transhumanismo

La muerte es el paso de la vida terrena a una vida eterna adecuada a nuestros méritos.


Más allá de la vida


La muerte es lo más seguro que tenemos todos. En México nos gusta la fiesta. En la fiesta manifestamos mucho de cómo somos: alegres, cordiales, sin exagerar solidarios, creativos, inconstantes, acomodaticios. Todos esos calificativos tienen sus pros y contras.

Esas características ante la realidad de la muerte influyen en las costumbres tradicionales que forjan nuestra peculiar cultura. Los demás países no la comparten, a veces les causa escándalo y rechazo -aunque tal vez algunos de los pueblos latinoamericanos coincidamos en algo-. Sin embargo, nos favoreció la película de “Coco”.

La muerte es un misterio porque ninguna se repite. El temor naturalmente nos invade. Todo ello aumenta cuando la sociedad huye del dolor, del sufrimiento. Ahora casi todos los mensajes nos ofrecen la comodidad, huir del dolor, de todo aquello que nos disgusta. Lo mejor, dicen, es pasarla bien.

La vida en la Tierra es para cooperar con nuestro destino y para ese fin hemos de aprovechar las circunstancias. Aprovechar significa actuar, asumir nuestra responsabilidad, forjar nuestro carácter, prepararnos para lo venidero y estar en condiciones. Acomodarse es desertar, es buscar un falso bienestar que nos debilita y deja una caricatura de paz.

El tiempo de vida terrena es limitado, en ese transcurso tenemos la oportunidad de participar activamente, y hemos de afrontar los variados aspectos a nuestro alcance: lo espiritual, lo moral, lo social, lo económico, por mencionar algunos.

Sin embargo, el terreno de participación está acotado por lo que nos corresponde y por lo que no nos corresponde. Es muy extenso el campo en donde nos hemos de mover. Pero muchas veces por huir de lo propio intervenimos en asuntos destinados a otros. También esas decisiones pueden deberse al desorden de entrometerse indebidamente.

La línea que delimita nuestra circunscripción es muy sutil, aunque es perceptible si hay buena voluntad. Esa línea depende de la naturaleza humana y de la norma moral. Nuestra naturaleza es un regalo, no intervenimos en su diseño y cualquier intento de modificación acarrea unas consecuencias terribles. El sabio dicho popular nos dice “la naturaleza no perdona nunca”. Nos advierten de graves males si la herimos.

La norma moral consiste en movernos en la órbita del bien. Dentro de esta órbita han de estar las leyes humanas, si se salen, aunque estén promulgadas son falsas. Quien se empeñe en luchar por el bien ha de desenmascarar esas leyes. El mal siempre termina perdiendo, pero requiere del buen hacer de quienes actúan dentro del orden moral.

La muerte es una condición de la naturaleza humana. La parte corpórea se desintegra, se transforma. La parte espiritual que solamente tenemos los humanos, por las características de la espiritualidad no se transforma, permanece. Al separarse de su cuerpo permanece. Esta afirmación nos la explican los sabios filósofos que han estudiado este asunto. Por lo tanto, la muerte es la separación del cuerpo y el alma.

Las religiones tienen respuestas diversas sobre lo que sucede al alma espiritual de las personas. El cristianismo también tiene su respuesta: el cuerpo se transforma, pero como su finalidad es unirse con su alma, volverá a reunirse. Mientras se dé el momento de recuperar esa unidad, el alma sufrirá hasta alcanzar la perfección que le faltó en la tierra.

Pero si se trata del alma de alguien que se resistió conscientemente a vivir en el bien, sufrirá eternamente el castigo adecuado a sus obras y el cuerpo se reunirá para compartir tal castigo.

Por lo tanto, la muerte es un paso hacia otra vida futura, forjada con nuestros actos. Si vivió en el bien, gozará eternamente. Para el difunto es llegar a la meta. Obviamente el sufrimiento es de quienes le extrañan. Sin embargo, el testimonio de su conducta nos consuela porque en verdad “pasó a mejor vida”.

Para la mentalidad del ser humano contemporáneo, que experimenta el poder gracias a los productos de la tecnología, desea dominar a la muerte, no admite un sometimiento a tan temido suceso. Y con ese esquema espera sustituir la naturaleza humana por otra naturaleza diseñada a su gusto. Esta es la esperanza del transhumanista.

Los menos audaces prefieren autosugestionarse y hacer un diseño mental de lo que quieren ser y se lo creen y viven lo que piensan. Y se olvidan de quienes son realmente. Pero el pensar no transforma ni elimina al ser.

Todavía en México la muerte es un tema cercano, especialmente en familias más religiosas y más cercanas a la naturaleza. Las que viven en grandes urbes, soslayan el pensamiento de la muerte. La ocultan a los hijos pequeños, la evaden. En el fondo sufren ante esa realidad. Es necesario recuperar la verdad de ese hecho inevitable.

La pandemia ha impedido el acompañamiento de quienes han experimentado pérdidas. Sin embargo, hemos de recuperar el acompañamiento, hemos de recuperar el verdadero sentido de la muerte. La muerte es el paso de la vida terrena a una vida eterna adecuada a nuestros méritos.

El hecho de la muerte, bien entendido y bien explicado, puede salvar a muchos de la condena eterna, y reubicarlos en la vida terrena de las buenas obras y esperar el correspondiente premio. Para toda la eternidad.

Por lo tanto, el transhumanismo es un fallido intento anunciado.


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