Cortesía y urbanidad

Con el respeto, como punto de partida, se puede llegar al aprecio e incluso a la admiración.



En la actualidad se valora mucho la espontaneidad y habría que detenernos en los matices de esta valoración. Me parece que el contenido de esta palabra tiene un significado muy distinto para los jóvenes y para las personas mayores. Desde luego, encontrar los motivos de unos y otros nos puede mostrar los enfoques y las preferencias que aparecen con el paso del tiempo. Y nos puede abrir al diálogo y a la comprensión más que a la polarización que divide.

Generalmente cuando surgen enfoques excluyentes, tal vez se deba a que existen esquemas sociales bastante rebuscados, ficticios e incluso llenos de hipocresía. Respecto a lo rebuscado es posible porque en épocas pasadas había un protocolo social muy exagerado, especialmente en las esferas más altas donde se buscaba subrayar una gran diferencia respecto a las clases menos favorecidas. Por ese motivo, las relaciones humanas incluían muchos artificios.

Esos artificios en los saludos, en los momentos para tomar la palabra en una conversación, en el modo de saludar, etcétera, muchas veces se quedaban en lo externo, se desvinculaban del respeto al otro a quien muchas veces se le rechazaba, y por esa razón resultaban ficticios y, lo más grave es que ocultaban un auténtico desprecio al otro, por lo tanto, había una gran hipocresía: por fuera mucho artificio y por dentro infravaloración del otro.

Obviamente, estas maneras tan exageradas provocaron la reacción extrema: la espontaneidad fundamentada en los sentimientos, en si entre el interlocutor y yo hay química, en si me parece atrayente su personalidad o no, en si hay coincidencias o no, en si me gusta cómo se desenvuelve o no. Entonces mis manifestaciones serán positivas si la otra persona me ofrece pistas de empatía, pero si no las encuentro aquella persona quedará fuera de mi ámbito y abruptamente se lo mostraré.

Tanto en los rebuscamientos del pasado como en el modo de entender la espontaneidad en el presente hay una carencia básica, se trata del respeto al otro sea quien sea. En el pasado se cuidaban las maneras sin admitir al otro como un semejante, en el presente hay la coincidencia de no admitir al otro como semejante, cuando no atrae a mi sensibilidad.

Lo adecuado es reconocer el hecho de que toda persona es alguien con una dignidad que merece todo respeto y buen trato. Sea conocida o no, sea afín o no. Y del respeto, como punto de partida, se puede llegar al aprecio e incluso a la admiración.

La palabra cortesía surge del modo de calificar a una persona que formaba parte de la corte de una persona importante. Esa persona había aprendido la manera de conducirse, de halagar. Le habían enseñado un código de conducta y no desentonaba. Una persona delicada, con buenos modales y palabras adecuadas, aunque no la conozcamos, nos hace grato el tiempo en que lo tratemos y no pensamos que es hipócrita.

La palabra urbanidad está relacionada con la urbe, con la ciudad, y encierra el concepto de educación recibida para saber moverse en ese lugar. Por lo tanto, es alguien civilizado, urbanizado, tiene hábitos que le hacen moverse con soltura y sabe dar su lugar a los demás, aunque no los conozca. Les presta atención y responde a sus preguntas cuando no son del lugar. Tampoco pensamos que alguien así es hipócrita, al contrario, le agradecemos el modo de ayudarnos.

Entonces, para mejorar las relaciones humanas, es importante advertir las ventajas de encontrar a una persona cortés, sea conocida o no. De manera natural satisface la necesidad de ser tratados con esquemas humanos. Es una necesidad vital porque responde a la dignidad y a la capacidad de toda persona de reconocer a un semejante.

Muchas veces disculpamos nuestro proceder despreocupado por los demás, debido a la velocidad con que tenemos que reaccionar, a la cantidad de compromisos que nos avasallan, a las presiones de la vida moderna y al estrés que nos producen. Y precisamente, en el momento en que alguna persona nos pide ayuda, y nos detenemos a escucharla, rompemos con ese círculo e incluimos un servicio inesperado que nos libera. Hacemos un favor a otro que también nos beneficia.

De manera que la espontaneidad es una buena manera de convivir, pero no es opuesta a la cortesía y a la urbanidad. El común denominador de esas tres maneras de conducirnos es el respeto que nos merece toda persona.

Si aprendemos a respetar a los demás y a nosotros mismos, seremos oportunamente espontáneos, oportunamente corteses, viviremos la urbanidad con oportunidad. Hay un dicho que compendia todo esto: “lo cortés no quita lo valiente”.

La cortesía es necesario aprenderla desde la infancia, en la escuela y en el hogar. Y para fortalecer esas lecciones, los padres y los profesores han de esmerarse en dar buen ejemplo. Este es un modo concreto y accesible a todos para rehacer el buen ambiente en todo tipo de sociedades en las que nos movamos. Todos recuperamos la capacidad de revalorar a los demás.

El mejor hábito que adquirimos es el que se basa en la consideración y el respeto a toda persona humana. Esto es el fundamento del amor al prójimo.

Los actos de cortesía y urbanidad dejan una disposición de apertura al otro, de generosidad para atenderle. Esto, al repetirse innumerables veces habituará a esa persona a no perder ocasiones y, cuando descubra a alguien que despierte sentimientos más profundos y deseos de una relación única, tendrá la capacidad de no perder esa oportunidad y podrá cultivar el verdadero amor de exclusividad.

Pero de eso hablaremos en otra ocasión.

 

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