Aprender del pasado

El amor es el hilo conductor del pasado, presente y futuro. Da unidad al tiempo. Por lo tanto, quien reniega del pasado o del presente es un depredador del futuro.



En la línea del tiempo hay tres épocas: el pasado, el presente y el futuro. El pasado ya sucedió, ya se dio, superó los sueños o las posibilidades, tuvo sus características y enfoques acertados unos y otros no, constructivos y justos unos y otros no. El pasado tiene la fuerza de la existencia, de lo real. Ya se extinguió, pero nos guste o no influye en los sucesos siguientes.

El presente es el tiempo que nos envuelve y fluye, muy pronto se hace pasado, pero el presente es el tiempo en el que vivimos y actuamos, es el tiempo que ocupamos o desperdiciamos. Lo mejor es aprovecharlo para planear, ejecutar y conseguir la meta. Para el perezoso lo mejor es verlo pasar porque es derrotista y solamente piensa en función del pasado, no encuentra el valor del presente porque no tiene horizonte ni el sentido de la solidaridad para concatenarse con el presente de sus contemporáneos, dejar huella y forjar el futuro.

El futuro es el tiempo que vendrá, pero no es, no existe aún, será bueno si en el hoy del presente construimos en el bien y el bien. Será decadente si no lo forjamos. Por eso, es necesario estar en el presente y considerando los recursos humanos y materiales. Pero no solamente los recursos presentes, sino también revisar cómo usaron sus recursos los antecesores.

De hecho, la cultura, la civilización, la ciencia, la tecnología aprovechan los adelantos heredados y los mejoran, y no olvidan los errores para evitar repetirlos. Por lo tanto, el pasado es una fuente inagotable de experiencias nada despreciables. Es un error empobrecedor despreciar el pasado, simplemente porque se considera antiguo.

También es un error ver el pasado como un tiempo de recuerdos hirientes y dañinos. Porque todo tiempo contiene heroísmos y cobardías. Por supuesto en el pasado y en el presente los hay, y los habrá en el futuro. La actitud constructiva se fija mucho más en lo bueno, sin desconocer la posibilidad de errar, pero eso no debe paralizar porque rectificar es otro modo de progresar.

La memoria es muy importante, da razones para valorar la propia identidad y para encontrar respuestas a las preguntas de qué me pasa, por qué me pasa y para qué me pasa. Saberlo y aceptarlo forja buena parte de la historia personal y capacita para recibir con gallardía los sufrimientos y los gozos del presente, y para continuar escribiendo las páginas en blanco de la propia vida.

Recordar es volver al pasado valorándolo con el corazón. La memoria trae una luz del pasado, actualiza el pasado. La ruptura del pasado con el presente es un deterioro, es señal de debilidad ante las heridas que pudo causar. La respuesta es el perdón, la reconciliación y la reconstrucción. Los recuerdos han de estar impregnados de verdad y asumirlos con serenidad y justicia. Así la memoria puede ser una aliada para configurar la identidad personal, la de la familia, e incluso la de la patria.

No es sano utilizar la memoria para fomentar el enojo, el odio, porque eso no es constructivo, eso rompe los vínculos en la sociedad y segrega a muchas personas. Esto empobrece las relaciones. Muchas veces se hicieron acusaciones injustas y hay personas y familias que aún sufren las consecuencias, estos sucesos llaman a la reparación.

Construir una democracia verdadera es aplicar una justicia objetiva, que evite la polarización y la parcialidad. La justicia ha de aplicarse a todos y eso requiere castigar a quien lo merece, con la finalidad de rehacerlo y premiar a quien se lo ha ganado, con el fin de mostrar a los demás caminos ejemplares y animar a seguirlos. Cuando el pasado se digiere bien es más fácil aprovechar el tiempo en el presente.

El tiempo nos acompaña, pero no es una propiedad pues se comparte con los contemporáneos, es una realidad, se manifiesta y ofrece la oportunidad de dar resultados. Por eso, el tiempo se ocupa y en él la persona se forja con su trabajo, aprende a convivir colaborando y el producto que obtiene es un beneficio personal y social. Esta es la manera de forjar el futuro en el presente. Además, el presente se convierte en herencia por los productos obtenidos. En el presente aprovechado por el ser humano, él mismo aumenta su capacidad y su experiencia. Paradójicamente, en los productos el tiempo no pasa, permanece. El instante se eterniza en la producción humana. Así la realidad del tiempo de algún modo se detiene y ofrece dádivas.

El presente agranda el pasado, pero se hace herencia para el futuro. Esta realidad ha de convertirse en un relevo intergeneracional. Con respeto y con confianza en la libertad de los demás, es posible pensar en un mundo más solidario. Un mundo en el que se presta ayuda y los demás desean sinceramente dejarse ayudar.

El amor es el hilo conductor del pasado, presente y futuro. Da unidad al tiempo. Por lo tanto, quien reniega del pasado o del presente es un depredador del futuro. El amor mutuo y el amor a la patria son el riquísimo ingrediente que puede reformar las costumbres viciadas. Es muy urgente poner los medios para hacer el mundo más solidario, y por eso, más habitable sin excluir a nadie.

La mejor herencia que podemos dejar es aprovechar muy bien el hoy ahora, pues nadie sabe cuánto le durará.


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