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La Navidad, un caso provida

La Navidad nos muestra el hogar maravilloso de María y José desviviéndose por Jesús recién nacido. La calidez de sus relaciones suple con creces la pobreza y el frío de los corazones que no les dieron posada.



Nuevamente, como cada año, estamos preparando la fiesta del 25 de diciembre, por el nacimiento de un Niño. Y aunque algunos quieran borrar este rastro al felicitar por “las fiestas”, este suceso es una apoteosis de la vida humana.

Para los creyentes, este día tiene un significado profundísimo porque nos anuncia una serie de predicciones tan trascendentales que ningún otro suceso puede ofrecer un cambio íntimo tan radical. Es así, ningún otro hecho lo puede, ni remotamente, asemejar.

Para quienes no conocen esta historia, no la creen o la han descartado, les resulta incómoda porque a quienes no saben el por qué de la Navidad les sugiere informarse, y eso les complica la vida, tendrían que dedicar un tiempo a ello y salir de la modorra de lo acostumbrado.

Para los que no creen, lo incómodo puede deberse a que no les interesa investigar aquello que ven como un absurdo y les resulta pérdida de tiempo.

Para quienes fueron creyentes, prefieren ignorar el asunto porque no quieren enfrentar la posibilidad de haberse equivocado.

Sin embargo, tengan cualquier de las posturas mencionadas, todos se encuentran ante evidencias insólitas. Incluso los creyentes, a propósito de la celebración, pueden hacer examen y ver si un acontecimiento tan grande realmente les recuerda propósitos de mejora que han de renovar.

El relato de la primera Navidad sucede hace dos mil años, está en la Sagrada Biblia, donde se conserva idéntico. Su mensaje excede lo común y corriente. Durante dos mil años tiene mucho que decir y así seguirá interpelándonos. Esta permanencia sin variación se debe a que abarca toda realidad y toda excepción. Hecho muy distinto al de los productos humanos que tienen necesidad de ajustarse, siempre son miopes y no consideran variables que aparecerán en el futuro.

Ocurre un embarazo virginal, en él convergen la voluntad de Dios y la voluntad de una mujer: María. Y el primer mensaje provida consiste en la revaloración de la vida humana ante el hecho de que Dios Hijo asuma la naturaleza humana y ello sea la vía para adoptarnos como hijos del Padre. Está implícita la doble dignidad de la persona: la primera se debe al hecho de la posibilidad de tal unión y que se lleva a cabo en ese momento; la segunda a la consecuencia de esa unión que es la salvación de quienes acepten tal ayuda.

Todos los derechos humanos lo son por encontrar su punto de partida en esa dignidad, por eso son invariables. Los derechos que no aceptan este apoyo fluctúan y están sujetos a la volubilidad humana.

Al relato de este maravilloso alumbramiento le antecede otro relato de un embarazo extraordinario. Isabel, prima de María, anciana y estéril desde su juventud, ya tiene seis meses de estar esperando el nacimiento de su hijo. María comprende la necesidad de ayuda de su parienta y acude a su casa.

El texto original dice: “Apenas llegó tu saludo [de María] a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno.” (Luc. 1, 44)
El segundo mensaje provida lo encontramos en ese diálogo entre las dos primas al momento de su encuentro y la reacción que cada una detecta en el hijo que llevan dentro de sí. La criatura de Isabel, de seis meses, salta en su seno ante la presencia de la criatura, de muy pocos días, en el seno de María. Ambas criaturas son personas, la de Isabel manifiesta alegría. La de María merece el apelativo de Señor.

Estos acontecimientos desmienten tantas falacias propagadas para justificar dos crímenes gravísimos contra la vida humana. Las falacias tratan de convencer que la criatura en el seno materno aún no es persona y que el deterioro en la ancianidad acarrea una disminución en el valor personal.

Los argumentos cada vez son más sofisticados y las palabras se seleccionan para distorsionar y encubrir el grave crimen de eliminar una vida humana. Al recién concebido se le ha llamado producto, últimamente también fenómeno y se afirma que no es un ser vivo. Esta mentira, como todas las demás, acarrea problemas complicadísimos de resolver. En este caso no hay explicación para saber cómo un fenómeno produce un bebé vivo cuando nace.

El relato de la Biblia desmiente el calificativo de fenómeno, porque un fenómeno no tiene sensaciones ni sensibilidad, como lo muestra el niño de seis meses en el seno de Isabel quien capta la voz de María y la presencia de un nuevo ser, por eso responde con júbilo.

Además, al minimizar el hecho y cambiar las palabras, buscan ocultar el crimen, y dan un giro descomunal para hablar del derecho al aborto. Desgraciadamente este planteamiento lo adoptan muchas mujeres como un recurso para liberarse de una consecuencia no deseada debida a una relación sexual.

Lo que siempre se oculta, pero que hiere íntimamente a la mujer que aborta, son los problemas de salud que tarde o temprano aparecen y, los problemas de conciencia al negar la gravedad de lo que han cometido a otro ser humano indefenso, en su propio cuerpo. El cuerpo de la madre se vuelve un campo de batalla donde muere el inocente.

La sociedad que defiende el aborto está enferma, y como no quiere curarse, abre las puertas a la justificación de otros crímenes, entonces aparece la propuesta de la eutanasia. En este caso no se niega la vida humana, pero se cubre con un disfraz de humanismo y, la falacia habla del deterioro de la vida digna, y se da paso a la opción de acelerar la muerte.

El auténtico enfoque es la valoración de la vida humana en todas sus etapas y en todas las circunstancias. Por eso, la manera de afrontar adecuadamente el deterioro de la vida en los ancianos consiste en la aplicación de cuidados paliativos. Estos ayudan al cuerpo, y a la vez, ofrecen sustento para los auxilios espirituales. Así los ancianos podrán aceptar su deterioro de manera positiva y, rechazar la idea del suicidio o la propuesta del suicidio asistido, si se llegaran a presentar.

Para terminar, podemos subrayar que la Navidad nos muestra el hogar maravilloso de María y José desviviéndose por Jesús recién nacido. La calidez de sus relaciones suple con creces la pobreza y el frio de los corazones que no les dieron posada. Estar cerca de ellos nos ofrece un contagio muy benéfico.

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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