“La tierra estéril” de T. S. Eliot: el poema clave de los tiempos modernos

Muchos soldados quedaron con serias enfermedades mentales y con los traumas típicos de una cruenta conflagración.



En mi primera lectura de este poema, reconozco que no comprendí mucho su hondo significado porque me pareció un texto oscuro y difícil de interpretar. Este poema fue publicado en 1922. Hacía poco que había terminado la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

¿Qué ocurrió en esta conflagración? El Imperio Austrohúngaro y Prusia se unieron, formando un solo bloque político. El 28 de junio de 1914, el legítimo sucesor al trono Francisco José, Archiduque de Austria y Príncipe de Hungría, en una visita con su esposa a Sarajevo, fue asesinado por un anarquista serbio. De inmediato, el Imperio Austrohúngaro le declaró la guerra a Serbia con la unión de Prusia-Alemania y, en pocos días, Inglaterra, Francia, Rusia y otros países –como Estados Unidos, después– se opusieron y le declararon la guerra a este bloque Austro-Prusiano. De esta forma se precipitó “La Gran Guerra”, como se le suele llamar.

El padre de Francisco José era el Emperador Francisco José I de Austria (1830-1916). El Emperador alemán y Rey de Prusia era el Káiser Guillermo II (1859-1941). Éste poseía una extraña personalidad: impulsivo, se dejaba llevar por los arranques de carácter, brusco, sumamente irritable, no sabía medir sus palabras y en varias ocasiones metió en problemas a Prusia con sus declaraciones insensatas y provocadoras ante la prensa internacional.

Era, lo que en Psiquiatría Moderna se podría definir, como “una persona que sufría acentuados trastornos emocionales”, un desmedido afán de poder y notoriedad. Desde hacía tiempo, él comentaba que quería extender su Imperio por el resto de Europa y este delicado incidente le pareció la ocasión ideal para iniciar sus afanes expansionistas.

Fue una absurda guerra mundial que se pudo haber evitado por la vía diplomática, pero era la época de los nacionalismos exacerbados. Ningún país quiso ceder ni dialogar. Se calcula que murieron alrededor de 20 millones de ciudadanos entre soldados y civiles.

Los que participaron en “La Gran Guerra” la recuerdan con verdadero horror debido a que los ataques eran sobre todo por infantería y con el sistema de trincheras. Esos lugares eran insalubres, fríos, oscuros, llenos de agua putrefacta y ratas. En ocasiones, se podían pasar semanas o meses hasta poder abandonar unas trincheras y avanzar hacia otras. En esos prolongados lapsos, muchos soldados de ambos frentes morían de diversas enfermedades por carecer de suficiente atención médica. Eran los tiempos en que no había antibióticos. Una tuberculosis, por ejemplo, significaba la muerte casi segura.

Después de 4 largos años en que ningún bloque opositor se atrevía a ceder hubo infinidad de heridos, más los muertos mencionados. Particularmente el Káiser Guillermo II se opuso rotundamente a firmar un acuerdo de paz, puesto que sería una tremenda humillación para su Imperio. Es decir, estamos frente a la personalidad de un psicópata que, por encima de todo, estaba su egolatría, su soberbia y vanidad, sin importarle las bajas que se tuvieran en el frente.

El resultado fue estremecedor por la enorme cantidad de heridos, lesionados, mutilados a consecuencia de los combates. Y algo de lo que se suele hablar muy poco: muchos soldados quedaron con serias enfermedades mentales y con los traumas típicos de una cruenta conflagración.

Ahí se encuentra el núcleo central del poema “La Tierra Estéril” del poeta inglés Thomas Stearns Eliot. En la que plasma –de modo magistral– la pérdida de valores de toda una generación y las consecuencias posteriores en la sociedad de su tiempo. Los jóvenes ya no querían escuchar de más guerras, sino que se disiparon, se embriagaron y drogaron, se desbocaron sexualmente. Sólo querían divertirse y olvidar lo que las personas mayores les relataban sobre “La Gran Guerra”. Fue una evasión que tuvieron mediante efímeros placeres. Esa generación “se quedó sin alma o sin sentido trascendente de la existencia humana”, fue la audaz y valiente denuncia de T. S. Eliot en este célebre poema.

 

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