Los resultados de una democracia fallida

La democracia se ha convertido en una batalla de mercadotecnia, en la mejor manera de presentar promesas para buscar el voto fincando esperanzas inalcanzables en el llamado pueblo.



La historia nos ha conducido por diversas formas de gobierno, cada época se ha ido desarrollando bajo ciertos esquemas, que sin llegar a ser totalmente universales, van marcando por su extensión o influencia una etapa histórica, siempre cimentadas sobre una forma de pensamiento social que las justifica o al menos trata de dar una explicación lógica para su permanencia, casi siempre también sostenida bajo la fuerza de los que sustentan el poder contra una mayoría que lo tolera, o bien ni siquiera lo cuestiona, así hemos vivido desde los jefes tribales, los caciques regionales, los señores feudales, los reyes y emperadores absolutistas, y hoy en día impera, al menos en el papel, como el mayor logro de la humanidad, el sistema democrático, que dice que se basa en la soberanía del pueblo que es la que elige y controla a sus gobernantes, lo cual suena en principio como el sistema ideal de gobierno, y no se puede tampoco negar que ha traído beneficios, muy dispares por cierto, entre las diferentes naciones que actualmente se rigen por este sistema.

Ciertamente que sería difícil encontrar un sistema perfecto de gobierno, porque al fin y al cabo todo sistema depende del hombre, por lo que para su funcionamiento ideal requeriríamos de hombres ideales, o sea de comprobada virtud que buscaran siempre el bien común, y la justicia sin anteponer nunca sus intereses o los de su grupo o familia, y además que cuenten con el talento y la capacidad para desarrollar las funciones que implica un buen gobierno en una sociedad tan compleja como la que nos ha tocado vivir, y desde luego no podemos decir que no existen personas que son realmente dignas de ser llamadas virtuosas, que trabajan siempre por un ideal y son incorruptibles, y además tienen talento y preparación, pero desgraciadamente parece que no se encuentran en la cantidad suficiente, al menos en el mundo político actual para cumplir con estos requisitos.

Pero regresemos un poco atrás en los conceptos básicos de la definición de democracia que estamos comentando, y pensemos en el llamado pueblo, palabra tan manejada por los políticos que termina por desgastarse en su sentido real. Desde un punto de vista político como pueblo podemos pensar en el conjunto de personas que forman parte de un Estado, y que están unidas por compartir la misma historia, muchas de sus tradiciones, valores, y hasta hace no mucho una religión mayoritaria en muchos casos, y por lo mismo podríamos decir que comparten muchos intereses comunes, y bajo esa base pueden encontrar a los gobernantes idóneos, como son el jefe del Estado, sus cámaras de representantes y los diferentes organismos sociales que apoyan al Estado en su gestión.

En la realidad, y en un país como el nuestro, donde existen diferencias abismales en los niveles económicos, de instrucción, de posibilidades de desarrollo, y con un historial que no se puede presumir de una democracia efectiva y eficiente, pues con un número enorme de pobres después de casi cien años de una revolución que supuestamente instauró la democracia en nuestro país, los resultados están muy lejos de ser no solamente los ideales, sino simplemente los esperados.

Y hoy la democracia se ha convertido en una batalla de mercadotecnia, en la mejor manera de presentar promesas para buscar el voto fincando esperanzas a veces inalcanzables en el llamado pueblo, o basadas en el carisma de un liderazgo, o resaltando las fallas de los contrincantes, y en el entendido que una gran cantidad de votantes no se va tomar el trabajo de estudiar el historial de los candidatos, y así se puede llegar a ser elegido aun sin representar la mejor opción para los verdaderos intereses del pueblo.

Esto nos lleva a pensar que tenemos un compromiso de impulsar dentro de nuestros alcances un interés por profundizar en los candidatos, sus plataformas, en los partidos a los que representan y lo que estos partidos pueden o quieren en realidad hacer, y no solamente impulsar a votar a los ciudadanos, sino además de promover que voten, pero que voten con la conciencia de lo que están haciendo, y no solamente por hartazgo, por simpatía emocional, o por simplemente cumplir, solamente así podremos hacer que la democracia sea en verdad un auténtico sistema de gobierno que produzca justicia, oportunidades para todos y un bienestar real para toda la población.


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