La pesadilla terminó

La derrota de Trump es esperanzadora, pues recuerda que no hay males que duren siempre. Con la salida de Trump se puede decir que comienza el declive de la era de la locura en el poder.


Fin de la pesadilla


Con la salida de Trump de la Casa Blanca se puede decir que comienza el declive de la era de la locura en el poder.
El triunfo de Biden en las elecciones presidenciales es, sin duda, un tanque de oxígeno para el mundo. Parece ser que los tiempos de delirio y locura terminarán en un par de meses. Cuatro años con un orate al frente del país más poderoso del mundo no han sido poca cosa. Ver los dislates de Trump podía ser gracioso si no fuera porque se trataba del presidente de Estados Unidos, y eso convertía sus tonterías en cuestiones peligrosas. La derrota de Trump es esperanzadora, pues recuerda que no hay males que duren siempre. Con la salida de este sicópata de la Casa Blanca se puede decir que comienza el declive de la era de la locura en el poder.

Por supuesto no debemos olvidar las causas que han hecho posible la llegada de este tipo de personas a los principales puestos en sus países. No hay que despreciar a los ciudadanos que convencieron de votar por ellos, tampoco hay que desatender las emociones que los mueven. Hay que entender el valor de la simplicidad y saber moverse con las emociones, que son la norma de esta época. Los líderes populistas no son una anomalía en estos días; han sido la norma. La psiquiatra Marie-France Hirigoyen en su libro Los narcisos han tomado el poder (Ed. Paidós) menciona que con la globalización “…los más vulnerables han perdido sus puntos de referencia. Desorientados por cambios a los que es difícil sustraerse, están preocupados por un futuro que escapa a su control. Constatan que su calidad de vida cada vez es peor. En un mundo en el que sólo se emplea a los más capaces y en el que los cambios obligan a adaptarse constantemente, su autoestima se derrumba, se sienten despreciados, humillados y denigrados por las élites políticas y económicas. En Estados Unidos, Hillary Clinton trata de “deplorables” a los que han votado por Donald Trump; en Francia, Francoise Hollande habla de “los sin dientes” y Emmanuel Macron de “los que no son nada”. En México no hemos estado muy lejos de esas expresiones que en el fondo impiden ver una realidad que es más fuerte de lo que quisiéramos. Para la psiquiatra francesa, en estos ciudadanos es el miedo “lo que les lleva a optar por soluciones extremas y demonizar a los otros: no se trata de una conciencia política, sino de una pérdida de referentes ligada a los cambios demasiado rápidos de nuestra sociedad” y señala que rechazan a los diferentes porque amenazan su identidad.

La pesadilla mundial terminará pronto, pero el triunfo de un lenguaje pobre, pero eficaz en la división del mundo y la simplificación de las problemáticas parece que ha llegado para quedarse un rato más. Hay que ser más enfático en denunciar y exhibir a quienes practican ese tipo de liderazgo. Creer que cambiarán con el cargo es una ingenuidad demostrada en diversos países. Hirigoyen dice que –en el caso de Trump– “querer descalificarlo invocando su salud mental, y no sus ideas y su política, más que debilitarlo, podría fortalecer a sus partidarios”. La mofa no es una buena táctica, mucho menos el desprecio.

Es claro que hay esperanza frente al populismo. Hay que aprender cómo hacerlo. De entrada, es claro que para derrotar esos liderazgos tiene que ser uno contra uno y evitar la dispersión del voto. También es claro que la unidad frente a la causa colectiva es más importante que las legítimas preferencias y diferencias individuales. Por lo pronto el mundo parece estar agradecido con la rectificación de los electores estadounidenses.

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