Nada que celebrar

Por supuesto que el presidente López Obrador apareció el viernes asustado, perplejo, y no es para menos. No quisiera estar en sus zapatos.


Nada que celebrar


De la detención del general Cienfuegos en Estados Unidos nada hay que celebrar. Solamente desde la mezquindad política se puede festejar ese golpe al Estado mexicano. Que quien fuera jefe del Ejército mexicano el pasado sexenio se encuentre preso en otro país, acusado de proteger narcotraficantes, es casi espeluznante. Si es inocente pues que error de los gringos, si es culpable, pobres de nosotros.

Por supuesto que el presidente López Obrador apareció el viernes asustado, perplejo, y no es para menos. No quisiera estar en sus zapatos. Este gobierno apostó como ninguno a la militarización, no de la lucha contra el crimen, sino de la vida pública nacional. El Ejército por todos lados: repartiendo libros o medicinas, construyendo trenes, aeropuertos, bancos, aparte de hacerse cargo de la Guardia Nacional, ser policías, y actuar en las situaciones de emergencia nacional.

Sabedor de que su equipo de trabajo está conformado en un buen porcentaje por inútiles, López Obrador se aventó a las manos de los militares y ahora le quedan pocas opciones. El presidente sabe que la detención de Cienfuegos no es un golpe al PRI, al PAN, o al neoliberalismo. Es un golpe en el corazón de una institución que cuidaba celosamente su prestigio. Prestigio que colgaba de alfileres como podemos ver. ¿En manos de quiénes está el presidente? Sería bueno saberlo porque como desapareció al Estado Mayor Presidencial, ahora parece estar cobijado por quienes fueron leales subordinados de Cienfuegos. Así las cosas.

Los ejércitos en cualquier país del mundo cuidan a los suyos, la disciplina tiene también que ver con la protección de los compañeros, son un cuerpo. Saben obedecer, claro, pero saben también que lo pueden hacer porque están cubiertos. Al quedar preso uno de los suyos, el que fuera jefe de todos, seguramente el ánimo entre la tropa no es el mejor. Aturdido, el presidente mencionó que revisarían a los que trabajaron con el general para hacerlos a un lado. Pues son todos, así que se quedaría sin Ejército. Al día siguiente rectificó y dijo que hasta que se declare culpable a Cienfuegos se tomará alguna medida. O sea, se tardará años.

Si la relación de nuestras Fuerzas Armadas con los estadounidenses nunca ha sido fácil, la decisión de la DEA ha golpeado esa relación y no se reestablecerá en años. Peor aún, el presidente se encargó de decir que la DEA operaba en la Marina mexicana. Qué declaración tan torpe. Ya nos dijo que su pecho no es bodega y al parecer su cerebro también, porque dice lo primero que se le ocurre. Está viendo que le deshacen a los militares y corre a golpear a sus marinos –porque él es el jefe–. Es evidente que está contrariado y así va a estar días. No será sencillo nada: ni mandar con los verdes, ni sentarse con ellos, y la relación que ha cuidado con esmero, con los gringos, está sustancialmente dañada.

Por otro lado, no hay alicientes para los funcionarios mexicanos. De García Luna se decía que básicamente era un agente gringo trabajando aquí. Ahora está en la cárcel en Brooklyn. El general Cienfuegos era un hombre con fama de duro, se podría decir cualquier cosa de él, menos que fuera a estar con los narcotraficantes. Ahora también está en una cárcel en Brooklyn. Qué motivaciones podría encontrar algún funcionario mexicano en el área de seguridad si sabe que si pisa Estados Unidos su destino puede ser la cárcel y no Disney.

La detención de Cienfuegos se da en otro país, pero en el nuestro el clima es de persecución y de destrucción, y eso es lo que lidera el presidente. Ahora el golpe le vino de afuera, pero se suma al desastre nacional en materia de instituciones. Parece ser que hoy, más que nunca, el presidente está solo.

 

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