Sin luz al final del túnel

La economía ha comenzado su caída estrepitosa. Inevitable en buena parte por lo que sucede en el mundo y como recordatorio de que México no es una isla por más que el presidente crea que vivimos en otro siglo y en otro planeta.


Sin luz al fin del túnel


La luz al final del túnel es una frase muy usada para ejemplificar que se va a salir de determinada situación de crisis o de apuro. El país hace tiempo que entró a un túnel por diversas circunstancias, una de ellas la pandemia global, pero la oscuridad en el túnel se agrava por la incompetencia del gobierno, su manifiesta vocación por el disparate, el desorden que prevalece y la necedad del presidente.

Estamos en el túnel, cierto, pero no se ve la luz, ni siquiera un foquito generado con carbón de la CFE.

Los datos son demoledores. La economía ha comenzado su caída estrepitosa. Inevitable en una buena parte por lo que sucede en el mundo y como recordatorio de que México no es una isla por más que el presidente crea que vivimos en otro siglo y en otro planeta. Pero el escenario económico se agrava más por la incapacidad del gobierno de hacer planes para mitigar el daño que se vive.

En el proceso de radicalización que vive el presidente –por increíble que suene se puede radicalizar más–, se le han multiplicado los enemigos. Sus adversarios ya no son “un grupo mafioso”, sino sectores enormes que atentan –piensan él y su gente– contra la estabilidad de su gobierno. Han puesto a circular la palabra “golpista” y sus derivadas. Arrinconado en sus ideas y prejuicios, cualquier ayuda la ve con sospecha, cualquier propuesta la ve maligna, cualquier gesto de buena voluntad lo ve interesado. Así será muy difícil enfrentar los problemas que no solamente son de él. Su gobierno puede acabar en los próximos meses si no hace algo al respecto (por acabar me refiero a que no podrá hacer ya casi nada, no a que renuncie o se vaya. Con votos llegó y con votos se irá).

Es entendible la desesperación del presidente, la urgencia que tiene por cambiar de discurso. El túnel no permite ver, la oscuridad es total y el presidente cree que su palabra ilumina y por eso dice cosas que nadie le cree. Ante el dato de que 12 millones de personas perdieron su empleo, ante la realidad de que los negocios no pueden abrir en 31 estados del país, ante la economía estancada, él dice que ya tocamos fondo y que va a generar dos millones de empleos. No encaja lo que dice con lo que sucede y lo peor es que parece no darse cuenta.

El ir contra la realidad es ya una práctica recurrente en el gobierno federal. En el manejo de la pandemia, mentir, disfrazar datos, contradecirse, es la norma y eso mismo empezaremos a ver en el área económica. Al hablar diario la idea es saturar y confundir, no informar. Cuando el presidente anunció que el PIB no era importante como medición, en realidad decía que la cosa iba estar terrible y que sería mejor hablar de otra cosa: de la felicidad, de los trenes, de comer arroz y frijoles o de las nanomoléculas que mantienen la salud de la secretaria de Gobernación.

“Tener otros datos”, no es una ocurrencia discursiva. Es una filosofía de gobierno, es el pleito perenne con lo que sucede, es su enfrentamiento con la realidad. No importa el tema, no importa la prueba que se le documente, él ve otras cosas, otro país en el que no sucede nada malo, la gente se ama, los narcos viven con sus mamás, el COVID-19 le da a los que se portan mal, la gente tiene un par de zapatos y comen frijoles y beben piñamiel, mientras acampan en el inmenso lote baldío de lo que iba a ser un aeropuerto.

Y para darle densidad a la oscuridad del túnel el subsecretario Gatell dijo ayer que quizá lleguemos a los 30, 35 mil muertos. Hace unas semanas decía que seis mil muertos, vamos en más de doce mil. No es difícil adivinar el futuro cercano. Por eso el senador por Morena, Germán Martínez, citando al poeta Miguel Hernández, dijo que Gatell estaba sentado sobre los muertos. Fue preciso.


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