Cosas del encierro

Démonos un respiro de política. Recluidos en nuestras casas, los que podemos, nos enfrentamos al reto de convivir y de saber qué hacer con nuestro tiempo. Van algunas cosas sueltas al respecto.


Convivir en cuarentena


Recluidos a fuerza las primeras semanas los juegos de mesa eran Monopoly, ajedrez, damas chinas, cubilete… a la tercera semana se jugaba ruleta rusa para ver quién se metía un balazo. Había golpes por ser el primero.

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Las lecturas siempre son provechosas. En la cuarentena uno se entera de muchas cosas leyendo por aquí y por allá. No solamente el Whatss es fuente de conocimiento, los libros también. En uno me topé con los siguientes datos: La estatura de Tom Cruise es 1.70, la de Dustin Hoffman es 1.67, Prince tenía 1.57 y Humphrey Bogart, 1.67. Hombres bajitos: Napoleón, César, Mussolini, el marqués de Sade, Kant, Sartre, Capote, Karajan, Einstein (datos del relato “El bajito”, de Ferdinand Von Schirach incluido en su reciente libro Culpa, ed. Slamantra). El Peje mide un poco más (1.73) que Tom Cruise, pero al parecer es en lo único que lo supera.

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–Cómo te va de aislamiento

–El único lugar en el que verdaderamente estoy aislado es en el baño. Así que cada dos horas ahí me encierro.

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Ideas de negocio para después de la cuarentena

- Clínicas psiquiátricas

- Despacho de divorcios

- Sucursales de Océanica

- Internados para niños

- Camisas de fuerza

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Diálogo en familia

–¿Cuándo acabe lo del coronavirus vamos a seguir todos?
–No sé, hijo, seguramente no todos.
–¿Y eso es bueno o malo?
–Caray, pues para algunos bueno y para otros, malo.
–¿Para quiénes sería bueno?
–Pues para los que sobreviven.
–Pero si tú dices que todo va a quedar de la mierda ¿no es mejor morirse?
–Bueno, fue un decir. No es mejor morirse. Eso sí es de la mierda.
–¿Entonces todo es una mierda?
–No, hijito. Morirse sí es una mierda. Sobrevivir, no.
–¿Y quiénes van a sobrevivir?
–¡No lo sé! No soy adivino, cómo voy a saber yo…
–Tú dijiste que se iban a morir un chingo, así dijiste.
–Sí, niño, sí, se van a morir porque es una epidemia chingada madre y en las epidemias la gente se pinches muere ¿ya entendiste?
–¿Pero por qué me gritas? Si yo nomás quería saber quiénes se iban a morir y ni me dijiste…

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Más de las lecturas. En su novela, La edad del desconsuelo (ed. Sexto Piso), Jane Smiley cuenta algo que me sorprendió: la historia de amor entre dos dentistas. No sabía que los dentistas se enamoraran, y que incluso se reproducen, tienen sus hijos y toda la cosa. Sufren como en las historias de amor de cualquiera. Es decir, los dentistas también son seres humamos. Esto es algo que ignoraba por completo. Digo, no conozco a nadie que invite a cenar a su dentista. Uno se topa con el arquitecto, con el abogado, el contador de fulano, pero nunca con el dentista. Pero Smiley nos dice algunas cosas llamativas sobre quienes tienen esa profesión de contacto constante con el dolor.

“Las clínicas dentales siempre están impolutas y los dentistas nos pasamos el día lavándonos las manos, por eso las tenemos siempre frías y blancas, listas para ponerlas bajo las narices de los pacientes y que éstos nos las huelan (…). En televisión siempre se nos muestra como personas remilgadas y maniáticas. Si en una película de asesinatos aparece un dentista en la trama, el culpable es él, seguro y, para colmo, habrá vivido con su madre hasta bien entrados los treinta. Encima, los actores que hacen de dentistas no paran de pestañear”. ¿Ven como no estaba errado? Más allá de eso, es una muy buena novela sobre la pareja.


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