Atrapados en la TAPO

Desde el presidente para abajo, no hay más que insultos y agresiones, majaderías, como la de la secretaria de Energía y muchos de sus compañeros.


Prepotencia y altanería


Insolente y majadera, la secretaria del ramo energético, Rocío Nahle, increpó a un ciudadano que reclamó en el aeropuerto al presidente López Obrador por no construir el nuevo aeropuerto en Texcoco. La señora Nahle intervino para decirle al ciudadano que si no le gustaba “se fuera a la TAPO”. La TAPO es muy conocida en la CDMX por ser una de las principales centrales camioneras que lleva y trae de la metrópoli a cientos de miles de ciudadanos. ¿Cómo tomar el comentario de la señora Nahle? Como lo que es: un acto de prepotencia y altanería, una expresión de clasismo y menosprecio contra miles de mexicanos que por diversas razones, quizá la primera de ellas sea la económica, que no pueden usar avión y se ven en la necesidad de transportarse vía terrestre.

¿Es la señora Nahle –hoy conocida como LadyTapo– una fifí de las Lomas, una mujer de la alta sociedad, de esas que sueltan comentarios hirientes contra quienes tienen necesidades como viajar en autobús? No, no lo es. Ella pertenece al primer círculo de colaboradores del presidente López Obrador: un presidente que quiere destacar por tener un gobierno con cercanía con el pueblo. Nahle fue una oscura y mediocre burócrata de Pemex, una mujer que ha encontrado en la política un campo de desarrollo personal y profesional. Qué bueno. Llegó muy lejos, hoy es secretaria de Estado. A saber de dónde sale su desprecio por la gente de la TAPO, porque personas como ella pululan en esa central camionera, que ahora ella ve con distancia –quizá hasta con vergüenza por el tiempo pasado en estaciones como esa– y que le parece gracioso bromear a costa de los usuarios de autobuses.

El insulto de la secretaria tiene también origen en su posición de poder, de muchísimo poder, por eso parece decir: si no te gusta lo que hacemos, te friegas, no eres más que un vulgar ciudadano, seguramente opositor, vete a los autobuses, jódete. Porque, lo sabemos, el poder cambia a la gente. Eso es una verdad. Cambia a los panistas, a los priistas, a los perredistas, lo hemos visto. Y también a los de Morena, como podemos apreciar en ciertos personajes. Es posible que Nahle en unos cuantos años cambie de domicilio, se vaya a vacacionar al extranjero, asista a establecimientos a los que no iba y criticaba. Es el efecto del poder: desde ahí se escala económica y socialmente; desde ahí se comienza a ver de lejos la estación de autobuses, el mercado sobre ruedas, el lejano vecindario, la escuela pública, las largas distancias. Rocío Nahle probablemente es de los ejemplos más burdos en este sentido.

Hay que decir también, más bien recalcar porque se ha dicho hasta la saciedad, que el insulto es el primer contacto del gobierno con millones de sus gobernados. Desde el presidente para abajo, no hay más que insultos y agresiones, majaderías, como la de la secretaria de Energía y muchos de sus compañeros. Seguramente se festejan sus bromas entre ellos y se ríen a carcajadas. Pero parece ser que la convivencia nacional será de esa manera: insultos que cruzan de un lado al otro. Si la manera de relacionarse de los padres con los hijos es a puros gritos, lo lógico es que, ya jóvenes, los hijos se lleven a gritos con los padres. Si los gobernantes escogen como manera de comunicarse el insulto, lo más lógico y seguro es que se los regresen. Se va a poner bueno porque al parecer, todos estamos atrapados en la TAPO.


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