Twitter como arma suicida

Para muchos personajes políticos, Twitter es el juego de la ruleta rusa en el que ponen su reputación en juego a la espera que les salga la bala, el tuit, que finalmente acabará con ellos.


Arturo Zaldivar


No cabe duda. Twitter ejerce una gran atracción sobre sus usuarios. Poner un tuit se ha convertido para ciertos personajes públicos en la mayor tentación. Opinar sobre algo o, mejor aún, sobre alguien y si se puede con algo de burla o insulto, les brinda una satisfacción inenarrable. Ahí tenemos a nuestro presidente o a nuestros expresidentes (salvo Peña, que él en sí mismo es un mal tuit) Fox y Calderón (más allá de que esté en campaña en estos momentos por su partido) que tuitean y retuitean desde hace años con singular entusiasmo sobre cualquier tema, no escogen siquiera interlocutores a la altura. A ellos les gusta tuitear. La clase política en el gobierno tuitea sin pudor, no les importa tener cargos de responsabilidad alguna, en la mejor lógica chaira les gusta el golpe y el insulto en las redes, es una manera, para ellos, de hacer política. A este selecto grupo se acaba de sumar con su incontinencia tuitera el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para regocijo de la comunidad tuitera y desdoro de su encargo e imagen personal. Arturo Zaldívar siempre ha sido un hombre mediático y que quiere, me parece que acertadamente, darle un toque de modernidad a su responsabilidad. Sin embargo, ha irrumpido en las redes participando en grescas, acusaciones, señalamientos, tomando posición a favor del gobierno, e incluso, con un lenguaje francamente mitinero, el ministro presidente entró a gritar lo que siente y a callar lo que sabe. Mala idea.

Twitter ha sido definido como una cantina en la que –como sucede en esos establecimientos– unos lloran, otros cantan, algunos ríen a carcajadas, otros más conspiran y aquellos se pelean a botellazos. Como buena cantina, Twitter democratiza, iguala a los usuarios. Por eso el insulto a la autoridad que participa en la red social es de lo más común, no solamente por la facilidad del anonimato, sino por la sensación de formar parte de un colectivo que detesta a fulano o sutano. Por supuesto, los que pasan por ahí oyen el ruido y se les antoja a entrar. Pero hay personas que no deben entrar a las cantinas por sus altos encargos, no es bueno verlos ahí. Por más que se vea buena una madriza o una pamba generalizada, no es bueno que quienes imparten justicia, por ejemplo, participen subiéndose al ring.

Cierto que las redes como Twitter acercan al personaje público que normalmente es distante; cierto que permite informar con precisión, en tiempo y de manera directa. Pero también es cierto que es la manera más fácil de hacerse de enemigos, de perder el prestigio ganado y de decir babosadas que en el caso de algunos sí tienen consecuencias. Creer que pueden ser simpáticos o sarcásticos como muchos usuarios, o decir estupideces como muchos otros, es una falsa ilusión. Los que no tenemos responsabilidades públicas no tenemos por qué dar cuenta de nuestros tuits. Tener muchos seguidores en redes sociales de ese tipo, no significa tener ese número de admiradores y muy seguramente significa tener un buen número de odiadores que de otra manera no se harían presentes.

Para muchos personajes políticos, Twitter es el juego de la ruleta rusa en el que ponen su reputación en juego a la espera que les salga la bala, el tuit, que finalmente acabará con ellos. La analista Lisa Sánchez dice, y con razón, que para estos personajes Twitter debería tener una función que les avisara que van tuitear y que les pregunte de nuevo si están seguros de que van a tuitear, para de esa manera controlar su incontinencia.

Mientras nuestros personajes no le den a sus palabras el valor de lo que representan, será muy difícil que logren pedir el respeto a la propia. Por lo pronto, a imitación del monarca shakesperiano, seguirán gritando: ¡un tuit, un tuit, mi reino por un tuit!

 

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