Del cielo al suelo: Urzúa es ahora traidor

El trato a Urzúa es una lección para los que se quedaron, una amenaza para los que se van: serán traidores.


Urzúa 


No voy a defender a Carlos Urzúa. Soy de los que piensan que así no se le renuncia a un presidente que te confirió un altísimo cargo para la nación y, si se decide ese tipo de renuncia, pues se dan los nombres y los datos para hacerle un favor al país que, según el texto, tiene un gobierno inepto y corrompido. Me parece que no puede llamarse a engaño, pues todo lo que menciona en su carta era algo sabido de antemano y él conocía perfectamente el estilo presidencial y los compañeros de viaje con que decidió zarpar. Urzúa, durante meses, diseñó y aplicó políticas públicas en términos económicos que son de su responsabilidad –aunque ahora resulte que se las impusieron– y durante su corta gestión se hizo mucho de lo que ahora apenas vemos que va en picada. Que la paciencia se le agotara o que la grilla de cuarta y los personajes de película chafa con que estaba metido lo hartaran, es otra cosa. No es un quijote, es un desencantado. Uno más.

Pero Urzúa ya se fue y su salida dejó muchas preguntas en el aire. Sin embargo, es de asustar la reacción del presidente y su gente. A la carta, que asemejó un grosero portazo, se le sumó una enorme cantidad de insultos que el propio López Obrador propició. Lo que hemos visto en estos días se asemeja al trato que se le daba en las dictaduras a quien se consideraba un traidor: se le linchaba públicamente, se le humillaba, se le llenaba de insultos y de oprobio para también mantener espantados a sus cercanos. A Carlos Urzúa el presidente le dijo, en pocas palabras, pusilánime, incapaz de entender el cambio y que era un neoliberal que pertenecía a esos tiempos y esas prácticas. De ahí en adelante, el pleito fue por alcanzar la bajeza y en él destacaron la desequilibrada Tatiana Clouthier y el zafio Jaliffe, pasando por el neandertal Salgado Macedonio. Obviamente, mientras más ignorante el sujeto, más burdo el insulto, lo cual en Morena es hablar de competencias cerradísimas. Traidor, cobarde, agente encubierto, neoliberal… el presidente López Obrador incluso dijo que trabajaba como Agustín Carstens o como José Antonio Meade, lo que debe ser un gran insulto en ese equipo.

El movimiento de la 4T está resultando un retrato de lo que tanto negaron: son populistas, antidemocráticos, tienen afanes totalitarios (la vergüenza de lo que pasó en Baja California no es solamente para la oposición) y adoran a una persona en torno a la cual han construido una secta y el fervor va en aumento a medida que surgen los problemas. Este comportamiento es típico de los partidos que configuran regímenes totalitarios. Ya hemos señalado los desplantes religiosos del líder Andrés Manuel López Obrador –y volveremos a ellos, porque cada vez son más delicados–, y el comportamiento fanático no sólo de sus seguidores, sino también de legisladores y altos funcionarios del gobierno.

El funcionamiento del equipo de gobierno y del entramado partidista como aplanadora para reducir cualquier desvío de la conducta aprobada por el jefe, no anuncia nada bueno para la vida pública nacional. Cuando se comienza a usar la palabra “traidor” es que lo que se premia es la lealtad perruna y no la capacidad ni la entrega. Cuando se va un colaborador de tan alta responsabilidad no vale hacer referencias de limpieza, pues denota coraje, rabia y poco temple del presidente. “Soltar a los perros” a quienes se fueron de casa no es tampoco una buena idea. Urzúa tampoco está manco y arrinconarlo tampoco parece la mejor estrategia, pero vivimos bajo un gobierno dominado por la víscera, por eso los arranques, las traiciones, lo portazos y los insultos entre ellos.

El trato a Urzúa es una lección para los que se quedaron, una amenaza para los que se van: serán traidores.

 

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