Sin regateos

Quienes hayan votado por AMLO porque querían golpes contra la corrupción, no se sentirán defraudados en estos días. Quienes pensaban, de esos votantes, en revisar el sentido de su voto, ya no lo harán en el corto plazo. Quienes no votamos por AMLO también tenemos en la acción motivos de satisfacción.


AMLO y la corrupción en México


La acción del gobierno de ayer no dejó de ser sorpresiva. El anuncio de las órdenes de aprehensión en contra del exdirector de Pemex, Emilio Lozoya, y el empresario Alonso Ancira, movieron rápidamente las opiniones y generó una enorme cantidad de comentarios que no han hecho sino comenzar. El empresario, muy conocido en el ámbito de los negocios y en el político, fue ayer mismo detenido en España.

Hay que decirlo sin rodeos: la decisión del gobierno de ir en contra de Lozoya y sus cómplices en varias acciones es de reconocerse y celebrarse. La corrupción del gobierno anterior tuvo en la cara de Lozoya a uno de sus más repudiados representantes.

Decir que se trata de una acción para distraer la atención me parece mezquino, lo mismo exigir la cabeza “del jefe”. No es poca cosa lograr las órdenes de aprehensión contra ambos y la detención, hasta el momento, de uno. Las tareas de gobierno se dan en múltiples frentes. La acción contra los mencionados no quitará ni el desabasto en salud ni el problemón en que se ha metido el gobierno con su idea de centralizar todas las compras en una sola persona.

La impunidad es una norma en los países con acceso limitado a la justicia. Por eso, cuando se emprende una acción legal contra alguno de los exfuncionarios inmiscuidos en casos de corrupción, la satisfacción es generalizada. Esa satisfacción, sin duda, la ha conseguido el gobierno de AMLO.

En gran medida el voto del año pasado estuvo basado en el hartazgo por la corrupción. Lo visto hasta ahorita no permitía ver con claridad acciones en ese sentido. El caso de Lozoya y Ancira es ilustrativo: por un lado, desmiente el famoso pacto entre Peña y AMLO, que manejaban como argumento de su derrota los frentistas de Anaya; por el otro, manda una señal de que si la corrupción incluye dos partes, irán por las dos. De esa manera cada quien tendrá que cuidar sus manos.

Los casos de alta resonancia, como lo es este, son útiles como modelos de conducta para quienes participan en la administración pública y para quienes hacen negocios con el gobierno. El caso de Odebrecht ha sido emblemático respecto de la corrupción en países de Latinoamérica. Presidentes y expresidentes de la región están en prisión por ese caso. Quizá como signo de los últimos tiempos, en México todo estaba detenido. Ahora se ha dado un paso adelante.

Quienes hayan votado por AMLO porque querían golpes contra la corrupción, no se sentirán defraudados en estos días. Quienes pensaban, de esos votantes, en revisar el sentido de su voto, ya no lo harán en el corto plazo.

Quienes no votamos por AMLO también tenemos en la acción motivos de satisfacción. Si exigimos que gobierne para todos, esta es una acción para todos.

Hay que aplaudir la decisión del Presidente –si le achacamos la austeridad no podemos negarle esta– y ver con buenos ojos esta medida. Ojalá y el caso esté armado sólidamente para que sea ejemplar en todos sentidos, pero para eso falta tiempo. Por lo pronto hay que reconocer, no es momento de regateos.

 

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