AMLO: vivir en el pasado

El presidente se la pasa diciendo que le hicieron fraude y no hay día en que no se asuma como víctima. Sigue en su plantón de Reforma, nunca se fue de ahí.



Una de las fascinaciones del presidente es el pasado: de hecho, ahí vive. Por supuesto, no me refiero al pasado lejano, por el cual también tiene debilidad e inquietud como millones de mexicanos la tenemos. El presidente gusta de residir en un pasado no muy distante: cuestión de tres o cuatro décadas. A López Obrador le encantan los 80, pero no la parte de la moda, la música o esas cosas que se suponen cuando entra la nostalgia de determinado periodo. A él lo que le gusta es lo que sucedía en el mundo y, particularmente, en México. El PRI continuaba a cargo del legado de la Revolución y él era un priista total, entregado a las labores de la militancia en cuerpo y alma.

El presidente extraña eso. Cuando el mundo era un lugar inhóspito porque había bloques de grandes potencias y nosotros teníamos nuestra gesta revolucionaria y no formábamos parte de ningún bloque, y eso se interpretaba por la clase gobernante como soberanía. La televisión era en blanco y negro, se prohibían las importaciones y se consumía “lo nuestro”, desde lápices hasta brandy. Salían Chabelo y Zabludovsky en la tele, no había videojuegos, casi nadie hablaba inglés y las familias veían las telenovelas y el futbol. La democracia era un asunto francamente burgués que nada tenía que ver con la conducción del país, por eso se realizaban “fraudes patrióticos” y la oposición era casi testimonial. Los padres se preocupaban de la llegada de los “hippies, melenudos y el rock”; todo esto conducía inevitablemente a las drogas, la rebeldía y la consecuente pérdida de valores que aún hoy alarma al presidente López Obrador.

Es claro que muchos, muchísimos de los que votaron por López Obrador lo hicieron pensando en un mejor futuro. Pero el presidente piensa más en un mejor pasado. Un pasado en el que él hubiera cambiado el rumbo definitivo de todo. Si hubiera estado en Tenochtitlan, le hubiera ganado a Cortés y no habría caído en los trucos de asustarse con los caballos o recibir las famosas cuentas de vidrio y les hubiera ganado en cualquier batalla; él habría avisado a Juárez de las traiciones y hubiera empuñado un fusil en el cerro de las Campanas para fusilar a Maximiliano; hubiera escrito libros con Madero y participado en sesiones espiritistas con él para saber que iba a ser presidente algún día; le hubiera aconsejado a Lázaro Cárdenas nacionalizar el petróleo y a López Portillo denunciar a los sacadólares. En fin, que la historia le tiene deparadas estampas inmortales a nuestro presidente en caso de que logre irse a vivir a esos volúmenes de los libros de la historia patria.

Un logro insospechado, sin duda, fue que el triunfo de López Obrador duró muy poco para él y muchos de los suyos. De inmediato hicieron un viaje a 2006 y se instalaron en ese entonces. Desde esa época gobierna y habla el presidente, trae el mismo discurso, acusa a los mismos individuos y empresas, sigue en la derrota retórica. Cuando todos pensábamos que 2018 había terminado con el enfrentamiento, el presidente dio el viraje y volvimos para allá: la polarización, la descalificación, el coraje, la división. Pareciera que el triunfo le quitaba esencia al presidente y prefirió volver a ser el opositor de aquellos años. Así que tenemos al candidato en la lucha diaria, pero no tenemos al presidente en las decisiones cotidianas. Por eso la fiscalía está hundida en el descrédito, las obras públicas son un reclamo constante, la convivencia política es una madriza colectiva –gabinete incluido–, los reclamos de las mujeres caen en el vacío y domina el dislate, la ocurrencia y el insulto en la conversación pública. Pero el presidente está donde le gusta: en la mentada, el pleito y el reclamo airado. El hombre más poderoso del país se la pasa diciendo que le hicieron fraude y no hay día en que no se asuma como víctima. Sigue en su plantón de Reforma, nunca se fue de ahí.


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