¿Suena familiar?

Hannah Arendt, la primera teórica política que estudió el totalitarismo en profundidad, identificaba la “personalidad autoritaria” como un individuo radicalmente solitario.



De los muchos libros que han salido para describir el momento político actual: la llegada de liderazgos extremos, populistas; el desprecio por el conocimiento, las ideas; el arribo de una comunicación inmediata sin intermediarios –entiéndase medios– y el esfuerzo en muchos países de distintos continentes por deshacer lo construido en las últimas décadas, quizá El ocaso de la democracia de Anne Applebaum (Ed. Debate) sea de los más ilustrativos. Su lectura vale la pena. Es un viaje por virajes políticos en Europa y Estados Unidos en los que se tocan los extremos de izquierda y derecha con el resultado que vemos hoy en día, pero que no a todos asusta y ni siquiera preocupa. Applebuam pone un ojo severo en la comunidad intelectual, sus cambios y veleidades con la nueva forma del poder. Casi todo resulta familiar con la situación que vivimos en el país. Van aquí algunos subrayados.

“El propósito de todo esto resultaba bastante descarado. El objetivo de aquellos cambios no era que el gobierno funcionara mejor, sino hacer que fuera más partidista y, al mismo tiempo, que los tribunales fueran más dóciles, más dependientes del partido”.

“La Convención Constitucional de 1787 creó el colegio electoral como medio de garantizar que un hombre que tuviera lo que Alexander Hamilton denominaba ‘dotes para las bajas intrigas y las pequeñas artes de la popularidad’ nunca pudiera convertirse en presidente de Estados Unidos”.

Hannah Arendt, la primera teórica política que estudió el totalitarismo en profundidad, identificaba la “personalidad autoritaria” como un individuo radicalmente solitario que, “desprovisto de ningún otro vínculo social con la familia, amigos, camaradas o incluso meros conocidos, basa su percepción de tener un lugar en el mundo únicamente en su pertenencia a un movimiento, en su afiliación al partido”.

“La nueva derecha, por el contrario, no quiere conservar ni preservar nada de lo existente (...) Aunque odia el término, la nueva derecha es más bolchevique que burkeana: son hombres y mujeres que quieren derrocar, sortear o socavar las instituciones existentes, destruir todo lo que existe”.

Arendt ya observaba en la década de 1940 la atracción que ejercía el autoritarismo en las personas que estaban resentidas o se sentían fracasadas, cuando escribía que el Estado unipartidista del peor tipo “reemplaza de manera invariable a todos los talentos de primer orden, independientemente de sus simpatías, por necios y chiflados cuya falta de inteligencia y creatividad sigue siendo la mejor garantía de su lealtad”.

“El lenguaje utilizado por la derecha radical europea –la exigencia de una ‘revolución’ contra las ‘élites’, los sueños de violencia ‘purificadora’ y un choque cultural apocalíptico– resulta inquietantemente similar al lenguaje de antaño utilizado por la izquierda radical europea”.

“No reconocen que el pasado pudo haber tenido sus inconvenientes. Quieren la versión Disney de la historia, y lo que es más importante, quieren vivir en ella, aquí y ahora. No quieren representar los papeles del pasado porque eso les divierta: desean, sin la menor ironía, comportarse como creen que lo hicieron sus ancestros”.

“...la nación ya no es tan grande como antes porque alguien nos ha atacado, nos ha socavado, ha minado nuestra fortaleza. Alguien –los inmigrantes, los extranjeros, las élites o incluso la Unión Europea– ha pervertido el curso de la historia y ha reducido a la nación a una sombra de lo que fue. La identidad esencial que antaño nos caracterizaba nos ha sido arrebatada y reemplazada por una versión barata y artificial”.

¿Qué tal, suena familiar? No es casualidad. El liderazgo de AMLO sí comulga con la extrema derecha que hay en nuestros días. Quién lo fuera a decir. De cualquier forma, vale la pena que se acerque al libro de Applebaum, es una buena forma de entender dónde está el mundo. Y nosotros.

 

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