El pornógrafo

Ver cualquier actividad como un acto de prostitución moral, física o ideológica habla mucho del tipo de mentalidad que tiene la gente que nos gobierna.


Manuel Bartlett 


No se puede negar el cinismo del señor Manuel Bartlett. Sus desplantes motivan la carcajada a la vez que la indignación. Su comparecencia con legisladores hace algunos días fue una muestra de cómo la impunidad de un personaje permea la vida pública de este país. Pocos personajes tan cuestionados como el director de la CFE. Pero no es extraño que está al lado de otro expriista: el presidente López Obrador. Son compañeros de décadas, compartieron el autoritarismo del PRI en el que aprendieron a hacer política. Ahora llevan a cabo una cruzada a lo largo y ancho del país para regresarlo a aquellas épocas de oro en que nada se cuestionaba y todo lo resolvía el gobierno: desde el contenido de un programa de televisión hasta el tipo de golosinas que debían comer los niños.

Si uno ve en el presidente a un estratega electoral relevante, pero a un gobernante de alcances muy limitados que se vende como una especie de San Francisco de Asís de la política, un ser austero desprendido de lo material, que solamente quiere abrazar a sus hermanos, tiene que ver en Manuel Bartlett el otro lado de la moneda: un sujeto perverso, un representante del imperio del mal, un hombre capaz de cualquier cosa, ave de rapiña, embustero, encubridor y lacayo del que mande y le ofrezca algún hueso para rumiar, pero capaz de acabar con el de enfrente con tal de decir “misión cumplida”. Bartlett aparece como actor principal en casi cualquier asunto turbio o escandaloso de gobierno en las últimas décadas. Fraudes electorales, crímenes, corrupción, cualquier tipo de tropelías, escándalos inmobiliarios, nepotismo, Bartlett siempre aparece y ahora lo hace en el esquema de imponer una visión retrógrada sobre la energía.

En la comparecencia ante legisladores, Manuel Bartlett no dejó de dar la nota. Con su actitud despótica dejó caer una frase propagandística sobre una de sus fechorías: el fraude electoral del 88 fue resultado “del amasiato entre el PAN y Salinas de Gortari”. Lo dice quien era responsable de las elecciones ese año como secretario de Gobernación y que duró seis años como un vil empleado de Salinas de Gortari. No fue otra cosa en ese sexenio, no ha sido otra cosa en los demás: un pandillero, un golpeador que ofrece sus servicios lo mismo para la extorsión que para la defensa de la política energética. Es un porro de postín, un cadenero de alcurnia que se alquila, pero cobra bien.

Que el señor Bartlett califique las actividades políticas como el resultado de una transacción comercial en materia sexual no debe sorprendernos. Son múltiples las manifestaciones de misoginia de este gobierno. Es un gobierno que proclama su machismo al viento. No solamente eso, ver cualquier actividad como un acto de prostitución moral, física o ideológica habla mucho del tipo de mentalidad que tiene la gente que nos gobierna.

En caso de que fuera cierto, el “amasiato” del que habla el señor Bartlett cuenta con su indiscutible participación quizá como un obsceno participante, un entusiasta de participar en la cosa prohibida, en el escándalo a puerta cerrada. Porque digámoslo claramente: en aquel entonces quien regenteaba el congal de los amasiatos, las aventuras y las fantasías era el señor Bartlett, un pornógrafo que se deleitaba describiendo y atestiguando los placeres y perversiones de otros para, años después, terminar denunciando cópulas y frenesís que seguramente desataban sus afanes masturbatorios y sus delirios inmobiliarios con quien es incapaz de reconocer públicamente una relación de pareja. De ese tamaño el machín.

Así pues, ya sabemos de los amasiatos y del aplaudidor desenfrenado que ve en su desempeño público una suerte de proyección de sus prácticas sexuales. Poco a poco uno puede imaginar lo que sucede en la cuatroté. Una plática de López Obrador con Bartlett lleva necesariamente a imaginar una conversación entre un par de viejitos libidinosos: un voyeur y un pornógrafo.


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