Con la afrenta en alto

A López Obrador le tocó, nada más y nada menos, que los 200 años de la consumación de la Independencia. Al parecer hizo un festejo por todo lo alto al que solamente pudieron asistir unos cuantos.



Por alguna razón que muchos desconocemos, el presidente López Obrador está permanentemente agraviado. Nada le satisface, ni su triunfo, ni sus votos, ni que finalmente, después de décadas, sea presidente, ni que viva en Palacio Nacional como soñó, ni sentirse Benito Juárez. Nada, no hay nada que lo colme. Para él siempre hay algo que lo afrenta, que lo irrita profundamente. Puede ser algo que pasó ese día, un tuit o un evento histórico. Parece incapaz de satisfacción alguna.

Por supuesto que uno supone que algo anda mal en quien destila hiel todos los días y pasa por encima de cualquier persona con tal de lanzar un improperio, una agresión. Pero tampoco daba como para imaginar a un hombre que muestra tan poca disposición a alguna suerte de alegría. Pareciera, paradójicamente, alguien negado para el bienestar, palabra que tanto gusta imponer en sus obras públicas.

Los presidentes en cuyo mandato cae una fecha de conmemoración relevante, tienen una gran oportunidad para hacer un festejo nacional. Eso en cualquier país y en cualquier periodo, lo mismo Porfirio Díaz que el actual presidente. A López Obrador le tocó, nada más y nada menos, que los 200 años de la consumación de la Independencia. Al parecer hizo un festejo por todo lo alto al que solamente pudieron asistir unos cuantos. Cada vez se aleja más de la plaza llena para preferir el salón controlado; por algo será.

Asistieron al evento diplomáticos del mundo. Un gran festejo para ellos también, asistir a la plaza mayor y al espectáculo son cosas que no se olvidan para quienes representan a otras naciones. Sin embargo, nuestro presidente se desenvolvió como el profesor de historia de secundaria que ansía ser y como el hombre que carga sobre sí los agravios pasados de cualquier cosa y de cualquier nación.

López Obrador aprovechó para decir que el país mantiene buenas relaciones con la Iglesia católica “en mucho a que el papa Francisco es un verdadero cristiano”. Ah caray, ¿los otros papas no lo eran? ¿Por qué el presidente de México cree que puede calificar al jefe de la Iglesia de buen o mal cristiano? El presidente se refirió a que el pontífice mandó un mensaje en el que hablaba de los “eventos dolorosos del pasado”, cosa que da gran satisfacción a nuestro presidente, pero no mencionó que hacía votos para “sanar heridas y cultivar un diálogo abierto y respetuoso entre las diferencias”, eso pasó de noche para el presidente.

Mencionó también el presidente que ese día no había razón “para enfatizar las profundas diferencias históricas que hemos tenido con Francia”, porque ahora “esa nación y su gobierno” respetan “la dignidad de nuestro pueblo”. Pues si “no hay razón para mencionarlas”, ¿para qué lo hace? Eso sí, dejó en claro que las diferencias se harían a un lado ese día. Seguramente pronto nos sorprenderá con algún reclamo a los galos.

La emprendió hasta con los rusos al decir “cómo reclamarle, en estos tiempos, a los rusos el asesinato del gran escritor y político, León Trotski, que estaba asilado en nuestro país”. Qué caso tenía sacar eso a colación si el político ruso fue asesinado en 1940 –trece años antes de que naciera López Obrador–. Agradeció a Putin su gesto de que se recuperara pronto de COVID, pero a los rusos que hablaron en el evento ni traducción simultánea les pusieron, así que no sabemos qué dijeron.

Agraviado permanente, víctima eterna, López Obrador vive con la afrenta en alto.


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