Los rumores y el presidente

El gusto que ha dado la aprobación de la “vacuna rusa” topa con pared, pues no la tenemos. Las vacunas son como el estado de salud del presidente: un rumor.


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“El rumor es la precaución que toman los hechos antes de convertirse en verdad”. Tomás Eloy, Santa Evita.

A falta de presidente, porque está enfermo, nos quedamos con rumores. Esto sucede porque todo en este gobierno está centrado en quien ocupa la presidencia. Así lo decidió él y así ha sido. Después de él, viene el diluvio; después de su liderazgo, viene la nadería, la pavorosa mediocridad. No hay manera de que alguien lo sustituya ni siquiera como una voz respetable, y es que el problema es que no hay palabra que pueda medianamente tener un alcance mediano en comparación con quien, desde hace más de dos años, habla y habla todos los días. Es claro que las mañaneras son de él y para él. Es absurdo pedir que alguien esté en su lugar en tal evento. Eso será otra cosa: una conferencia de prensa, una comparecencia, un anuncio, una aparición, lo que sea, pero no una mañanera. Es quizá la única tarea que no puede encargársele al Ejército.

Más allá del evento político que protagoniza el presidente cuando está sano, su ausencia ha puesto luz en una enorme carencia de su gobierno: no saben qué hacer sin él. No pueden hacer ni un protocolo de comunicación, ni un boletín, ni siquiera poner a un doctor a decir qué es lo que le pasa a un enfermo. Acostumbrados a la propaganda, los comunicadores del gobierno se quedaron atorados sin saber qué decir, ante una emergencia –lo mismo pasó en el “culiacanazo”: dijeron puras mentiras en lo que decía algo el presidente–. No decir nada fue lo peor. Los rumores se desataron como suelen ser: exagerados, absurdos, pero es lo que fluía a falta de información veraz y concreta por parte de la presidencia. Pasaron días que permitieron cualquier clase de especulación sobre la salud del presidente López Obrador. Finalmente, decidieron sacar al enfermo vestido pulcramente, con corbata en medio de un pasillo y bajo decenas de candiles para decir que estaba bien y que se recuperaba satisfactoriamente, que como buen superhombre, no solamente padece COVID, sino que al mismo tiempo trabaja para el bienestar de todos los mexicanos y anda pendiente de todo. Ridículo el mensaje, ridícula la vestimenta del enfermo y ridícula la locación. Pero se apagaron las especulaciones sobre si le había dado embolia, si le giraba la cabeza como la chava de El exorcista y estupideces por el estilo. Todos los presidentes temen dar muestra de debilidad: necesitar unas muletas, una silla de ruedas, algún otro tipo de ayuda exterior, mostrar cansancio o ponerse un tapabocas. ¿Qué pasará si el presidente queda débil durante la recuperación? ¿Suspenderán sus giras? ¿Usará una silla en las mañaneras?

El afán controlador del presidente mostró una fisura propia de esos modos de liderar equipos de trabajo: la máquina funciona si está el conductor, pero si no está él, nadie sabe manejar y entonces todo se para y nadie sabe qué hacer. Lo mismo sucede con el desorden de las vacunas. Unos dicen una cosa, otros los contradicen; a unos los desmiente la fábrica, a otros algún gobierno. El resultado no sólo es la desinformación, sino la carencia de las vacunas. No las tenemos. El gusto que ha dado la aprobación de la “vacuna rusa” topa con pared, pues tampoco la tenemos. No hay vacunas. Las vacunas son como el estado de salud del presidente: un rumor.

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