Las ocurrencias de AMLO son cosa seria

La insensatez, la banalización de los problemas y la verborrea pueden ser una excentricidad en un legislador, pero en un presidente se vuelven algo peligroso.



Imposible hacer caso omiso de las ocurrencias de Palacio. Si no las dijera y defendiera el presidente, no serían inquietantes. Por supuesto que es preocupante la cantidad de boberías que se dicen a diario en la sede presidencial. Considero que lo que diga el presidente es relevante, así sean chistes malos, comentarios de mal gusto o sus clases de lo que, según él, es la historia patria. En medio de todo esto suelta insultos y amenazas, condenas a medios de comunicación y a periodistas, señala traidores y aprovecha para quejarse del tiradero que le dejaron y para el que se postuló decidido a arreglarlo con, ahora lo vemos, nulos resultados.

Para muchos de sus críticos no hay que hacerle caso al presidente porque ésas son maniobras distractoras, bombas de humo para no abordar los temas críticos, la difícil situación por la que atraviesa el país en materias como la seguridad, salud pública y economía. Esas tres áreas pasan por momentos gravísimos. Las respuestas del presidente ante esa problemática son de llorar o de risa loca. Lleva las cosas a terrenos como el beisbol o los panistas, el enemigo en turno o Benito Juárez –si no es que recurre a las caricaturas–. Los temas sí se discuten, pero sin el presidente. Él no toma parte de la conversación pública si no es para enemistar y sembrar veneno. Eso no significa que no le debamos hacer caso, al contrario. Resulta francamente alarmante que el presidente de la República dedique horas, todos los días, por ejemplo, a difamar tuiteros o pelearse con molinos de viento como son los dueños de las redes sociales; que al titular del Ejecutivo se le vaya el tiempo en lo que parece concurso de sandeces explica la situación del país.

El ambiente de odio mezclado con chacota es la norma en la vida política nacional. Los propósitos demenciales de Palacio toman forma de política pública cuando son ponderadas por su fanaticada. De ahí que se hayan tomado en serio eso de hacer su propia red social, porque les da miedo que un día les quiten sus cuentas por andar promoviendo despropósitos y esparciendo cizaña. Curiosamente ellos mismos, los fanáticos de AMLO, se ven en el espejo de Trump. No extraña el referente.

Seguramente en esta semana el presidente la emprenderá contra una doctora competente, odontóloga, que escribió un libro sobre la negligencia criminal de López-Gatell y el gobierno durante la pandemia. En la feria de los insultos que son los mensajes presidenciales le dirán “dentista” y cosas por el estilo. También nos darán avances del sustituto nacional del Feis y de Twitter en esa carrera desquiciada por alejarnos del mundo y sentir que si tenemos nuestra propia ciencia y tecnología triunfaremos en el mundo como líderes. Ya nada más nos falta tener nuestros propios premios Nobel.

Hay que tomar nota de todo lo que dice el presidente y lo que sucede alrededor de sus eventos. Desdeñarlos es un error. La insensatez, la banalización de los problemas y la verborrea pueden ser una excentricidad en un legislador, pero en un presidente se vuelven algo peligroso. Las mañaneras son un circo, sí, pero también son un patíbulo y una trituradora de reputaciones. Que un sujeto que se hace pasar por periodista diga que Carmen Aristegui es agente de la DEA en el evento presidencial no pasa de ser una estupidez; que el presidente considere que debe contestar esa pregunta y con sus palabras validar la agresión a la periodista, habla no sólo del ínfimo respeto que le merece la agredida, sino también la bajeza moral en la que se desarrollan las conferencias matutinas.

Tomemos en serio las ocurrencias del presidente. Son cosa seria y le cuestan al país.

 

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