Campañas rosas por las mujeres, ¿sirven?

Si un padre, tío o hermano agrede a una esposa o hija y se evita o se permite, eso educa o deseduca.


Mujeres


La violencia, y en general, la discriminación hacia las mujeres, provocan con toda justicia el reclamo social, en particular de mujeres activistas. Hay campañas contra ambos casos, tanto sociales como oficiales o religiosas, como es el caso del día internacional contra la violencia hacia las mujeres. Muchas de ellas provienen de colectivos o grupos de mujeres que se etiquetan como feministas (una etiqueta de amplio espectro). Marchas, carteles, pintas en la ropa, en calles y edificaciones, y hasta agresiones, son las principales armas de quienes exigen que se termine la violencia contra las mujeres.

Preocupa en especial el extremo de la violencia que mata mujeres, en particular si es resultado de que las víctimas sean mujeres. Es decir, que las matan precisamente por ser mujeres y comportarse como tales, y no por otras razones, como por violencia de robo, de terrorismo indiscriminado o de guerra. También se excluyen las muertes femeninas por malas prácticas médicas. Se trata del feminicidio.

Están también los grupos abortistas, compuestos por mujeres y varones, que reclaman lo que se llama aborto seguro (que no existe, siempre hay un riesgo). Estos fanáticos a quienes no importa la vida de las personas nonatas asesinadas abortándolas, se olvidan que de cada cien abortos, matan cuarenta y nueve mujeres. La peor de las violencias y que cuando se trata del aborto selectivo, se les mata precisamente por ser mujeres: feminicidios clarísimos.

Pero en general, la preocupación por la violencia contra las mujeres, en especial por los feminicidios, es auténtica, y entre quienes se manifiestan en diversas formas pidiendo que esto cese, se incluyen líderes sociales, políticos, religiosos, profesionales, académicos y periodistas, así como formalmente lo hacen sus organizaciones y medios. También reclaman seguridad a las mujeres los familiares, amigos y compañeros de víctimas, violadas, golpeadas, secuestradas, explotadas laboral o sexualmente, desaparecidas y asesinadas, en asesinatos que con frecuencia han tenido torturas previas.

Esta lucha a favor de las mujeres y del debido respeto a su dignidad, integridad y vida, es justa, sin duda alguna, y las preocupaciones por resolver esta lacra social. Pero en general, tienen una falla de origen, ¿cuál es ésta?

La falla en las campañas rosas es que no tienen resultados visibles. Pintar de rosa lo que sea, como símbolo de defensa femenina es emocionalmente explicable, pero en realidad, no tiene éxito, y la prueba podemos encontrarla en que dichas campañas y protestas no reflejan una reducción de los delitos contra las mujeres.

Es que quienes ejercen violencia contra las mujeres lo hacen sin que les importe la opinión ajena, las golpean, violan, explotan y matan como y cuando les da la gana; su acallada conciencia no les dice que no deben hacerlo, y mucho menos el grito de la sociedad diciendo ¡ni una más! Y la acción de la Justicia les tiene sin cuidado.

Y como se ve que los llamados a la conciencia no dan resultado, se recurre a modificar leyes para configurar delitos contra las mujeres, y para endurecer las penas. Pero como en cualquier otro caso de delitos, las penas, mayores o menores, no inhiben al delincuente a detenerse. Así que ni las campañas de conciencia ni las penas de prisión tienen mayor efecto. Y no es que no haya casos en que los varones tomen conciencia de respetar y hacer respetar a las mujeres, pero lo lamentable es que son la minoría de los casos.

Sí, de alguna manera, la sociedad se preocupa, toma conciencia de cuidar a las mujeres, pero más que nada entre varones, que respetan a la mujer o intervienen cuando algún hombre agrede a alguna de ellas. Cuando las campañas incluyen varones, sí, eso los hace tomar nota o hasta conciencia, pero son los menos. En general, pasada la campaña, se olvida en mucho el asunto.

Un caso particular en donde la conciencia de respetar mujeres no existe, es el de la represión policial o militar, como en marchas y reuniones públicas de protesta que se vuelven violentas (por la razón que sea), en donde también se agrede a mujeres policías. Lo mismo en acciones de ataque militar de guerra, o de terrorismo, en donde matar mujeres no es problema para los agresores.

Entonces, ¿qué se debe hacer para reducir la violencia contra las mujeres y los feminicidios? Varias cosas, algunas que ya se hacen, y que más que inhibidoras, son medidas de cuidado de las mujeres, como la vigilancia policial, los espacios exclusivos para ellas, incluyendo transportes. Otra cosa es la atención inmediata y legalmente cuidada de los casos de ataques a mujeres, y juicios efectivos que lleven a la cárcel a los delincuentes. La reducción de la impunidad es inhibidora.

Pero la única forma de reducir la violencia contra las mujeres es la educación, iniciando en la familia, en donde el machismo debe ser calificado como una aberración. Es en la familia en donde con el ejemplo y la educación se aprende a respetarlas. Si un padre, tío o hermano agrede a una esposa o hija y se evita o se permite, eso educa o deseduca. Y en estos casos, la actitud y respuesta de las madres y otras parientes de defensa o permisividad es importantísima. La violencia doméstica se explica en mucho por el ejemplo recibido.

A la familia, deben sumarse las escuelas, que compartirán una educación de conciencia y con ellas las iglesias, que pueden tener una influencia especial.

Las campañas rosas, bienintencionadas, son ingenuas. ¿Dejar de hacerlas? No, pues mantienen el tema en la gente. La única forma en que se reduzca la violencia contra las mujeres, y se les respete en su dignidad, es la formación de una recta conciencia, y sobre todo, el buen ejemplo de padres y otros parientes, maestros, clérigos, funcionarios públicos, policías y militares. No hay otra manera, todas las campañas rosas son apenas significativas, pues su resultado es prácticamente nulo. Es educación, buen ejemplo y formación en valores, lo único que pueden reducir esa violencia y el feminicidio.

 

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