Una brecha imaginaria

La realidad es que hombres y mujeres tomamos decisiones diferentes en lo que respecta a la carrera, pues valoramos y queremos cosas distintas.



Las feministas, a través de su lucha de décadas, han transformado el antaño eterno femenino que relacionaba la esencia femenina a las virtudes de la modestia, la gracia, la delicadeza, la afabilidad y la amabilidad, entre otras; por el eterno descontento, esa constante insatisfacción que las lleva a comportarse cual niño caprichoso que, no bien alcanzado su objetivo ya está exigiendo, varios más; de su interminable lista de deseos inalcanzados y prácticamente irrealizables.

Quizá el problema tiene su origen en que el movimiento busca la igualdad, que la naturaleza no da, del hombre y la mujer. Y es que, aunque la tan conocida frase de Simone de Beauvoir: “la mujer no nace, sino que se hace” siga gozando de gran popularidad, la realidad es que, las diferencias entre el hombre y la mujer no son el resultado de un constructo social.

La prestigiosa psicóloga y escritora Susan Pinker afirma: “existe una idea generada por la segunda ola del feminismo que cree que, las mujeres son versiones reprimidas de los hombres a quienes se les ha impuesto estereotipos de comportamiento. Afirman que, de no ser por estas construcciones culturales, las mujeres actuarían más como los hombres. Bajo esta perspectiva las mujeres, ahora que tienen la oportunidad, accederían en masa a todos esos trabajos que estaban reservados a los hombres como: albañilería, plomería, minería, marinería, milicia, bomberos, policía, informática e ingeniería por nombrar sólo algunos, mas no es así. Por el contrario, en los países desarrollados en los cuales las mujeres tienen más oportunidades de elegir trabajo se ve una clara tendencia a la elección de carreras que permiten más flexibilidad y tiempo libre; además de enfocarse a trabajos más sociales y menos solitarios, pese a los esfuerzos, de varias décadas, para que les resulten atractivos otro tipo de trabajos”.

Este hecho es intencionalmente ignorado tanto por las feministas, como por los grandes medios que, sesgando la información, insisten una y otra vez, en el tema de la desigualdad profesional. Y mientras se apoyan en la llamada brecha salarial entre el hombre y la mujer, ocultan intencionalmente las razones de ello.

Lo primero que hay que aclarar es que, en la gran mayoría de los países occidentales, está prohibido pagar a una mujer menos que a un hombre por el mismo trabajo. Sin embargo, la mayoría de los estudios afirman que la mujer sigue recibiendo un salario menor que el hombre. Esto se debe a que, dichos análisis comparan profesionalmente al hombre y a la mujer tomando el término, trabajos similares, que no es lo mismo a trabajos iguales. Este término ambiguo es usado precisamente con la intención de confirmar su agenda, creando la falsa percepción de que una mujer gana menos haciendo exactamente el mismo trabajo que el hombre, por el sólo hecho de ser mujer. Además, si esto fuese así, serían muchas las empresas, sino todas, que contratarían principalmente mujeres quienes harían el mismo trabajo que los hombres por un menor salario.

Otro factor que parecen ignorar las feministas es que, aun cuando el trabajo más humilde encierra nobleza, la realidad es que, como dice el mediático y famoso psicólogo Jordan Peterson: “La mayoría de las mujeres tiene un trabajo, no una carrera”. Y lo mismo aplica para los hombres, faltaría más. Y es que, son varias las mujeres que trabajan fuera de casa que desean (cosa que no todas logran) trabajar de medio tiempo por lo que, si esos sueldos se comparan con los del hombre, que trabaja a jornada completa, obviamente el sueldo de este último será superior al de la mayoría de las mujeres que, aunque trabajen en la misma profesión no le dedican el mismo tiempo. Además, muchas mujeres prefieren flexibilidad y más tiempo libre que un mejor sueldo por lo que ellas mismas evitan el ascenso que implica mayor responsabilidad y tiempo.

Agendas aparte, la realidad es que hombres y mujeres tomamos decisiones diferentes en lo que respecta a la carrera, pues valoramos y queremos cosas distintas. Ser una gran ejecutiva puede parecer ser muy atractivo pero la verdad es que no todas las mujeres están dispuestas a sacrificar todo lo que dicha posición conlleva. Aunque este importante factor ha ido cambiando en las generaciones más recientes, esto aplica a la mayoría de las mujeres nacidas entre la década de los setenta a los principios de los noventa.

Recordemos la conocida frase de Simone de Beauvoir: “a la mujer hay que sacarla de casa sin preguntarle, pues de ser así más de una elegiría quedarse en casa”. No en pocos casos, fue la necesidad y la gran presión social y no los deseos tan ponderados de autorrealización los que sacaron a las primeras generaciones de mujeres de su casa. Debido a que, “las costumbres hacen leyes”, cada vez menos mujeres tienen esa opción y aún menos se decide a tomarla.

Debido a esto, en los países industrializados, aquellos en los cuales la mujer goza de plenos derechos, la mayoría de los niños son educados, o mejor dicho indoctrinados en la escuela pública en la que permanecen prácticamente todo el día. Se dice que la calidad compensa la cantidad. No es así. Claro que cantidad sin calidad no funciona, más para educar es necesario tiempo, calma y una energía que se antoja agotada tras un largo día de trabajo.

Actualmente, las comidas en familia y aún las cenas en familia durante la semana, son un lujo prácticamente extinguido. Parafraseando a Chesterton; el hogar, sagrado lugar donde nacían y crecían los niños y morían los hombres, donde la libertad y el amor florecían, se ha cambiado en la actualidad, por la frialdad de la oficina y la escuela. El resultado lo tenemos a la vista: las familias rotas y dolorosamente rehechas, a base de inestables parches artificiales, son cada vez más comunes.

Por ello, las mujeres deberíamos unirnos y luchar, pero por recuperar la opción de quedarse en casa; formando no sólo un hogar sino a los hijos que serán los hombres del mañana. Y en lugar de hacerlas sentirse culpables, flojas e ineptas, se debería apoyar, a través de la reducción de impuestos, como en Hungría, a las madres que deciden quedarse en casa a tiempo completo. Esto finalmente favorece a toda la sociedad.

Un verdadero movimiento a favor de la mujer debe ir encaminado a que se reconozca el trabajo callado pero insustituible de la mujer en el hogar y en la educación de los hijos. Como dice el proverbio: “la mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo”. No subestimemos la gran y poderosa influencia de la mujer en la sociedad a través de la educación de los hijos.

Termino con una frase de G.K. Chesterton: “El feminismo está mezclado con la idea tan absurda de que la mujer es libre si sirve a su jefe y esclava si ayuda a su marido.”


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