Del pasado sepia

Este libro es mío, pero en él se entrelazan otros “míos” hasta integrar un “nuestro” intemporal, cuajado de rostros que son adivinanza.


Hojas amarillas


No hay placer más extraño y más pleno que entrar a una librería de viejo.

Se desatan los ojos, el olfato y el tacto; se agolpan los deseos de posesión y la mente vuela para suplir las historias que no conocemos, pero intuimos.

¿Qué manos acariciaron esas hojas, antes blancas y hoy decrépitamente amarillas? ¿Qué nuevas historias se suscitaron al amparo de estas líneas permanentes, cuyo origen se desdibuja aunque tenga una fecha?

Este libro es mío, pero en él se entrelazan otros míos hasta integrar un nuestro intemporal, cuajado de rostros que son adivinanza.

Por fin, ahí está lo que tanto busqué. Me costó cinco pesos acceder a los muchos poemas que guardan los hallazgos. Hay que aguzar los sentidos. Está dedicado por Alfonso Reyes. No aparece anotado el destinatario. Acaso se durmió para no despertar. Y después, ¿quién que no esté loco querría heredar un libro?

Alguien guardó algunas fotografías entre sus páginas. Hay sonrisas de un momento que se volvió de papel. Las guardo como un trofeo.

En este lugar un tanto mágico, donde las voces gritan su pasado, hay que aspirar. Las librerías de viejo nunca nos defraudan. Solamente hay que aguzar los sentidos y abrir el corazón.

 

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