Entre herencias y virtudes

No hay por qué tener envidia de lo que tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se adquiere. La virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. (Don Quijote de la Mancha)


Perfeccionamiento constante


Un refrán muy viejo dice: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Tal vez eran otros tiempos, esos en que también solía afirmarse que la educación se adquiere desde la cuna y, de ese modo, se quería destacar que cuando menos lo esperamos nos salta aquello que es prestado, que es actuado.

Cuando las actitudes se aprendieron desde la infancia se vuelven hábitos permanentes, son parte de las vivencias, constituyen ese todo que es la persona.

Así, por lujoso que sea nuestro atuendo, por estudiados que sean nuestros movimientos, lo que se tiene dentro, las bases que cimientan nuestro yo integral, siempre saltan a la vista, más tarde o más temprano.

Hoy, sin embargo, en una sociedad individualista a ultranza, caprichosa y superflua, vivimos en un mundo de apariencias. Basta parecer tal o cual para serlo.

Así están las cosas. Y lo peor del caso es que los hombres llegamos a creer tanto en ese disfraz que nos engañamos en la intimidad, nos negamos a nosotros mismos para asumir el papel que elegimos ante los otros.

Muchas personas de generaciones anteriores se enorgullecen de contar su historia. Empezaron desde abajo, como ayudantes en una oficina, como mensajeros o como aprendices de algún oficio, y fueron subiendo, progresaron gracias a sus esfuerzos y a las ayudas generosas de los demás.

Hoy son funcionarios o jefes, y en agradecimiento a la colaboración que recibieron, se superaron, ayudan a otras personas, cuentan su historia con orgullo, ponen su esfuerzo cotidiano en ser mejores.

Tienen razones para hacerlo: nada hay más valioso que el crecimiento, que el perfeccionamiento constante de nuestras potencialidades.

Deberían saberlo quienes niegan sus orígenes, porque están cobijados a la sombra de lo aparente.

¿Realmente nos engañamos?

La superación personal no es efímera. Para lograrla hace falta valentía, constancia, humildad; es una lucha constante que debería enorgullecernos más que la vida que se actúa.

Recurro a Don Quijote de la Mancha. No hay por qué tener envidia de lo que tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se adquiere. La virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.


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