Humildad, qué grande eres

 Hace falta ser muy hombre –o muy mujer– para aceptar lo mucho que nos falta por saber, aun en la ancianidad y ya muy cerca de la muerte.


Sencillez


La humildad bien merece una loa en nuestros días, tal vez a manera de rescate.

Necesaria y vituperada, ausente y extrañada, cuánta falta nos hace para aprender, de todas y de cada una de las personas que nos rodean, a ser hombres y mujeres sin máscaras, indigentes como todos, potenciales como todos, inacabados como todos.

La confusión empieza cuando se juzga por las apariencias. Qué sabio parece el que escupe datos a diestra y siniestra, el que está informado aunque no formado, el que actúa con la autosuficiencia que le da pasaporte de aceptación en un grupo, el que adorna el lenguaje con palabras de las que a veces ni él conoce el exacto significado, el que va con la corriente, aun a costa de su congruencia…

Eso, aunque la mayoría suponga lo contrario, es un remedo de sabiduría, una caricatura del prestigio. El verdadero conocimiento, ese que llega a integrarse en el todo de la persona de una manera natural, ese que es vivencia, hace a las personas humildes y sencillas, comprensivas y humanas, porque las pone frente a su precariedad. Hace falta ser muy hombre –o muy mujer– para aceptar lo mucho que nos falta por saber, aun en la ancianidad y ya muy cerca de la muerte.

Cervantes nos lo dice en el Quijote: hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas, que después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento y a la memoria.

Saber enciclopédico. ¿Para qué?

Cuando se lee una novela, una poesía, un cuento, cuando se disfruta de una crónica, de un concierto, se llenan los sentidos y el alma, las frases se repiten una y otra vez en la mente, se recrean en la soledad y ya son nuestras, aunque nadie más lo sepa.

Son conocimientos que se disfrutan, que viven con nosotros hasta la última respiración; son más que palabras; son alimento que satisface para propiciar más hambre.

Cuanto más se conoce, más se sabe que no se sabe. De ahí la necesidad de rendir pleitesía a la humildad, que nos hace grandes, lejos de empequeñecernos.

De nada sirve hacer como que sabemos si, al final de cuentas, sabemos que no es así. Conocer, aprender, disfrutar, vibrar… ¿para qué?

Tal vez para ser humanos, con virtudes sabidas y con defectos humildemente admitidos.


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