Iguales en la sepultura

 Al estar en la soledad, cada persona reconoce quién es en realidad, pues las máscaras y los disfraces de nada sirven para esconder lo que es uno mismo.


Humildad divino tesoro


A menudo pienso que el otro, el que tengo enfrente, es el espejo de mis posibilidades y de mis precariedades.

Los seres humanos nos reconocemos en los demás para encontrarnos, si es que sucede algún día, con nosotros mismos.

Sin embargo, muchas veces rechazamos en nuestros interlocutores lo que no podemos tener. Es como una acusación que se nos manifiesta en un rostro y en una voz.

Pero sólo nosotros, en nuestra soledad, en nuestra relación de intimidad, en nuestro silencio, que más tarde o más temprano llega, sabemos quiénes somos en realidad, qué tenemos y qué nos falta.

Humildad, divino tesoro. En cada mano, en cada diálogo, en cada ser humano, único e irrepetible, hay una enseñanza. No importan los ropajes, los disfraces o las máscaras. Yo estoy frente a mí y eso es una realidad inimputable.

¿Cómo engañarme, cómo decirme que soy lo que no soy? Al final, la esencia rezuma en las pupilas, en las actitudes, en las voces, en los gestos, en el todo.

La vida dura tan poco. Nos vamos muriendo respiración a respiración… De entre todos, ¿quién me conoce? De entre miles de espejos escojo a uno. Me reconozco en él y él se reconoce en mí. Hay comunión que trasciende al tiempo y a las circunstancias.

Y recuerdo a don Quijote. Y escucho, como moderno Sancho, cuando habla de la comedia como un espejo que se nos pone a todos delante, donde se ven en vivo las acciones de la vida humana.

Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro simple y discreto, el enamorado. Y acabada la comedia, y desnudándose de los vestidos, quedan todos los recitantes iguales.

Pues lo mismo acontece a la comedia y teatro de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices y, finalmente, todas cuantas figuras pueden introducirse en una comedia; pero, en llegando el fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban y quedan iguales en la sepultura.

Entonces… ¿cómo engañarse en la soledad?

Humildad, divino tesoro; ayúdame a mirarme en los demás.

 

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