Desde el fondo del alma

Como una idea necia, me pregunto en los últimos días cómo se puede escuchar al corazón.


Fondo del alma


Tal vez la interrogante pueda sonar ociosa. Quizá por un prurito muy propio de nuestro tiempo, los hombres nos hemos olvidado de lo que somos para definirnos por lo que hacemos. ¿Defensa personal? ¿Miedo a la intimidad? ¿Horror a mostrarnos sin maquillaje? ¿Incapacidad para manejar adecuadamente la afectividad?

Probablemente sea todo junto.

El caso es que mi mente puso al descubierto la inquietud cuando intenté, a veces en vano, describir a las personas más cercanas como si fuera la última vez que las vería.

Cuántas veces creemos que conocemos a nuestros propios hijos y en realidad sólo vislumbramos de ellos una parte, la que se traduce en algunos comportamientos: “va muy bien en la vida, saca muy buenas calificaciones en la escuela; no tengo queja”.

Pero… ¿qué les gusta, qué les disgusta, qué los conmueve, cuáles son sus metas a corto y a largo plazo, cómo ven a sus padres, cuáles son sus hábitos más desarrollados, cuáles sus defectos que requieren de un mayor esfuerzo para ser superados, qué sienten, por qué sufren, por qué sonríen? Saber eso ya es diferente, requiere de una comunión estrecha, de tiempo, de tranquilidad, de inquietudes conjuntas… de amor, en toda la extensión de la palabra.

Lo mejor de mi vida es muy buena película que pone al descubierto este punto, entre otros muchos de igual trascendencia. Un hombre sabe que va a morir en unos meses a causa del cáncer, ordena que se filme un video en el que algunas personas que lo conocen expresen su opinión acerca de él. “Es un estupendo publirrelacionista”, señalan los más expresivos. ¿Es eso todo lo que puede afirmarse de un ser humano?

Las exigencias de nuestra época se conformarían con la parcialidad, con la fragmentación del todo. A fin de cuentas, los sentimientos y las cualidades muy poco reditúan en el logro de un estrato. Lo que se valora de una persona es su actividad y su posición económica.

Pero somos personas heridas; muchas veces cargamos viejas rencillas, antiguos rencores que no podemos traducir a palabras, porque no encontramos un interlocutor que se interese por ese algo más, o porque nos da miedo que nos conozcan en la precariedad que nos acompaña por naturaleza. No es fácil acostumbrarse a la desnudez del alma.

La liberación femenina ha exigido para la mujer un trato más digno. ¿Y los hombres? Desde niños han escuchado que no les está permitido llorar, ni expresar sus sentimientos. Pobres hombres: tienen que vivir ocultando lo que son de verdad, y eso es imposible. De ahí que, en lugar de hablar con sus seres queridos de eso tan humano, lleguen al extremo de buscar oídos extraños cuando ya no pueden más. Extraños que, eso sí, tienen el título de psicólogos o psiquiatras.

El hombre es un ser sentimental, dice Miguel de Unamuno. Entonces, ¿por qué seguir cargando con el lastre de la apariencia? Nos perdemos de lo más valioso en aras de lo espectacular, de lo aparente.

Hay que vibrar con la vida, conmovernos de lo que sucede a nuestro alrededor, sorprendernos de los sucesos, sentir, conocer, expresarnos en sentimientos tanto como en juicios. ¿De qué nos sirve tener tanto, saber tanto, si estamos inanimados como las marionetas?

El corazón habla. Pero la costumbre, cada vez más empobrecida, nos ha hecho sordos. Hay que darnos tiempo para ser felices y eso nace de dentro, del fondo del alma.

A propósito ¿usted, sabe quién es?

 

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