Palabras con sentido

En el cariño, más vale pecar de exceso que de omisión.


Cariño


Evidentemente transformado en un joven responsable, emprendedor, con juicios maduros y convicciones sólidas, Pablo, el primogénito de cinco hijos, responde a una caricia maternal con una pregunta arrolladora:

–¿Verdad que ya me quieres otra vez, mamá?

La respuesta viene a la mente desconcertada, más lenta de lo que la voluntad dicta. Las palabras se amontonan y los sentimientos se vuelven indescifrables mediante los códigos establecidos. La mano toca una vez más el rostro a punto de cumplir 25 años, y siente el pelillo necio e insistente que da razón de ser a la máquina de afeitar cuya música invade las mañanas desde hace unos cuantos años.

Un segundo es capaz de atrapar la vida. Qué cerca y qué lejos se vislumbra aquella figura desaliñada, arropada cotidianamente en la pereza y en la nada, que encaraba con mirada furiosa los consejos paternos.

Está aquí, en el interior imborrable conformado de vivencias que no admiten desandar caminos, y yace en lontananza, desplazado por la justa visión que ofrece el hombre nuevo que rectifica, que se supera.

En ese segundo corre la voz de la memoria. Las neuronas hacen ruido, como la computadora cuando almacena datos. Ahí está el adolescente con el pantalón de mezclilla sucio y roto; con el cabello que le acaricia los hombros; con una figura diminuta tatuada en la pierna, fiel y perenne recordatorio de aquellos días; con la oreja coronoda por una arracada y con los pies desnudos, metidos en unos zapatos malolientes que recuerdan a las patas de un perro callejero.

Así era Pablo, el mismo que hoy me pregunta si ya lo quiero otra vez. El mismo y otro.

Como si se pudiera dejar de amar a un hijo, aunque sea un poco, por su apariencia fuera de lo convencional o por aquellos actos que merecieron las críticas de las familias amigas, incapaces de comprender que la adolescencia se manifiesta de distinta manera aun entre los hijos educados con las mismas reglas y bajo el mismo techo.

Me resulta difícil decirle que quizá lo amé más intensamente en aquel tiempo, porque lo veía tan indefenso como cuando me gritaba desde su cuna.

¿De qué sirvieron tantos libros pedagógicos con los que intenté formar un frente para la buena educación? Aparentemente de nada, Pablo podía más con sus gritos que yo con las reglas compiladas en la casa paterna y en las letras. Es cierto que la escuela de padres me dio elementos insospechados, pero la comprensión, el tacto y el cariño que hacen falta para saber que cada hijo es distinto y único, es asunto de la vida que no admite ensayos ni se aprende en las aulas.

Los ratos de desencuentro propician desaliento en las almas débiles. La mía era de esas; la de Pablo estaba llena de esperanzas que no cuajaban en apariencia, pero que iban cimentando un espíritu fuerte y bondadoso que insitía en esconderse para manifestarse en mejores días.

Esos días llegaron, y con ellos, la convicción de que solamente se estaba preparando para una vida menos mediocre que la de muchos jóvenes que no saben de proyectos. Su independencia responsable, que hoy lo capacita para nuevos vuelos, es el diploma de graduación para esta madre que, entre errores y aciertos, hoy puede responderle que en su propia persona está la medida de un cariño que ha ido en aumento al paso de los retos y que jamás cambiará, porque mora y se nutre de la esencia, más allá de los actos y de las apariencias.

Ojalá sepa perdonar ese injustificado silencio, esta tacañería de palabras que lo llevaron a pensar que el amor materno está condicionado a las circunstancias. De él aprendí –nunca es tarde– que reiterar los sentimientos es tarea que dura toda la vida. En el cariño, más vale pecar de exceso que de omisión.

 

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