La clase de hoy: el amor

Aún luchas contra la crisis intelectual que pone en duda el concepto tradicional del maestro.


Amor


Como todos los seres humanos, te preguntas ansioso una y mil veces si has respondido a la misión que emprendiste en tus años mozos.

Tu soledad nocturna está llena de inquietudes, de proyectos inacabados, de risas infantiles, de rostros desencajados porque no lograron llegar a la meta; de triunfos y fracasos, de felicitaciones, de reclamos…

¡Cuántos niños se han visto en tu rostro! ¿Quién no recuerda la imagen del maestro querido, que renunciaba al recreo para explicarnos aquellas divisiones tan difíciles y aburridas?

Son largas las horas de encierro frente a esas caras a veces inquietas, a veces traviesas, a veces hostiles, a veces somnolientas, a veces parsimoniosas, a veces inconmovibles, a veces agresivas, retadoras. Pero tu capacidad de conocer –de forma natural y, al mismo tiempo, científica– a cada uno de tus alumnos, te ha iluminado para encontrar la mejor manera de formar su personalidad, de comprender algunas de sus conductas, que parecían inexplicables a primera vista.

Cuánta paciencia se requiere para hacer que esos muchachos difíciles, con problemas en el hogar, avancen a su perfeccionamiento, caminen por la senda de la cultura.

Esa inclinación tuya involuntaria y recia hacia el crecimiento de otras personas, se llama amor. Y la ejerces en la convivencia cordial, en la alegría que suscita respeto, confianza, optimismo, ejemplo.

Cuántas veces has tenido que detenerte en el pensamiento nocturno para ser ecuánime, para mostrarte imparcial con los alumnos dentro y fuera del salón de clase. Es muy probable que, sin querer, sientas más simpatía por alguno, pero ese sentimiento se queda dentro, en una lucha interior que sólo tu conoces y sufres.

Eres insustituible. Tal vez tu inteligencia no sea brillante, pero has trabajado por el orden y la claridad mental para dominar los contenidos científicos de acuerdo con la edad de tus alumnos; te has planteado, has programado día a día, mes a mes, el trabajo del curso, para que la mente infantil comprenda tu palabra y la haga suya.

Tu cultura es sólida, amplia y, a la vez, profundamente humana. Tu formación profesional te facilita la tarea de transmitir nociones, experiencias, hábitos, actitudes, destrezas e ideales.

Es lógico que te preguntes si has respondido al grito de tu vocación. Trabajar con seres humanos es tan complicado… pero eres un buen maestro, porque has sabido motivar a los niños hacia la reflexión, porque conseguiste desterrar de las clases la indiferencia ante el trabajo, porque rompiste la rutina. Porque cada hora, cada instante, diste clases de amor.

Tu sonrisa y tu condescendencia no resquebrajaron tu dignidad ni tu categoría. El superdesarrollo técnico no suprimió tu relación educativa con los niños, con los jóvenes. Aún sabes dialogar. Aún luchas contra la crisis intelectual que pone en duda el concepto tradicional del maestro.

¡Cuántos niños, hoy profesionales en los distintos ámbitos, se vieron en tu rostro! Eres, querido maestro, la huella que perdura en el éxito de otros. Eres la voz que se sigue escuchando en la pelea contra la mediocridad. Eres el padre y la madre que se quedaban en el hogar mientras íbamos a la escuela.

Eres el amor que complementa. Eres el tardíamente comprendido. Eres el espejo en el que nos seguimos viendo. Eres tanto, y a veces eras tan poco…

Quién iba a pensar, hace tantos años, que me haría vieja y tú serías, hoy, mi más joven recuerdo.

 

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