Amor, rima de todos los tiempos

La esfera del amor es superior a la del conocimiento; es descendente porque va de lo superior a lo inferior, porque es un acto del espíritu y crece en la medida del propio ejercicio.


Amor


Hablemos del anhelo del amor como la ciencia de hacer eterno lo efímero, en una época en que lo escencial se vuelve ligero y lo permanente, desechable.

Sí, hoy podemos darnos ese lujo sin que nos tilden de cursis o de anticuados, a causa de que una tradición extraña se ha impuesto entre nosostros. Acaso se haya vuelto nuestra porque detrás de la negación extraña, complicada y egoísta, el amor sigue siendo una de nuestras situaciones vitales en las que el hombre revela su ser oculto, su decisiva eternidad, su intimidad.

Hablemos del amor que es comunión cuando se encuentran dos personas y, deseo que se confunde con el amor, tentativa de tomarse mutuamente para el placer, cuando es un simple choque de dos objetos.

Encaremos el arte de amar, no como un conjunto de técnicas para buscar el placer de la carne, sino como la capacidad de hacer durar, de acrecentar, de renovar constantemente ese encuentro primero que es germen persistente cuando somos capaces de evocarlo.

Es el amor, explica Ortega, un ímpetu que surge de lo más subterráneo de nuestra persona; lejos de transferir al ser amado una serie de perfecciones ideales, descubre las perfecciones que ya tiene, y que son las que riman con el fondo más oculto del ser del amante, por eso lo elige y lo prefiere de entre los demás.

Atracción física, afecto espiritual recíproco, afecto de orden sensible, de orden sexual, unión de pensamientos y voluntad, desinterés, fidelidad, caridad. Todo eso es el amor, si es que se puede compendiar en estudios filosóficos.

¿Anacronismo? Quién lo sabe en este mundo engañoso, en que todo se empeña en ser según el color del cristal con que se mira. ¿Anhelo? Sí, porque en el fondo del corazón nadie descarta la plenitud.

Realización de lo ansiado. Ágape cristiano, la esfera del amor es superior a la del conocimiento; es descendente porque va de los superior a lo inferior, porque es un acto del espíritu y crece en la medida del propio ejercicio.

¿Su término? el bien; ¿su causa? la semejanza; ¿su condición necesaria? el conocimiento, porque nada es querido si antes no es conocido.

Tal vez este tiempo, nuestro aquí y nuestro ahora, no desea las explicaciones de los filósofos. No hacen falta cuando la elección es un azar que responde a las necesidades inmediatas y no un afán de enriquecimiento de la soledad para compartirla con otra soledad igualmente enriquecida.

¿Estará fuera de época esa tendencia que tenemos los humanos de adquirir lo que nos falta?¿Seremos tan distintos que carecemos de ese impulso que nos lleva a comunicar lo que poseemos?

 

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