Dejar de ser princesas de cuento

A los mexicanos nos han hecho dormir con cuentos donde somos la princesa indefensa. Se espera que el presidente sea el príncipe salvador que haga todo por llevarla a un lugar seguro y procurarle su felicidad.


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Esta ñora como todas las ñoras del mundo está preocupada por la educación de sus escuincles, perdón, de sus bendiciones. Busca las mejores opciones para que les vaya bien en matemáticas y en español y en todo lo demás. Le preocupa especialmente eso de que lean; pero que lean cosas que valgan la pena; porque luego hay hasta gente que es dos veces doctor y rebuzna más fuerte que cualquiera que ni el libro vaquero ha leído.

Para no hacer el cuento largo –aunque esta columna va de cuentos– pues ñora les leía cuentos a las bendiciones por las noches. Una noche, y a esta Ñora no le queda del todo claro si fue por una reflexión propia o la escuchó en alguna parte, el escuincle dijo “las princesas se la pasan siempre dormidotas y quieren que nosotros las andemos rescatando”. La escuincla se alebrestó –ni idea a quién salió porque su madre tiene el carácter dulce y tranquilo– le dijo que a ella no la andaban rescatando y que era como Fiona o como Tiana que ayudaban a que hubiera un final feliz en la historia.

Esta Ñora no va a discutir si esos cuentos se escribieron en otra época o si hoy se están reinterpretando esas historias, pero queda claro que esperar al príncipe salvador ya no cuela en el mundo hoy. El vivieron felices para siempre no es del todo cierto y si lo es, nunca es fruto de la magia de uno de ellos, sino de un trabajo conjunto de las dos partes. Pero eso es también cierto para los ciudadanos.

A los mexicanos nos han hecho dormir con cuentos donde somos la princesa indefensa. Se espera que el presidente sea el príncipe salvador que haga todo por llevarla a un lugar seguro y procurarle su felicidad. De tal manera que por culpa del ogro malvado o la maldición de la Malinche o por lo que sea, la participación ciudadana a lo más se ha limitado a ir a votar.

Las encuestas sobre participación política indican que un bajísimo porcentaje pertenece a un partido político, a una asociación cívica u ONG, los que van a marchas en las que manifiesten su descontento por cualquier tema son muy pocos. No se trata de cerrar una calle de vez en cuando, es algo más profundo y comprometido. Es importante volverse ciudadanos de 365 días y dejar de ser de 1 cada 3 años.

A un año de la elección nacional el no-llevé-acarreados-sino-que-ofrecí-viajes-todo-incluido ya hizo su ganso-party, y se ve que enterraron cuchillos en las macetas y jardineras de Palacio Nacional porque ni llovió fuerte. Él ya se aventó su rollo; el mismo que ha repetido cada mañana desde hace siete meses, por cierto.

¿Y los ciudadanos qué hicimos? Los de a pie, no los que fueron en camiones al Zócalo; o sí también ellos. Es momento de que hagamos un examen de conciencia y midamos qué tanto más nos hemos involucrado en los asuntos políticos: ¿solo en el nivel chisme? ¿en la reproducción al infinito de memes? ¿en ir a alguna marcha? Quizá alguno es un máster y ha presentado o apoyado económica o moralmente a los que han presentado amparos contra las acciones de gobierno abusivas. Tal vez alguno ha escrito a sus representantes para expresar sus quejas. O se ha integrado a alguno de los grupos ciudadanos ya existentes o nuevos para incidir en lo que sucede en el país…

Tal vez no hay muchas opciones hoy, porque el impulso ciudadano –y claro, político– que logró en 2000, después de 70 años, ganara un candidato de un partido diferente, no continuó siendo ciudadano; se creyó suficiente ese esfuerzo. Y la añoranza por un príncipe-tlatoani nos llevó a esta situación extrema donde no solo salió electo el me-valen-de-tal-modo-los-problemas-que-juego-beisbol-mientras-la-policía-federal-se-subleva sino que hay pocos contrapesos políticos.

Esta Ñora confía en que la creatividad de los mexicanos organizará muchas otras opciones de participación en esta circunstancia donde el país avanza: pero no tenemos idea de adónde, traerá, por lo menos, la convicción de que el felices para siempre es fruto del esfuerzo conjunto, no del beso del príncipe. Por lo menos así, este sexenio desastroso habrá valido la pena.

 

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