La represión está de regreso

Con la llegada de Morena al poder, las cosas han cambiado.


 


Cuando se habla de agresión a las personas, ya sea por bullying, violencia a la mujer o represión, se pueden considerar muchos aspectos, que van desde la discriminación, uso de lenguaje soez, vulgar, insultos, golpes físicos, secuestro, confinamiento y hasta la muerte. De esa manera se suele decir que vivimos una sociedad violenta y se recurre a los derechos humanos para intentar detener y erradicar esas conductas.

Respecto a las distintas formas de violencia señaladas, no se puede ver del mismo modo la que realizan los particulares, que la realizada por el gobierno. Se reconoce que el Estado tiene el monopolio del uso de la fuerza, pero que puede ejercerla dentro de los cauces del derecho y para el combate de la delincuencia en sus distintas formas. Pero cuando se usa la violencia contra los ciudadanos, sin razón alguna, se le llama represión.

Durante los gobiernos posrevolucionarios existió la represión como sistema, incluso contra los mismos líderes de la lucha armada, muchos de los cuales fueron asesinados a traición, y con la aparición del PNR, antecesor del PRI, se realizó un pacto entre los miembros de la familia revolucionaria para una distribución pacífica del poder, y dirigir su fuerza contra quienes no se alinearan a sus intereses.

Con el paso del tiempo, la represión violenta de los años de la consolidación de la familia revolucionaria en el poder, aunque no desapareció, adquirió formas más sutiles. Sólo en casos extremos se recurría a la aniquilación de personas y grupos e, incluso, se solían utilizar formas disimuladas que parecieran accidentes, crímenes vulgares o confusiones de personas. Los ejemplos abundan y no es momento de reseñarlos. Fue así como la “dictadura perfecta” mantuvo a raya a la sociedad y pudo gobernar hasta el año 2 mil.

Durante la alternancia democrática, la violencia disminuyó hacia la oposición o la crítica, llegando ésta a extremos de libertinaje que la autoridad toleró, porque prefería el exceso a la cancelación de las libertades. La prensa recuperó su capacidad de crítica y las manifestaciones, incluso violentas, se multiplicaron. La represión disminuyó, aunque tampoco desapareció, pero trató de no ser evidente.

Con la llegada de Morena al poder, las cosas han cambiado. Quien desde Tabasco hizo de la violencia verbal y física, así como de las marchas su estrategia para llegar al poder, violando incluso la ley para ser candidato al gobierno del Distrito Federal, quejándose siempre de represión, aunque hizo lo que quiso, ahora se ha vuelto intolerante. Se ha despojado de su vestidura democrática y ha hecho de las mañaneras una tribuna de agresiones y descalificaciones verbales, incluso con tonos de amenaza, a quienes disienten de él y exhiben su ineficacia, incompetencia y contradicciones. Su intolerancia llega al extremo de exigir una sumisión acrítica a sus colaboradores, según han denunciado quienes prefieren salir de la administración a seguir siendo cómplices de un gobierno que conduce al abismo.

Alguna vez Felipe Calderón advirtió a sus correligionarios del peligro de que les surgiera el priista que “todos llevamos dentro”. Pues a Andrés López Obrador le surgió el ADN de su priismo echeverrista, no sólo en sus enfoques políticos, sino en su actuación respecto de sus opositores. La política de dos varas y dos medidas que ya aplicara Porfirio Díaz, y que el PRI manejó hábilmente durante la dictadura sexenal hereditaria, la ha revivido el presidente desde que descalificó y discriminó a los “fifís”, conservadores, neoliberales, etc. Con gran facilidad llama corruptos y añorantes de sus privilegios a quienes levantan la voz para advertir los errores gubernamentales. Señala como delincuentes, por su nombre, a los expresidentes, a quienes dice que ya perdonó y no quiere que los juzguen, pero promueve su juicio. Ataca a todos los periodistas por igual, señalándonos de corruptos, los menciona por su nombre y da órdenes para que se retire la publicidad a medios de comunicación que no soporta. Las muertes de periodistas se multiplican por todo el país. Ve la paja en los críticos, pero perdona la viga de los propios.

Morena es lo peor del PRI revivido, con toques de izquierda radical, panistas tránsfugas o que nunca lo fueron en verdad, oportunistas o los llamados “idiotas útiles” por Lenin. No pocos de ellos quisieran hacer una noche de cuchillos largos, o se sienten con autoridad para expulsar del país a los disidentes. Se dijeron reprimidos y ahora ellos son los represores. Descalifican un sistema electoral que les permitió llegar al poder y buscan aniquilar las instituciones autónomas que se generaron para equilibrar el centralismo del poder. Y están creando comités de “defensa de la Cuarta Transformación”, similares a los creados por Fidel Castro en Cuba para vigilar y reprimir a la población. Con su política de abrazos y no balazos ha permitido el fortalecimiento del crimen organizado, ordenó la libertad de un líder criminal ya capturado y luego saludó a su mamá en un “fortuito” encuentro en la sierra.

Los morenistas se autocalifican de limpios, puros y democráticos, pero como hemos visto que actúa Claudia Sheinbaum Pardo al frente del gobierno de la Ciudad de México, también tiene dos medidas, tolera la violencia de las feministas del trapo verde, las tomas del Zócalo por la CNTE u otros grupos de izquierda, tolerando sus desmanes y violencia, pero cerró el paso von vallas metálicas y policiales a quienes pretendían llegar a la Plaza de la Constitución para plantarse pidiendo la renuncia del presidente.

El relato podría alargarse, pero sus elementos son conocidos. La represión ha vuelto y debemos estar preparados para enfrentarla, si no queremos perder los espacios democráticos que tanto trabajo costó construir en la transición inconclusa y que ahora está mostrando una clara regresión.


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