¿No a la violencia?

La condición histórica de la mujer había sido contraria a su dignidad y derechos, pero también es verdad que no lo ha sido por todos ni en todo momento.



El mundo ha quedado conmovido por la audacia del papa Francisco al viajar a Irak, escenario de una guerra salvaje en nombre del Islam, desatada por el pretendido Estado Islámico (ISIS), y que se caracterizó por su furia y violencia contra los cristianos y aún contra aquellos musulmanes que no compartían su extremismo. El viaje tuvo un doble objetivo: alentar a los cristianos sobrevivientes de aquellos momentos de terror y reiterar la postura del papa de rechazar el uso de la religión para justificar la violencia y condenar, también, toda forma de violencia.

ISIS, que pretendía crear un nuevo califato, había amenazado con acabar con todos los cristianos y llegar hasta el Vaticano para dar muerte al papa Francisco. De ahí que el viaje del Pontífice fuera de alto riesgo, pues sobreviven terroristas que siguen aniquilando vidas y destruyendo templos e imágenes cristianas. Sin embargo, gracias a Dios fue un viaje pacífico que permitió que, en medio del escenario del extremismo, se produjeran muestras de diálogo y llamados a la paz.

Este hecho histórico sirve de referencia y contraste con las posiciones asumidas en México por dos posiciones extremas que desechando el diálogo y la apertura para buscar y encontrar soluciones a una problemática generalizada en el mundo, provoca formas de violencia verbal, actitudinal y física que lejos de facilitar lo buscando, incrementan la confrontación.

Por una parte, las autoridades que dicen favorecer a las mujeres, no han dado muestras claras de combatir con energía los delitos específicos contra la dignidad femenina, ya no digamos los asesinatos que contra ellas y ellos han llegado a cifras impensadas en un Gobierno que decía solucionaría un escenario de creciente violencia, a pesar de que cuando el actual Presidente comandaba al Distrito Federal, no sólo no hizo nada, sino que se burló de la marcha blanca que, como ahora las mujeres, clamaba por el fin de la violencia.

La demanda femenina de que el partido Morena no lanzara como candidato a quien ha sido acusado de violación a cinco mujeres, aunque no condenado porque a pesar de las denuncias en su contra hubo intervención política para detener la investigación, indignó a las mujeres al evidenciarse que ese personaje contaba con el respaldo declarado del presidente. Tanto él como el partido que dirige a tras mano se empeñaron en mantener a quien era señalado con fuerza por agresiones que ponían en duda su integridad. Aunque fuera inocente, lo prudente hubiera sido dejarlo disfrutar del cargo público que ya ostenta. Pero no, había que sostenerlo con todo, con el mismo estilo que el mandatario dio instrucciones de que la reforma eléctrica se aprobaba sin cambiarle ni una coma.

Esta actitud y las vallas colocadas frente a Palacio Nacional pasaron de ser una simple contención a convertirse en una provocación a quienes, por otra parte, demandando no ser víctimas de violencia por su sexo, lo hacen con lujo de violencia. Sin llegar a los extremos de Irak, eliminando vidas humanas, las féminas se lanzan contra todos y contra todos los hombres que se les aparecen enfrente cuando conmemoran su día. Lo hacen, también, contra instituciones, monumentos, edificios y la Iglesia Católica (no contra ninguna otra), con una violencia y energías física y verbal que nos hacen preguntarnos cómo es que se consideran sexo débil y víctima fácil de abusos (aunque los hay). Esa energía y fuerza hace recordar la escena en que Sancho Panza juzga el abuso a una mujer que reclama indemnización por el atropello, a lo cual el compañero de Don Quijote, como gobernador de la Ínsula de Barataria, accede. Pero una vez satisfecha monetariamente la ofensa, Sancho instruye al pagador que le quite el dinero a la ofendida. Cuando aquél lo intenta, ésta defiende con tal arrojo su paga, que el juzgador le reprocha cómo fue que no lo hizo de igual manera con su supuestamente ofendida dignidad.

Ciertamente la condición histórica de la mujer había sido contraria a su dignidad y derechos, pero también es verdad que no lo ha sido por todos ni en todo momento. Y aunque existen avances importantes en la justa igualación y respeto a las mujeres, que las ha llevado a jugar un papel protagónico creciente en todos los ámbitos de la vida social, todavía quedan espacios y modos que es necesario revisar para que las mujeres sean respetadas y puedan acceder a todos los ámbitos de participación para los que sean competentes, como lo hacen los hombres y con igual trato.

Pero no es por el camino de la violencia como ellas pueden lograr lo que se merecen en justicia, pues la ofensa provoca ofensa, de cualquier modo que sea. De ahí que, como fue a invocar el papa Francisco a Irak y como lo ha expresado para todos en su encíclica Frateli Tutti, Todos Hermanos, la violencia sea suplida por el diálogo y el respeto mutuo. La violencia no es el camino.


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