Los riesgos de la democracia

Para que exista y se desarrolle la democracia, se necesita una cultura democrática entre los partidos, los candidatos y los ciudadanos.



Es conocida la frase de Winston Churchill respecto de la democracia: “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás”. Aunque un poco exagerada la expresión, con ello, quien fuera Primer Ministro de Gran Bretaña, quiso advertir que no se trata de un sistema perfecto y que tiene muchas fallas. Lo mismo podría decirse de la Monarquía. De la Aristocracia poco podría decirse, pues realmente pocos han sido los lugares donde se ha adoptado.

Viene esto a cuento por los sucesos en los Estados Unidos después del proceso electoral reciente y en el cual Joseph Biden resultó electo y Donald Trump se negó a aceptar los resultados. La negativa de este derivó en la toma del Congreso por parte de inconformes que dieron crédito a las palabras del ya expresidente. Estos hechos fueron calificados como un intento de golpe de Estado que fue condenado prácticamente de manera unánime.

Para llegar a este punto fue necesario que día tras día, después del proceso electoral, se multiplicaran las versiones acerca del posible fraude en varios estados, anteriormente favorables a Trump y en donde ahora obtuvo una derrota. De este modo se fue calentando el ambiente y llegado el momento estalló la crisis.

Pero no sólo fue el presidente Trump quien encendió la mecha, sino numerosos congresistas republicanos se sumaron a la demanda de anulación de la elección en algunos lugares de comportamiento sospechoso.

No es la primera vez que hay señalamientos de fraude en las elecciones norteamericanas, lo mismo que en otros países. Sin embargo, nunca se había llegado a una crisis como la actual, pues los presidentes derrotados no llevaron muy lejos sus protestas, aunque podrían haberlo hecho. Esta vez no fue así y con ello sufrió una fuerte abolladura la democracia norteamericana, que siempre se había tenido, a pesar de sus imperfecciones, como la más sana.

Hay que reconocer que el vicepresidente Mike Pence, quien podía inclinar la balanza en el Congreso en caso de empate, se pronunció en contra de objetar la elección, con lo cual evitó que la crisis fuera mayor. Esta situación influyó quizá en el triunfo demócrata en Georgia, que otorgó la mayoría a ese partido en el Senado, con lo que el nuevo presidente tendrá el apoyo en el Congreso.

Como se puede apreciar, la democracia no es tan suave como algunos piensan. También es claro que para que esta exista y se desarrolle, se necesita una cultura democrática entre los partidos, los candidatos y los ciudadanos. Esta cultura requiere que se acepten las reglas y se juegue limpio. Esto significa que toda la sociedad acepta, implícitamente, actuar rectamente y de buena fe. Lograr esto no es nada fácil. Las pasiones suelen aflorar no sólo entre quienes buscan el poder, sino entre quienes los acompañan.

México estuvo en un riesgo similar al que se vivió ayer en Estados Unidos, cuando Andrés Manuel López Obrador no aceptó su derrota e impulsó a los legisladores del PRD a intentar impedir la toma de posesión de Felipe Calderón en 2006. Hubo una lucha prácticamente cuerpo a cuerpo entre los legisladores para reservar espacios, se requirió de un acuerdo mayoritario entre el PAN y el PRI, y finalmente de una maniobra de última hora para que pese al bloqueo de los accesos, el presidente electo y el saliente aparecieran al frente de la Cámara y una vez establecido el quorum, se hiciera una protesta presidencial extra rápida para que el nuevo presidente tomara formalmente el cargo para el cual ya había sido declarado ganador.

A muchos preocupa el alto costo de la democracia en México, pero la burra no era arisca, la hicieron. Por ello ha sido necesario generar muchos candados para tratar de evitar que se repitan prácticas del pasado que permitieron la permanencia de un solo partido en el poder por más de 70 años.

Los riesgos de la democracia son muchos. En un país con alto grado de abstención, puede llegar al poder un presidente que si bien no tiene el apoyo de la mayoría de la población, si tenga el mayor número de votos, en relación a otros candidatos. Entonces, quien resulta electo afirma representar a la mayoría de la población, aunque no sea real. De esa manera, las decisiones de la autoridad que son para todos, no necesariamente representan el sentir general. Lo mismo sucede con otros cargos electorales.

Otro riesgo de la democracia es la ignorancia. Votar sin conocimiento de las personas que son candidatos, sin conocimiento de las plataformas de los partidos o sin comprensión de su ideología. En esos casos se elige en función de “popularidad”. Sin embargo, cuál es la razón de esa popularidad, puede ser su presencia física, sus dichos, las campañas publicitarias, etc. ¿Esas son razones suficientes para elegir un gobernante? El populismo tiene su punto de partida en las acciones que dan popularidad, como son programas sociales que compran voluntades y se entregan condicionadamente a costa del apoyo, ya sea explícita o implícitamente.

Para concluir digamos que otro peligro de los partidos son las ideologías. Ideas que no tienen sustento en la realidad, edificaciones conceptuales sin sustento real, que interpretan la naturaleza humana de modo equivocado, o la niegan; que tienen concepciones económicas equivocadas, o que oponen unas personas a otras y buscan dominarlas. En fin, que niegan las realidades espirituales y rechazan la vida religiosa, por ejemplo. De esa manera se puede fanatizar y manipular al electorado, como ya ha ocurrido en el pasado y el presente.

Eso nos indica que cuando la democracia sólo se basa en el número, en la mitad más uno de los votos, y no en razones fundadas, es un riesgo.


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