Sobre los servicios de salud

Si las clínicas ya sufrían de grandes carencias, hoy están en una situación de emergencia. Sería un ejercicio excelente que nuestro presidente, así como espera pacientemente en el aeropuerto abordar su avión, fuera a las clínicas a las que tiene derecho por ser un servidor más, a solicitar una cita, a acompañar a un paciente a su tratamiento, o hacer fila en la farmacia con la incertidumbre de que el medicamento no esté en existencia.


Fotografía ISSSTE


Dice la sabiduría popular que es necesario ponerse en los zapatos del otro para poder comprenderlo. Y ciertamente, nuestra percepción puede cambiar radicalmente con este simple ejercicio del pensamiento. Naturalmente todos queremos ser felices y pocas veces nos detenemos a pensar en que inevitablemente el dolor o la enfermedad tocará la puerta de nuestras vidas.

Creo que todos, sí, todos deberíamos darnos el tiempo de pasar algunas horas por lo menos de vez en cuando en los hospitales del Seguro Social, del ISSSTE o tantos otros que administra el gobierno y que brindan atención “gratuita” a miles y miles de personas.

La vida me ha puesto por circunstancias cercanas, ante esta realidad que definitivamente impacta en la forma de concebirla y brinda la oportunidad de “ponerse de los zapatos del otro”.

En un hospital hay muchos zapatos que probarse: empezando por los de aquellos pequeñitos con los que el dolor se hace presente desde el inicio de su vida, y que dependen totalmente de la atención médica que se les dispense.

Los de aquellos hombres o mujeres que de pronto requieren del servicio de urgencias por un evento imprevisto como puede ser un accidente, una apendicitis o un infarto.

Los enfermos cuya salud o la vida misma, están en función de los tratamientos debidamente programados y medicamentos puntualmente administrados y que no pueden ser suspendidos, como las hemodiálisis, las quimioterapias o las rehabilitaciones.

Visitar un hospital nos permite descubrir en los zapatos de los enfermos el dolor físico pero también el sufrimiento espiritual; la imperiosa necesidad de confiar en Dios, pero también en el profesionalismo y buena atención de los médicos y personal que los atienden.

Están también los zapatos del personal hospitalario: desde el director, los alumnos de medicina que cumplen con su servicio o su residencia con jornadas de trabajo interminables y sueldos ridículos, los médicos especialistas, las enfermeras, enfermeros, trabajadores sociales, hasta los camilleros, técnicos, personal administrativo y de limpieza, que juntos hacen un equipo de trabajo semejante a un gran engranaje en que cada pieza es necesaria para echar a andar a una enorme máquina. El buen desempeño de cada uno de ellos puede ser la diferencia entre la vida y la muerte de un enfermo.

La familia del paciente tiene también un papel importante, queda muchas veces atrapada entre el padecimiento de su ser querido y la atención que éste requiere, debe acompañar, vigilar y hasta exigir. Sus zapatos no son cómodos, el desgaste que produce la atención de un enfermo crónico u hospitalizado es evidente, y puede afectar también la salud física o psíquica de los más involucrados.

La Seguridad Social permite a los trabajadores tener la certeza de recibir la atención médica necesaria para sí mismos y para sus familiares en línea directa. Esta atención no es de ninguna manera gratuita pues se va pagando mes con mes descontándolo el patrón del sueldo que percibe el empleado.

La Seguridad Social beneficia diariamente a miles y miles de mexicanos de todos los estratos sociales que en cualquier momento pueden tener una urgencia médica, o simplemente no podrían sostener de otra manera la continuidad de tratamientos largos y costosos de los cuales depende su salud y su vida. El derecho habiente no está recibiendo dádivas, está ejerciendo su derecho.

También están todos aquellos que por diferentes circunstancias no pueden acceder a los servicios del ISSSTE o del IMSS, pero tienen el derecho humano a la salud y por lo tanto, deben ser atendidos digna y oportunamente por los diferentes hospitales públicos.

Vivimos momentos en que pareciera que el Ejecutivo gobierna con base en caprichos y ocurrencias y no repara en cumplirlos a pesar del dispendio que provoquen la cancelación de un aeropuerto, la construcción de una refinería o el proyecto de un tren innecesario. Pero recortar el presupuesto a los hospitales y decidir alegremente en un tema en que están en juego la salud y las vidas de los mexicanos es imperdonable.

Si las clínicas ya sufrían de grandes carencias, hoy están en una situación de emergencia. Sería un ejercicio excelente que nuestro presidente, así como espera pacientemente en el aeropuerto abordar su avión, fuera a las clínicas a las que tiene derecho por ser un servidor más, a solicitar una cita, a acompañar a un paciente a su tratamiento, o hacer fila en la farmacia con la incertidumbre de que el medicamento no esté en existencia. Le serviría acompañar a los estudiantes de medicina en sus rondas con los enfermos del hospital, cumpliendo con turnos de 48 horas y con un salario menor al apoyo que él regala a los que Ni estudian NI trabajan.

Quizá, el presidente, y su gabinete debieran darse la oportunidad de ponerse en los zapatos de sus gobernados, porque quizá no requieran como todo servidor público de los servicios del ISSSTE y del Seguro Social.

 

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