Lo mataron de hambre y sed, y el mundo guardó silencio

Vincent fue un francés tetrapléjico, quien falleció tras la indicación de un juez de retirarle hidratación y alimentos, es decir, lo dejaron morir de sed en nombre de una supuesta piedad.


Vincent Lambert


Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. Hoy el mundo no conoce la historia de Vincent Lambert, quien me temo será uno de los muchos mártires de la cultura del descarte que apenas inicia con su mayor ferocidad.

Vincent fue un francés tetrapléjico, quien falleció tras la indicación de un juez de retirarle hidratación y alimentos, es decir, lo dejaron morir de sed en nombre de una supuesta piedad. Cuando le comunicaron el veredicto del juez, Vincent lloró –como lo prueba un video que circula en redes–, pues aunque no era ya capaz de moverse por sí mismo, era totalmente consciente de lo que sucedía a su alrededor y no requería ninguna ayuda artificial para respirar o mantener sus funciones vitales, simplemente, como todos nosotros, necesitaba recibir agua y comida.

¿Cuál fue la consideración del juez para ordenar una sentencia tan cruel?

Cuando la sociedad se mueve por el valor subjetivo de la calidad de vida para decidir quién debe ser eliminado, comienza la cultura del descarte. El ser humano ya no es valioso por su esencia, sino por su utilidad pragmática.

El mundo cuenta con la Organización de las Naciones Unidas, a quien los defensores de derechos humanos apelaron en numerosas ocasiones para solicitar su intervención para salvar a Vincent. Lamentablemente, la ONU no tiene tiempo para ayudar a los desvalidos, pues se encuentra muy ocupada trabajando para eliminar a más personas “descartables” a través de su presión en América Latina para la despenalización del aborto, con base en la misma lógica que permitieron la muerte de Vincent: el cómodo argumento subjetivo de la calidad de vida.

De este modo, el juez y los organismos internacionales, que se supone que están para impartir justicia, dictaminan una cultura en la que impregna la desaparición del débil o de la raza menos favorecida. Vincent ya no está entre nosotros. Tampoco lo está Alfie Evans, el bebé inglés a quien la Corte ordenó una sentencia similar a la de Vincent entre los llantos de sus padres. Pero a quienes atestiguamos estos casos de manera personal o digital, nos queda claro que se trata de fuertes ataques de la cultura de la muerte, aun cuando en muchos portales de noticias se maneje el caso como un triunfo de la “muerte digna”, un conveniente eufemismo para calmar sus consciencias.

¿Qué tiene de digno dejar morir de hambre y sed a un hombre?

 

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