Suicidio de menores de edad

Cada mes se producen dos o tres intentos de suicidio de menores de 10 años en hospitales de Ciudad de México, y 150 niños de entre 5 y 14 años lo intentan anualmente a nivel nacional.


Causas del suicidio


Se sabe que en algunos países como Japón y Corea el número de suicidios de menores alcanza cifras elevadas. En Japón, por ejemplo, 332 alumnos de primaria, secundaria y preparatoria se quitaron la vida en 2018. Esa cifra representó un incremento de 33% respecto a la década precedente, lo cual es, evidentemente, una tragedia. Pero más trágico aún es el dato de que ese incremento se da mientras el número global de suicidios en el país había ido a la baja en el mismo periodo. O sea, mientras que disminuye la cifra de suicidios de adultos, la correspondiente a suicidios juveniles e infantiles va aumentando. Lamentablemente esa tendencia no parece ser exclusiva de los países asiáticos. Al norte del Río Bravo también cada vez más chicos escapan del mundo por la puerta falsa. De 1950 a 1993 se cuadruplicó el número de niños y jóvenes que se suicidaron. El suicidio fue la sexta causa de muerte entre chicos de 5 a 14 años. De hecho Estados Unidos tiene el índice más alto de homicidios y suicidios de menores en el mundo industrializado.

Las causas conocidas –los niños y adolescentes que se quitan la vida no siempre dejan notas aclaratorias– son mayormente problemas derivados de la relación con sus padres o sus condiscípulos. Las presiones que, afectados ellos mismos por la presión social, los padres ejercen sobre los hijos para que destaquen en los estudios llegan con frecuencia a rebasar los límites emocionales de los chicos en Oriente. El bullying se ha convertido en un motivador poderoso entre los adolescentes suicidas norteamericanos. Son conocidos de todos –hay varias películas cuya trama gira en torno a ese problema– los casos de suicidios de jovencitas que fueron víctimas de bullying o de difusión de imágenes íntimas a través de las redes sociales. En Oriente, una visión pesimista sobre el futuro laboral de los jóvenes, combinado con la tremenda presión social por sobresalir o por acomodarse a los estándares sociales puede también llevar a un chico a elegir darse muerte.

Parece natural, por otra parte, que las cifras de niños y jóvenes que se suicidan aumenten con la edad de los mismos. Entre los 332 alumnos japoneses que murieron por propia mano en 2018, sólo cinco eran alumnos de primaria y las cifras mayores corresponden al bachillerato. Un adolescente es más fácil e inmediatamente afectado que un niño de seis años por los enfrentamientos que se suscitan entre sus padres, o los malentendidos que surgen entre él y aquellos, o los problemas de la sociedad. En los años de la educación primaria las presiones sociales, académicas y/o familiares, por más fuerte que sean éstas, generalmente no causan tanta tensión inmediata en las mentes de los chicos como para hacerlos optar por el suicidio. Sobre todo porque en los países de Oriente la competitividad y la búsqueda de la excelencia académica forman parte del ethos nacional; los niños ven natural que se les exija mucho en su casa y en la escuela.

Todo los datos anteriores, sin embargo, no aligeran la pesadumbre que los mexicanos sentimos ante el lamentable suceso de suicidio infantil del que la prensa informó hace unos días. Es imposible que los datos estadísticos sobre el suicidio de menores en el extranjero –que pudieran quizás servir de “consuelo” al ver el dolor ajeno– puedan quitar el sabor trágico, triste, que nos deja la noticia que un chico de Torreón, de apenas 11 años, mató a su maestra, hirió a varios compañeros y finalmente se quitó la vida de un tiro. Y como si esa tristeza no bastara para que los mexicanos volteáramos a ver el drama del suicidio infantil, el INEGI y algunos organismos especializados se encargan de prender los focos rojos. Con leves diferencias en los porcentajes presentados por cada uno de esos organismos, el panorama que esas cifras pintan del suicidio de menores en nuestro país está como para ponernos los pelos de punta. Basta leer lo que escribe ANSA, una agencia italiana de noticias: 2020 será el año en que el suicidio será la mayor causa de muerte de niños y adolescentes mexicanos. De acuerdo a ese medio informativo, el cual cita información del Instituto Nacional de Psiquiatría, cada mes se registran dos o tres intentos de suicidio de menores de 10 años en hospitales de la CDMX, y 150 niños de entre 5 y 14 años lo intentan anualmente a nivel nacional. Algunos estudiosos ponen el suicidio como la segunda causa actual –otros lo colocan en el sexto o séptimo lugar, pero eso, obviamente, no es ningún consuelo– de muerte de niños y adolescentes en nuestra nación.

Es prácticamente imposible atribuir un suicidio a una única motivación. El abanico de posibles variables es demasiado amplio. Pero a ningún mexicano, y sobre todo a los responsables de proteger la institución base de la sociedad: la familia, se le debe ocurrir por ello desentenderse del problema, como si no fuera posible, o fuera inútil, buscar soluciones. Los padres de familia, por la misma naturaleza de su función, son los principales educadores, formadores de valores y sustentadores del crecimiento integral de los hijos. Las instituciones educativas, sociales y gubernamentales deben reconocer eso, fortaleciendo en la ley y en la práctica todos los factores que incidan positivamente en la vida familiar. El favorecer los así llamados “matrimonios gay”, el transgenderismo, el debilitamiento de la patria potestad, el aborto y cosas parecidas únicamente sirve para debilitar la vida familiar y, por ende, la desaparición de aquellos valores que pueden ayudar a los jóvenes a reconocer el supremo valor de la vida. Y la excelencia de su finalidad última.

 


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