Profeta despistado

Tiene razón el presidente al decir que la riqueza extrema, no compartida y generalmente mal habida, es un freno contra cualquier intento de reforma social.



Para variar, nuestro presidente de la República dedicó un buen tramo de su cotidiano vodevil a atacar a alguien. Si no lo hiciera probablemente no tendría de que hablar. En esta ocasión los objetos de su ira fueron quienes buscan siempre superarse académica, social y económicamente. Esos tales, en la mirada del presidente, constituyen el conservadurismo mexicano, enemigo de todo cambio y, consecuentemente, de la transformación que él propone. Enumeró algunas características de dichos antipatriotas: buscan maestrías y doctorados, leen el periódico Reforma, van a misa y comulgan cada domingo, pero entre semana son unas fieras voraces capaces de cualquier cosa por dinero

Vale la pena hacer unas breves reflexiones.

Empezaremos por lo de los malos cristianos. No es novedad lo que dice AMLO. Ya desde el Antiguo Testamento los profetas señalaban como enemigos de Dios a quienes les ofrecían animales en el templo, pero violentaban a los pobres y viudas. El mismo Jesús dedica algunas de sus frases más fuertes contra ellos. No se acordó el presidente de que al lado de esos malos cristianos hay también muchos buenos empresarios, que viven su misión empresarial cristianamente gracias a su comunión dominical. Estos últimos dan trabajo a mucha gente, incluso cuando el gobierno se hace sordo a sus necesidades en tiempos de crisis nacional. Ser buen empresario y buen cristiano ni es imposible ni convierte a nadie en enemigo público.

El satanizar a quien busca mejor educación y títulos académicos es algo que sólo cabe en la cabeza de un ignorante fanático. Si no es gracias a los compatriotas que se han especializado y titulado como maestros y doctores en medicina, ingeniería, química y física, economía, etcétera, ¿estaría México en el nivel actual de desarrollo? Gentes como el presidente, enemigos de la educación y la ciencia, ¿podrían atender a los enfermos en los hospitales, o producir lo que México produce, o construir carreteras, presas, escuelas y hospitales? Es una aberración inaudita vincular el deseo de saber con la oposición al cambio positivo de la nación. Una buena y prolongada educación es el mejor incentivo para una verdadera transformación.

¿Los lectores de Reforma son conservadores? ¿Reforma se opone a la transformación del país o al retroceso socioeconómico? ¿Es conservador quien quiere informarse con certeza de lo que pasa? ¿Es conservador quien busca información verídica que le ayude a fortalecer sus principios morales y su visión del mundo? Si negarse a cambiar hace a uno un conservador, ¿no será entonces también el presidente un conservador, a ultranza, porque se niega a cambiar y a aceptar la verdad? Ser conservador no es quien se niega a ser sometido por un capricho, sino quien quiere conservar la verdad como norma de vida.

Finalmente, el presidente señaló como enemigos de su proyecto político a quienes buscan mejorar económicamente. Pues en ese caso todos los mexicanos somos culpables. Nadie desea la pobreza para su familia. Ni siquiera deseamos una austeridad que nos impida tener medicinas, guarderías, hospitales, escuelas, buenos aeropuertos, medios para defendernos de desastres y pandemias. Tiene razón, sin embargo, el presidente al decir que la riqueza extrema, no compartida y generalmente mal habida, es un freno contra cualquier intento de reforma social. En este sentido, el presidente podría dar un buen ejemplo y empezar por señalar y castigar como prototipos de tal inmoralidad a sus más cercanos colaboradores. ¿O es que la amistad presidencial con esos malandrines los hace buenos ciudadanos?

Creo que el papel de profeta no le queda al Presidente. Mejor debería emplear su tiempo en trabajar para el bien de la nación.


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