Corrupción, el tema

Este modo de justificar la corrupción es algo muy paralelo a los conceptos del “ladrón que roba al ladrón”, el del Robin Hood de “robar al rico para dar al pobre” o el muy priista concepto del “fraude patriótico”.



No hemos avanzado. Hoy, como en 2017 y 2018, el tema a discutir es la corrupción. No la economía, no la violencia, la aptitud o ineptitud de los gobernantes en todos los órdenes de gobierno. No la ideología, ni la división de poderes. Y es que la ciudadanía, con mucha razón, considera que todos los demás temas solo se resolverán de fondo sí y solo sí se elimina la corrupción.

La corrupción es como el hilo conductor de varios de los otros temas. Si la corrupción no se resuelve, la solución de los demás temas es más difícil: la corrupción es un potenciador de las otras situaciones. Si la corrupción ya se hubiera resuelto, ya no sería tema de discusión para las próximas elecciones. Que no es cosa fácil: se dice que en la mayoría de los países europeos limitar la corrupción llevó más de un siglo. Y todavía no terminan.

Acá la “lucha” contra la corrupción no ha pasado de acusaciones mutuas, el intento de demostrar que el bando contrario es tan corrupto como el propio. Con lo cual a la ciudadanía no le queda más remedio que llegar a la triste conclusión de que no hay solución. Ni esperanza,

El asunto comienza porque ni siquiera tenemos un acuerdo sobre lo que se entiende por corrupción. Por ejemplo, en casi toda la clase política se comparte un concepto muy limitado de lo que es corrupción. Para muchos de ellos, como señala Macario Schettino, la corrupción solo consiste en tomar dinero público para enriquecerse en lo personal. Lo cual, ciertamente es corrupción, pero no el único modo de corromperse. Por ejemplo, tomar dinero público para apoyar a un partido político, pedir donativos en condiciones que las leyes no autorizan, son actividades que muchos políticos no consideran corrupción. Porque no necesariamente se usa el dinero para enriquecimiento personal.

Este modo de justificar la corrupción es algo muy paralelo a los conceptos del “ladrón que roba al ladrón”, el del Robin Hood de “robar al rico para dar al pobre” o el muy priista concepto del “fraude patriótico”. Todos ellos son parte de la misma familia de justificaciones para incurrir en corrupción, sin reconocer el hecho. Estos políticos viven el concepto maquiavélico de “el fin justifica los medios”. De modo que su concepto de corrupción es muy estrecho. Y, por supuesto, no es el que establecen las leyes ni la ética política.

Pero aún hay otros conceptos de corrupción que no se están discutiendo. El uso de poder para beneficiar a parientes y amigos, sin que se intercambie dinero, solo por “quedar bien”. Favorecer a los correligionarios, dándoles empleos sin que sean los más adecuados para el puesto, solo por ser de la misma creencia política. Y, posiblemente, el menos señalado, el menos discutido: el del que acepta una responsabilidad sin tener las capacidades para cumplir con ella: la corrupción por ineptitud. Muy frecuente en nuestro medio.

Es claro que, si no hay un acuerdo sobre el alcance y el significado de la corrupción, no se puede combatirla con efectividad. Tal vez por ello, a pesar de que todos hablan del tema, no se ven resultados efectivos. Es claro que ningún político puede decir que la corrupción no es importante. Aunque algunos políticos, muy cínicos, dicen: “Que se vayan los ineptos y regresen los corruptos”. Que es un modo de pedir a la ciudadanía que cambien un tipo de corrupción por otro.

Por eso el combate a la corrupción sigue siendo el gran tema para las elecciones del 2021. Sin conceptos claros, la contienda política será un desfile de videos, acusaciones sin sustento jurídico por falta de pruebas y el acostumbrado torneo de insultos. Nada nuevo, pues.

Eso no es lo que necesitamos. Pero es lo único que nos da la clase política: lo vistoso, lo sensacionalista, que no nos da la base para un combate efectivo contra la corrupción.


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