Los fraudes patrióticos

No podemos conformarnos con la idea de que los políticos no sean éticos por definición.


Alfonso


En la segunda mitad del siglo pasado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tuvo un personaje bastante relevante. Alfonso Martínez Domínguez, tras de una larga trayectoria legislativa, fue presidente del PRI, regente del Distrito Federal y gobernador del estado de Nuevo León.

De su larga trayectoria se recuerda que le achacaron la llamada “matanza del jueves de Corpus”, con la que se ganó el apodo de “Halconso”. Otra declaración que hizo fama fue una en la que habló de “el fraude patriótico”. Dicho de otra manera, don Alfonso entendía que el patriotismo podría justificar, entre otras cosas, los fraudes electorales, legislativos y de algunas otras especies.

Bastantes años después, ahora nos encontramos con una situación similar. Recibimos como héroe a Evo Morales, expresidente de Bolivia quien, en opinión de muchos bolivianos y también de la Organización de Estados Americanos, cometió un fraude electoral. Mismo que lo llevó a anunciar la repetición de las votaciones y, atendiendo las recomendaciones de las fuerzas armadas bolivianas, pidió y obtuvo asilo en México. Del fraude, ya nadie se acuerda. No lo consideran algo equivocado, mientras que los levantamientos ciudadanos y el golpe civil, como lo denominó el propio Evo Morales, si se les considera como algo indebido.

Haber falsificado los resultados de la elección no es un problema mayor, según una buena parte de las clases políticas boliviana y mexicana. No lo han dicho así, pero da la impresión de que, para esos grupos, se puede hacer fraude siempre y cuando beneficie a su facción política. Y como un criterio básico de los populistas es considerar a su líder como la encarnación de la Patria, e incluso es indistinguible de la misma, el fraude que le beneficia es un fraude patriótico.

Prácticamente en los mismos días, la aprobación y toma de protesta de la nueva comisionada nacional de los derechos humanos, Rosario Piedra, fue hecha mediante un fraude para permitir que, sin tener la mayoría que establece la Constitución, pudiera tomar posesión del cargo. Ante las protestas, Morena anunció que se repondría el procedimiento, pero al ver que de ninguna manera alcanzarían la mayoría calificada, faltando a su palabra, le dieron posesión del cargo a la mencionada Rosario. Todo ello, aprovechando su mayoría en el Senado y haciendo uso de la fuerza en contra de alguno de los senadores opositores. Una vez más, un fraude patriótico. En opinión de Morena por supuesto: ellos consideran y lo han dicho innumerables ocasiones, que quienes opinan diferente de ellos, no son patriotas.

Y no sólo son los fraudes electorales. La ley Bonilla es un ejemplo del uso indebido de las mayorías para pasar por encima de una convocatoria muy concreta para elegir a un gobernador por un período establecido claramente en dicha convocatoria. También se dan las mentiras patrióticas. A principios del 2019, durante el desastre de abastecimiento de gasolina en los primeros días del año, se dijo que era un problema del “huachicoleo”. Posteriormente, el señor presidente reconoció que hubo problemas de programación en el abastecimiento, pero que no lo quiso decir en su momento para no darle armas a sus contrincantes. Una vez más, el criterio es que se puede mentir siempre y cuando sea por razones patrióticas. O percibidas como patrióticas, al gusto del mentiroso.

Aquí hay un problema de fondo en la concepción de la ética política. Claro, estoy consciente de que para muchos juntar en la misma frase ética y política es una contradicción en términos. En palabras sencillas: no se puede ser ético siendo político ni se puede ser político si se es ético. Algo que no se dice, pero que en la vida práctica la ciudadanía percibe de un modo claro, como una realidad diaria.

En cualquier tema de ética, la base es la jerarquía que se le da a los valores. Sí el valor de respetar la verdad y no hacer fraudes se le da mayor importancia que el beneficio para algún grupo político, se tiene una ética impecable. Si se favorece a una facción política, sin hacer honor al compromiso de cumplir con la verdad y las normas constitucionales que estos grupos protestaron cumplir y hacer cumplir, estamos hablando de una ética acomodaticia. Una ética que sirve sólo para determinadas situaciones, que sólo cubre parte de las obligaciones a las que se compromete la clase política y los gobernantes que emanan de ella. No podemos conformarnos con la idea de que los políticos no sean éticos por definición.

No podemos pensar que no estén sujetos a las mismas obligaciones que tenemos los ciudadanos y para las cuales fueron elegidos los gobernantes. Si nos conformamos con decir y probablemente pensar que nadie es verdaderamente ético, ni los políticos ni una buena parte de la población, entonces la situación de México no tiene remedio. No podemos acostumbrarnos a esa situación.

 

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