Nos leyeron la cartilla

En muchos casos los códigos morales funcionan porque la población siente reflejadas sus creencias y sus valores en esos códigos.


Cartilla moral


Soy lo suficientemente viejo para recordar una frase que ya no se usa. En los lejanos cincuentas del siglo pasado, cuando algún alumno hacía alguna tropelía era llamado a la dirección y “le leían la cartilla”. Efectivamente, la cartilla era un conjunto de normas que regían el comportamiento de lo que se entendía como “un buen alumno”. Ignoro si se trataba de la famosa cartilla moral del filósofo Alfonso Reyes, pero en todo caso se trataba de algo similar.

Entre las ofertas de campaña del actual régimen, se prometió el establecimiento de una Constitución Moral. Ante el alboroto que ese nombre generó, se modificó el concepto y se habló de adaptar la cartilla moral del mencionado Alfonso Reyes y se propuso que se pusiera a discusión con diferentes grupos de la sociedad.

La semana pasada, Signis México, representante en México del organismo del Vaticano para las comunicaciones sociales, tuvo en su reunión mensual una interesante discusión sobre la multimencionada cartilla moral. Además de participantes de Signis, estuvo presente el maestro Alberto Peláez, Secretario Técnico de la Cartilla Moral, así como representantes del Consejo de la Comunicación y de la Red Familia.

El debate entre los asistentes quedó registrado y fue transmitido a través del “streaming” a varias localidades del país y el extranjero, con un alcance de más de 5,500 asistentes, mayormente comunicadores. El evento puede ser consultado en: 

 

Dada esa posibilidad, me limitaré a hacer comentarios sobre este diálogo.

En nuestro país no se habla de ética salvo en algunos temas muy escandalosos. Padecemos de algo que se llama el “mutismo ético”. Nos quedamos callados al tocar temas de moralidad, por un prurito de no faltar al laicismo o por temor a intervenir en las creencias religiosas de los demás. El hecho de que se esté discutiendo este tema es extraordinariamente positivo. Hace mucho tiempo que no se han puesto a discusión públicamente los temas de la moralidad. A quienes los tocan se les acusa de imponer su “moralina” a los demás. No podemos seguir afirmando, como decía un miembro relevante de la familia revolucionaria, que “la moral es un árbol que da moras”.

Pero para que esto sea efectivo, las mesas de discusión sobre los temas de la cartilla moral no deben de ser privadas, como lo han sido hasta este momento. Es extraordinariamente importante que este asunto forme parte de una discusión más amplia. No es un tema únicamente para algunos interesados. El secretario técnico de la cartilla moral dijo que ya se están haciendo diversas reuniones con distintos grupos de la sociedad y que, además, mediante las redes sociales se están captando opiniones sobre el tema. El gran problema es que estas opiniones no se están difundiendo. Y el resultado final bien podría ser que alguien tome de esa discusión los temas que apoyen su posición ideológica y no difunda los conceptos que vayan en otro sentido. Un tanto como en el asambleísmo, donde se recogen muchas opiniones y al final unos cuantos seleccionan las que les convienen y se imponen como un resultado de la asamblea. Un tema muy sesentero y setentero, pero que sigue usándose.

No cabe duda de que el tema ha causado revuelo. Llamar Constitución a este código moral genera un problema: de la Constitución emanan leyes. Una Constitución genera consecuencias jurídicas. Es importante que esas normas jurídicas puedan hacerse cumplir. Cuando las leyes no pueden hacerse obligatorias, no sólo son inútiles, sino que generan un desprecio por las demás leyes. Cuando las leyes no se cumplen, se tiene la apreciación de que hay impunidad. Lo cual es muy delicado. Por eso en muchos casos los códigos morales funcionan porque la población siente reflejadas sus creencias y sus valores en esos códigos, los trasmiten a sus conciudadanos y a sus descendientes, asegurándose de que haya una presión social para su cumplimiento.

Ante esta situación se ha propuesto un nuevo cambio de denominación. Ahora se habla de un Código, o de un Manifiesto de los Ciudadanos. Aun antes de haber terminado las consultas ya se está viendo que es posible que el concepto no será tal como se planteó originalmente. Sin embargo, ha habido grupos que ya han empezado difundir la Cartilla Moral sin que se hayan terminado las consultas. Se anuncia que hay grupos cristianos que ya se han comprometido a repartir cien mil cartillas semanales. Una tarea nada fácil, pero no imposible aprovechando las redes sociales. ¿Que se empieza este reparto fin sin haber completado las consultas? No parece que les importe. Sin duda esto se presta a toda clase de suspicacias. Las universidades, grupos sociales, e incluso las diversas religiones están siendo consultadas y, antes de que se concluyan las consultas, ya se está dando por aprobada la versión original que propuso este Gobierno.

Hay otros puntos que no son menores. Un doctor en teología moral hizo una observación muy importante. La moral que se está proponiendo no es la moral de la iglesia católica. Se propone que la moral se construya obedeciendo las costumbres. Eso es una moral de tercera persona, no referida a la ley natural que ha inspirado los sistemas morales desde hace muchos siglos. La propuesta tal como está no considera el derecho a la vida ni los derechos de la verdad. No lo mencionó el doctor, pero la Cartilla tampoco considera la objeción de conciencia, en el caso de que este código entrara en conflicto con las creencias de los individuos.

Una joven y brillante comunicadora señaló un punto esencial. El documento que se ha dado a conocer no da definiciones. Y si no se tienen definiciones claras, este código de moral puede ser el interpretado de muchas maneras. Esto, que en otros tiempos se le llamó el trasbordo ideológico inadvertido, se ha dado en muchos casos. Es fácil recordar la distorsión del concepto de solidaridad que se manejó hace algunos años. Actualmente, los conceptos de inclusión o de tolerancia, escasamente definidos, se prestan a interpretaciones que no concuerdan con el sentir de la ciudadanía. Esto es un punto fundamental. El secretario técnico de la cartilla, el maestro Peláez, reconoció que no se tienen suficientes definiciones y lamentó que en las participaciones no se han hecho propuestas suficientes en este campo.

Y, como era de esperarse, hubo varias intervenciones en el sentido de que uno de los derechos fundamentales, el derecho a la vida, no ha sido mencionado en los documentos que se han divulgado. Es cierto también, como lo mencionó el representante de la Red Familia, que al tomarse como base un documento de 1940, en una época en que no se cuestionaba a la familia, ahora ese concepto está ausente de la cartilla o manifiesto. Se olvida que la familia no es un tema de los individuos, es también un asunto de Estado y de supervivencia de la humanidad.

A estas observaciones el secretario técnico de la Cartilla, Alberto Peláez, respondió indicando que el tema aún está por discutir y que es prematuro señalar deficiencias. También comentó que el propósito de esta cartilla no es religioso, sino que es un instrumento para generar políticas públicas. Lo cual en parte es cierto. Pero si no se toman en cuenta los conceptos y las creencias de la población, podrían emanar de esa cartilla ordenamientos y políticas que vayan contra los sentimientos de la nación.

Un tema que no se trató es el de la jerarquía de deberes éticos o respetos , como denomina Alfonso Reyes. En la redacción de códigos de ética muchas veces no se ve este tema fundamental. Los conflictos éticos con frecuencia tienen que ver con la necesidad de elegir entre valores. Y en la discusión de esta cartilla no se menciona ese tema. Un ejemplo: Cuando entra en conflicto la economía de una familia con el respeto a la vida de un nuevo hijo, el criterio de cual debe prevalecer es el gran tema. O cuando entra en conflicto la salud psicológica de la madre o la vida del nonato, debe haber criterios para resolver cuál deber tiene que prevalecer. Pero este es un caso extremo y la toma de decisiones está llena de conflictos entre valores, de todos los tipos y tamaños. Si el método para priorizar los valores y deberes no está definido, el código de ética es muy poco útil.

Con todo, esta discusión tiene mucho de bueno. No se gana nada manteniendo en lo privado los temas de la moral y la ética. Son temas que deben tratarse públicamente. De lo que hay que asegurarse es de que esta discusión no se quede en manos de un grupo encargado de decidir por el resto de la población. También es importante asegurarse que se escuchen voces autorizadas. El comité a cargo de la cartilla Moral está formado por el vocero de la presidencia y tres periodistas. Es muy de dudarse la capacidad de estas personas para diseñar un instrumento se quiere imponer a la población. La ética es un tema de filosofía, de sociología y antropología filosófica, de psicología. Hablando de la ética de las distintas religiones, habrá que agregar los conceptos de teología.

Hay que encontrar, dice Alberto Peláez, un terreno común. Algo así como mínimo común denominador, aceptable para todos. Los mínimos éticos para una convivencia aceptable de la población. Habrá que ver si estos mínimos causan entusiasmo en la población. Lo mejor que puede pasarnos en este proceso es que haya una discusión mucho más amplia, difundida de una manera mucho mejor, que realmente apasione a la sociedad y nos lleve a reflexionar sobre estos temas. Lo peor que puede pasarnos es que se cumpla el expediente, se publiquen muchos millones de documentos, y después sean rápidamente olvidados por la ciudadanía.

 

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