Regreso a clases: de nuevo a la anormalidad

La capacidad más importante que debe adquirir nuestra población, y en particular los menores, es aquella de aprender a aprender con una gran eficiencia.



Empezando el nuevo año escolar, nos embarcamos en la aventura de un regreso presencial a las clases de los niños, adolescentes y adultos en todos los niveles educativos. Hay razones, pero también se reconoce que hay riesgos. Riesgos sanitarios, riesgos por el deterioro de las instalaciones escolares, por el atraso que ha ocurrido en estos 17 meses de reclusión debido a la pandemia. Sí, esto se reconoce. Y desde la más alta tribuna de la nación. El Ejecutivo Federal ha dicho que es necesario tomar riesgos. Vale la pena, sin embargo, entender qué se gana y qué se arriesga con este regreso a clases. Un regreso que, en opinión de muchos, no ha sido suficientemente preparado. Pero no es únicamente decir si debemos de regresar o no. Tal vez la pregunta más importante es: ¿A qué vamos a regresar? Vamos a regresar a una situación de una grave anormalidad. Porque la normalidad no se mide solo por la asistencia presencial. El nivel de preparación del alumnado que egrese de las escuelas debería ser el indicador real de la normalidad a la que debemos aspirar.

Este regreso a las clases presenciales en un esquema híbrido, combinando actividades presenciales con actividades remotas en donde esto sea posible, responde a necesidades de una gran parte de la población. Y sin duda a necesidades del Gobierno y de la Sociedad. Una buena cantidad de familias tiene la necesidad de poder regresar a tener los tiempos necesarios para hacer sus actividades económicas. Dado que en la mayoría de los hogares mexicanos se puede funcionar gracias a que hay dos ingresos, el hecho de tener a los niños en casa hace muy difícil recuperar ese nivel económico. Lo cual no es algo indiferente: si las familias no tienen el ingreso que tenían antes del 2020, es extraordinariamente difícil lograr una recuperación económica sustancial. Y si no hay una recuperación económica adecuada, los ingresos de los gobiernos en los tres niveles también se reducen, con lo que los programas gubernamentales, principalmente aquellos que requieren inversión y gasto social, se verán severamente afectados.

Pero hay otras necesidades que tomar en cuenta. Principalmente el atraso en la educación de los menores. Pero también el impacto emocional de niños inmersos en familias tóxicas y sujetos a diversos tipos de violencia, desde los grados menores como puede ser la famosa “ley del hielo”, pasando por la verbal, la física, la psicológica y hasta la sexual. En condiciones de confinamiento, muchos menores son sujetos a toda clase de riesgos. Y aunque la inmensa mayoría de las familias hacen su mejor esfuerzo por sus hijos, es un hecho que se necesita reducir al máximo esos posibles riesgos.

Y, por supuesto, está el hecho de que en la mayoría de las escuelas públicas y en muchos casos las privadas, no hay las condiciones para poder garantizar que no aumenten los contagios entre los menores. Sí, se han creado comités en las escuelas, se han desarrollado de la mejor manera posible los protocolos para atender esos riesgos sanitarios, pero hay que reconocer que los riesgos no ocurren solo en la escuela y que los que ocurren en el transporte público no están siendo tomados en cuenta para proteger a la inmensa mayoría de los niños, que no tienen manera de transportarse de modo que estén protegidos.

Hablaba yo del regreso a la anormalidad. Una anormalidad que no nos resulta clara No es normal que México esté en un lugar muy bajo en las evaluaciones internacionales en temas de Lectura, Matemáticas y Ciencias.

Materias en las que estamos muy por debajo del promedio de la OCDE. Y es de esperarse que, en las próximas evaluaciones internacionales, no se verá una mejora sustancial. En parte por razones económicas: en los países desarrollados la inmensa mayoría de las familias tienen conexión muy razonable al internet de manera que pudieron tener clases remotas, tal vez no en un nivel óptimo, pero sí mucho mejor que el que tuvieron la mayoría de las familias mexicanas, que hicieron lo mejor posible con las clases a través de la televisión, usando en el mejor de los casos, sus teléfonos para poder tener algún acceso adicional a las clases.

Nuestras autoridades educativas no han mencionado ningún plan para recuperar 17 meses de educación deficiente. No se trata de regresar al ya de por sí deficiente nivel que teníamos antes de la pandemia. Es cierto que se va a necesitar un esfuerzo mayúsculo de profesores y familias. Hay que reconocer que ya han hecho grandes esfuerzos, pero estos esfuerzos tendrán que continuar por un tiempo importante.

De manera que lo necesario será construir una nueva situación. No podemos conformarnos con que el regreso a la educación formal nos deje en los mismos niveles de insuficiencia que teníamos antes de la pandemia. No podemos seguir aceptando que el criterio sea que los alumnos “pasen de año”. Lo que necesitamos es que los alumnos estén verdaderamente capacitados para poder llevar a cabo las tareas que nos están imponiendo, no los sistemas políticos capitalistas o socialistas, sino la propia explosión del conocimiento que estamos presenciando en todo el mundo. Todos los especialistas en la educación están de acuerdo: la capacidad más importante que debe adquirir nuestra población, y en particular los menores, es aquella de aprender a aprender con una gran eficiencia.

Sí, estamos tomando riesgos importantes. Sí, estamos en un crecimiento del número de contagiados, aunque es posible que es porque en los últimos meses ha aumentado muy sustancialmente el número de análisis que se han hecho. Algunas familias decidieron esperar algunas semanas para ver cuáles son los resultados de los contagios, en aquellos alumnos que estén regresando a clases presenciales. No tendría nada de raro que en algunos lugares habrá que suspender este regreso. Pero esto es a corto plazo. Importante, pero no suficiente. A largo plazo hay que lograr las condiciones necesarias para recuperar el rezago por la pandemia y el otro rezago mucho mayor que hemos venido arrastrando por décadas.

 

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