Esopo, otra vez

Los derechos de todos los demás capitalinos, incluidos los 996 de cada 1000 taxistas que no protestaron, corren el riesgo de ser pisoteados por otra u otras manifestaciones de las cigarras de los autos color de rosa.


Taxistas


Cuando el mortal común atestigua barbaridades como la protesta de los conductores de taxis el pasado lunes, corrobora que este país es completamente surrealista.

Otra vez, como ocurre con una frecuencia que aburre, un grupo exige que se respete lo que considera que son sus derechos, sea eso cierto o no, pisoteando los derechos de otros, sin que eso le preocupe y a pesar de que, casi siempre, se trata de derechos legales de mayorías que se ven sometidos a derechos no necesariamente válidos de una minoría.

Cuatro de cada mil conductores de vehículos de alquiler o taxis –sí, sólo 4 de cada 1000– exigieron lo que ellos llaman “piso parejo” con los conductores de autos asociados a aplicaciones. Y para exigirlo, pasaron sobre el derecho de los demás al libre tránsito y, de manera indirecta, sobre el derecho a tener un trabajo digno, a preservar la propia salud, a la educación… y otros muchos derechos que pasaron a segundo término de modo arbitrario.

Suena exagerado, pero es real. Entre quienes quedan atrapados por un bloqueo de calles como el del lunes 7 hay estudiantes que no llegan a la escuela, empleados que pierden un día de trabajo, enfermos que pueden incluso morir porque no les es posible alcanzar el hospital, etcétera.

Y mientras, quitados de la pena, los taxistas exigen igualdad. No justicia, porque no se trata de eso, sino igualdad. “Piso parejo”, le llaman. ¿Qué ofrecen a cambio? Absolutamente nada, porque ellos son víctimas, no de la injusticia, sino de la desigualdad. No ofrecen mejor servicio, ni dar mantenimiento a sus automóviles, ni ser más corteses y aseados incluso en lo personal. No. Nada de eso se les ocurre que pueden ofrecer.

Lo que quieren es que se cobre más a quienes operan automóviles para transporte de pasajeros mediante aplicaciones. Es justo subrayar que salvo excepciones, porque en todas partes hay de todo, esos operadores ofrecen mejor servicio, cortesía, limpieza, cordialidad, automóviles en perfecto estado físico y mecánico, pero hablar de eso es “cambiar el tema”. A los taxistas lo que les importa es que tienen que pagar más que Uber, Cabify o Didi, por las concesiones, las placas, las revistas, las “cuentas” al patrón, etcétera, en buena medida gracias a la corrupción.

Por eso reclaman “piso parejo”, sin importar qué se construya sobre él. Y se lo exigen a un gobierno que no sabe qué hacer, por una sencilla razón: no sabe gobernar.

Se repite la vieja versión mexicana de la célebre fábula de la hormiga y la cigarra, derivada de la de Esopo. Cuando nacieron las aplicaciones y se empeñaron en dar un mejor servicio, los taxistas se reían. Se sentían indispensables en esta megalópolis. Las aplicaciones han ganado clientela porque son mejores, y ahora los taxistas lloran porque los ha desplazado el trabajo de los otros.

Que los paren, piden. Que les cobren más. “Piso parejo” a cambio de servicios disparejos. Absurdo. No existe certeza de que habrá una solución. De lo único que hay certeza en todo este enredo es de que los derechos de todos los demás capitalinos, incluidos los 996 de cada 1000 taxistas que no protestaron, corren el riesgo de ser pisoteados por otra u otras manifestaciones de las cigarras de los autos color de rosa.

 

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