El gobierno que merecemos

Es hora de trabajar, con este gobierno como con los anteriores, sin partidismos y con conciencia responsable.


México


Ciertamente, lo que menos necesita nuestro país en este momento es un clima de confrontación, como el que parece ser alentado desde Palacio Nacional cada mañana, en el oficio de las siete de la mañana.

Es igualmente cierto que, como se dice popularmente hoy en día, si al presidente le va mal, le irá mal al país entero.

Sin embargo, estamos ante un fenómeno difícil de explicar, por lo contradictorio, en el que desde un sitio se promueve la división y el antagonismo bajo un disfraz de llamado al trabajo y a la unidad, y desde otros sitios se reprueba el clima de confrontación; pero se apoya a quienes la promueven.

Al parecer, ante esa realidad, que una especie de hechizo ciega incluso a quienes más clara visión tienen, y los hace caer en un juego de comparsas, deslumbradas hasta la incongruencia por el “carisma” de una persona que dice enarbolar valores y principios cuya vivencia está muy lejos de su actuación cotidiana.

Es el caso del señor rector de la Universidad Iberoamericana, sin duda respetable como pastor eclesial, pero completamente equivocado como líder social.

Del mismo modo que resulta absurdo combatir el fuego con más fuego, es incomprensible el intento de combatir el clasismo y la segregación con actitudes clasistas y segregacionistas, como la expresada recientemente por el rector David Fernández Dávalos. Lamentable.

Se equivoca el señor rector cuando asegura que quienes están contra las políticas mecansogansistas de quien se atreve a pedir docilidad a los medios, quieren que a México le vaya mal.

Se equivoca también cuando, en un ejercicio de reduccionismo incomprensible en una persona con la preparación de Fernández Dávalos, asegura que quienes salen a protestar contra los absurdos del régimen de López Obrador son los mismos que desprecian a los pobres y a los más necesitados.

Y se equivoca, tristemente se equivoca, cuando se pronuncia en términos sumamente parecidos a los que constituyen el discurso mesiánico, farisaico y falaz de quien no ha sido capaz siquiera de explicar el origen de los recursos que le permitieron recorrer el país completo varias veces, y vivir sin trabajar y sin dejar de comer durante 12 años, fiel a su sed de poder.

Pero acierta, hay que decirlo, cuando señala que el rumbo del país depende de todos. No del presidente, no de su equipo, no de los “fifís” ni de los chairos”: de todos los mexicanos.

Así que es hora de trabajar, con este gobierno como con los anteriores, sin partidismos y con conciencia responsable. Finalmente, como se ha escrito, los pueblos, sean buenos y sabios o sean malos y necios, tienen, cada uno, el gobierno que merece.

 

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