El impacto de la mujer en la educación en valores
Ana Teresa López de Llergo .
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La riqueza del ser humano se manifiesta en el modo de ser masculino y el femenino. Cada uno tiene sus peculiaridades que resultan necesarias para el apoyo mutuo. En este texto se relacionarán las cualidades femeninas con los valores personales y relacionales, para ayudarnos a mejorar los vínculos humanos virtuosos, con la finalidad de hacer el entorno más amable. |
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Para ello, es necesario entender qué son los valores y, cómo se distinguen y relacionan con las virtudes. Es un nuevo intento de ayudar a revalorar el papel de las mujeres, lo que podemos y debemos aportar hoy y siempre, independientemente de la época o de las circunstancias que nos rodean, a veces, favorables, otras, complejas y con horizontes poco claros, para evitar el peligro de perder el rumbo. Los valores personales que vamos a considerar son: la intimidad, la comunicabilidad y la libertad, y los valores relacionales son la solidaridad, la subsidiariedad, el respeto y la lealtad. Tenemos que dedicar tiempo al hogar y al trabajo extra doméstico. La tentación actual es pretender sacrificar la atención a la familia por las otras obligaciones. La mujer como educadora La educación es el proceso por el cual se desarrollan intencionalmente las potencias específicamente humanas: la inteligencia y la voluntad. Las cualidades de la mujer para la educación parten de su natural cercanía en el inicio de la vida y de su capacidad práctica para detectar el modo de ser de los demás. Por eso, cuenta con una habilidad especial para fomentar lo bueno y para poner medios para contrarrestar lo inadecuado. En el seno familiar la educación materna ha de fomentar la unidad entre los miembros para fortalecer la supervivencia de esa familia; asumir la fecundidad para el crecimiento cuantitativo por la procreación de los hijos, y el crecimiento cualitativo por la mejora interna y externa de los miembros de la familia. La aportación educativa de la mujer en la sociedad le lleva a impulsar la participación solidaria en donde cada quién da lo mejor de sí, y el valor del desarrollo humano integral para acceder a la cultura. En la escuela, si no ejerce la profesión de educadora, puede colaborar secundando, con acierto, las metas educativas propuestas a sus hijos, también con sugerencias oportunas, sin abandonar su protagonismo natural educativo en el seno familiar. Los valores y las virtudes Después de algunos años de investigación sobre la naturaleza de los valores, los definí como toda perfección real o posible que procede de la naturaleza y que se apoya tanto en el ser como en la razón de ser de lo que es real. Tales perfecciones merecen nuestro reconocimiento, estima y agrado. Las virtudes, definidas desde la época de oro de la filosofía griega, son hábitos operativos buenos adquiridos con la voluntaria repetición de actos, son los hábitos buenos que se integran de manera estable en la personalidad. La inteligencia con el apoyo de la voluntad ha de descubrir y respetar los valores que se encuentran en lo más íntimo de la naturaleza humana y en el ser de las otras criaturas. Las virtudes -intelectuales y morales- se adquieren con el ejercicio de la voluntad, que ha de sostener el esfuerzo por adquirir hábitos buenos, en la inteligencia y en la voluntad, a partir del conocimiento de los valores. Los valores personales están en todo ser humano precisamente por el hecho de ser persona, los valores relacionales son los propios de las relaciones humanas, resultado del noble trato entre las personas. Los valores y las virtudes se vinculan estrechamente, pero esa cercanía no provoca confusión porque los valores son perfecciones actuales o posibles exigidas por la naturaleza de toda realidad. Las virtudes son hábitos adquiridos y se instalanen la persona como actos inmanentes, no siempre se expresan pero favorecen las conductas positivas. Las virtudes están enraizadas en los valores, pero no siempre el obrar del hombre es virtuoso, por ello los vicios pueden provocar alteraciones en la naturaleza y por tanto, afectar a los valores y a su potencialidad. Esta actividad es la que provoca los contravalores. Las virtudes básicas en las que se apoyan las demás virtudes son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. La primera perfecciona a la inteligencia y a la voluntad. Las otras tres a la voluntad y a los apetitos. La prudencia señala el justo medio en el obrar, ayuda a vivir bien los valores personales de la intimidad, comunicabilidad y libertad. También los valores relacionales de la solidaridad, subsidiariedad, respeto y lealtad. La justicia es la disposición de dar a cada uno lo que le corresponde. Ayuda a los valores relacionales. La fortaleza consiste en sostenerse en los propósitos aunque haya dificultades. Ayuda a vivir la libertad y los valores relacionales. La templanza organiza las tendencias a evitar el esfuerzo y a dejarse llevar por la comodidad. También ayuda a vivir el valor de la libertad y los valores relacionales. La mujer como promotora de los valores
La intimidad Las personas guardamos recuerdos de sucesos propios, o ajenos de los que hemos sido testigos, conservamos la experiencia de proyectos, algunos realizados, otros no. Todo eso forma nuestro mundo interior. La importancia que les demos y cómo los hayamos aplicado darán mayor o menor riqueza a la personalidad. Sin embargo, muchas veces, nos negamos a reconocerlos o no queremos aprovecharlos. Las causas son diversas: a veces no estamos dispuestos a profundizar, otras, nos cuesta aceptarlos porque nos duelen o nos humillan. Las mujeres tenemos una rica intimidad precisamente por el amor a lo concreto y por la agudeza de ingenio unida a la capacidad de intuición. Registramos muchos detalles. Nos es posible captar rasgos del modo de ser de los demás que nos abren a la comprensión si desarrollamos la ternura. La intuición nos hace detectar necesidades y prever soluciones adecuadas. Asumir estas cualidades nos lleva a realizar la dimensión femenina de la intimidad. Cuando eludimos tales inclinaciones vamos desvirtuando nuestro papel y acabamos perdiendo el sentido de nuestra identidad, se podría decir que perdemos lo que sazona la vida y nos replegamos, conseguimos así la insatisfacción propia de quien trunca algo valioso. La comunicabilidad Tenemos facilidad para hablar, pero, a veces, esas conversaciones carecen de contenido. Si matizamos la necesidad de comunicar, de recibir y de dar, con la generosidad, nos ponemos en condiciones de escuchar cualquier tipo de desahogo y comprender a los demás al captar sus alegrías o sus penas. Esto es lo que se espera del mundo femenino y esto hace ricas las relaciones. Hace falta captar lo circunstancial de los demás. Y así, cuando alguien se siente acompañado, las tristezas resultan menos dolorosas, y las alegrías se duplican. Como siempre aparece la disyuntiva de aprovechar bien o mal nuestras capacidades, hay que estar alerta para que la agudeza del genio femenino no nos lleve a propagar los defectos ajenos y a ocasionar desavenencias entre los demás. La libertad Nos gusta la compañía, por eso, el ejercicio de la libertad en nosotras más que en la independencia, se perfecciona en la compañía, en una compañía buscada con ingenio y tenacidad. Como todos los seres humanos, tenemos la “libertad de”, aquella que desata de algo, y la “libertad para”, la que vincula. El ejercicio de ésta última es la que nos queda mejor, pues al unirnos con otros podemos captar con mayor claridad lo que les sucede y saber cómo alguien, con nombre y apellido, disfruta de nuestra ayuda. Por desgracia, los consejos que con frecuencia nos dan no fomentan el espíritu de servicio. La sociedad ya no valora la abnegación y, en cambio, promueve el individualismo egoísta. Si nos dejamos llevar por esas tendencias nos haremos desgraciadas debido a la insatisfacción de no haber aplicado aquello para lo cual estamos dotadas, nos desgarramos. Esto equivaldría a la desdicha de atrofiar un órgano vital simplemente por desuso.
La solidaridad Es la capacidad de participar en los proyectos y, las mujeres, contamos con aptitudes especiales para apoyar el valor social de la solidaridad como es el amor por lo concreto, pues al colaborar con nuestro trabajo, vemos la felicidad que causa obtener resultados mejores y más rápidos al realizarlo en compañía. También, se nos facilita ocupar nuestro lugar por la capacidad de intuición, tendemos a estar en donde lo hacemos mejor o en donde hacemos falta. Además, con facilidad descubrimos en los otros sus aptitudes, entonces los podremos colocar en donde consigan mejores resultados. Al realizar lo que nos es connatural estamos centradas y más contentas. La subsidiariedad Consiste en completar lo que hace falta a los demás. Este valor requiere de la virtud de la generosidad incansable, propia de las mujeres. En la subsidiariedad no hay reciprocidad, somos conscientes de que la persona a quien se ayuda carece de posibilidades. En este caso, se practica un alto grado de desprendimiento. Las mujeres podemos aportar la piedad profunda y sencilla para descubrir las carencias, dolernos de ellas, poner todo el empeño por compensarlas y, todo ello, sin llamar la atención para no exponer las deficiencias del necesitado. Esta elegancia en la conducta consigue singular admiración para quienes la practican. Esto explica las tendencias femeninas hacia las profesiones que se dedican a aliviar necesidades, como la enfermería o la docencia. El egoísmo es un defecto sumamente desagradable, pero en la mujer lo es más aún, porque además de llevarnos al individualismo inhibe nuestras tendencias. El respeto Ante este valor, las mujeres tenemos un especial equipamiento porque aquí convergen prácticamente todas nuestras cualidades. La delicadeza ayuda a entender la condición personal de los demás y las circunstancias que les rodean. La generosidad apoya a todos, especialmente a los desprotegidos, por quienes luchamos por conseguir la aceptación de la sociedad, los defendemos y los ponemos en condiciones de aportar. El amor a la concreto nos lleva a personalizar, sin caer en generalizaciones y en planteamientos utópicos de los que no se beneficia prácticamente nadie. La agudeza y la capacidad de intuición llevan a mostrar lo mejor de los demás. La piedad consigue, para quienes están relegados, una actitud esperanzada y así, a los demás se les inclina a corresponder con mejores actitudes y a retribuir, de algún modo, el esfuerzo que hacen por ellos. De este modo mostramos a la sociedad los efectos positivos que produce dar la mano, brindar oportunidades e incluir a los marginados y rechazados. Por último, la tenacidad rompe los obstáculos que se presentan a lo largo del tiempo y mantienen presentes los objetivos. Estas cualidades, generosidad, piedad, tenacidad, son también las mismas que nos condenan cuando no queremos actualizarlas y hacen a nuestro sexo femenino doblemente responsable de no promover el respeto a los demás. La lealtad Es un valor que se manifiesta en la capacidad de sacar adelante los compromisos, superando los embates del tiempo y el cansancio que puede provocar el desgaste de la duración. Las mujeres que fomentan la lealtad consiguen la cohesión y un ambiente en donde hay confianza mutua. Manifiestan a todas luces las virtudes de la paciencia y la generosidad. Repercusiones prácticas No omito la advertencia sobre la complejidad de la vida contemporánea, especialmente complicada para las mujeres. Tenemos que dedicar tiempo al hogar y al trabajo extra doméstico. La tentación actual es pretender sacrificar la atención a la familia por las otras obligaciones. Aquí es necesario tener en cuenta que el mejor modo de resolver la disyuntiva es poner en primer lugar a la familia y luego a la sociedad, esa es la receta que nos dará la felicidad haciendo felices a los demás y a nosotras mismas. Por eso, nuestro propósito ha de llevarnos a:
Y, todo ello, en primer lugar, poniéndolo al servicio de los miembros de nuestra familia. Entonces, se podrá decir de nosotras, mujeres, que somos insustituibles y excelentes cooperadoras de la paz entre los seres humanos, pues hacemos acogedor el entorno donde cada una realiza sus actividades. Bibliografía GARCÍA HOZ, Víctor. “Principios de Pedagogía sistemática”, Rialp, Madrid, 1966. LÓPEZ DE LLERGO, Ana Teresa. “Educación en valores, educación en virtudes”, 6ª reimpresión, CECSA, Patria Cultural, México, 2008. LÓPEZ DE LLERGO, Ana Teresa. “Valores, valoraciones y virtudes”, 5ª reimpresión, CECSA, Patria Cultural, México, 2005. |








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