El gatopardismo de AMLO

Reflexión del autor ante Andrés Manuel López Obrador


Reflexión AMLO


En la entrega anterior, afirmé que: “Otro de los rasgos sin desaparecer es el autoritarismo de quien detenta el poder y la obsequiosa obsesión de complacerlo de parte de quienes rodean al mandamás de turno”.

Como suele ocurrir en este país desde hace decenios, no faltó el obsesionado obsequioso que empezó a retobar de mis dichos, en gratuita defensa de AMLO, pretendiendo descalificarlos con exabruptos y, para variar, sin argumentos.

Ejemplos manifiestos de esto que digo –que se está gobernando desde las gónadas del ínclito– abundan; van dos, ejemplares, por su ejemplaridad: el 21 de noviembre de 2018, la entonces futura titular de Energía, Rocío Nahle, declaró muy oronda que el Gobierno acataría el resultado de la consulta sobre la refinería:
1. Quince días antes, AMLO reiteró que “respetaría” el resultado.
2.Lo que no dijeron ninguno de los dos, es que los trabajos habían comenzado muchos meses antes. Octavio Romero, futuro director de PEMEX, expresamente declaró el 8 de septiembre que ya habían iniciado “con los trabajos de la refinería”.
3. Ésta no era una golondrina pretendiendo “hacer verano”: a dos meses y medio del arranque del nuevo gobierno, distintos medios de comunicación dieron cuenta de que en Tabasco ya habían comenzado los trabajos para echarla a andar y –sin licitaciones ni estorbos– se había contratado a una empresa para limpiar el terreno “donde se realizará la construcción”.

Otro tanto puede afirmarse del “Tren Maya”; cuya consulta fue completamente ociosa, pues la decisión de ponerlo en marcha estaba tomada desde hacía meses, cuando iniciaron los trabajos “formales” entre el gobierno de Quintana Roo y el entonces virtual director de FONATUR;5 por no hablar de que hay quienes afirman que la ideota (“idea” no es) tiene más de dos años de existir: “Tren Maya lleva más de dos años de trabajo: Jiménez Pons”.

¿A qué, pues, tanta parafernalia auscultativa si las decisiones ya estaban tomadas? Autoritarismo a secas, como en los mejores tiempos del priato cuando el presidente en turno preguntaba qué horas eran y al unísono, una banda de borreguiles jilgueros le respondía: “las que usted mande, señor Presidente”.

Pensar que éste es el primer gobierno de izquierda es una estupidez porque presidentitos con ínfulas leninistas ha habido varios: Cárdenas y Echeverría, entre otros, y los resultados de su gestión han sido desastrosos: uno llevó a la depauperación del campo, entre otras desgracias mayúsculas; y el otro, al arranque de una sucesión de crisis económicas que terminaron de hundir al país.

El problema es, pues, no sólo que sexagenarios nostálgicos, con AMLO a la cabeza, ansíen las glorias del pasado cuando el Partido lo dominaba todo –y dentro del partido, el señor presidente– ni las aspiraciones de la cosa esa, Yeidckol Polevnsky, a quien al mejor estilo de los soviets le aterra la clase media. No; el problema es que asistimos impávidos al colapso de las instituciones y por ignorancia, desidia o mala fe, “dejamos ser” a ese monstruo en ciernes, sin querer ver que se trata sólo de una absurda regresión.

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