Quien no ve, es que no quiere ver

El cambio gubernamental que sufre México, no pinta nada bien, se puede comparar con casos de Dictaduras.



Los gobiernos más opresivos son los que se guían por creencias, por dogmas, o por ideas trascendentes que van más allá de la mera obligación de cumplir con eficacia las funciones gubernamentales y de observar la ley. De ello padecimos mucho en el siglo XX. El comunismo en sus distintas versiones, el fascismo, el nazismo, fueron entelequias construidas con base en una mezcla de ideas y creencias que, de manera insospechada, lograron embaucar a sociedades enteras. Ese tipo de dictaduras se justifican con un concepto trascendente que da significado a su proyecto: “el triunfo histórico del proletariado”, “la superioridad de la raza aria”, “el caudillo por la gracia de Dios”, “el espíritu bolivariano” etc. Son gobiernos revolucionarios y represores a la vez; porque no pueden permitir desviaciones al cambio “total” que buscan en la sociedad. De ahí que se les llame también gobiernos “totalitarios”.

En México, estamos viviendo el inicio de un régimen totalitario. Lo que me sorprende es la pasividad, la excesiva indolencia con la que esto está siendo atestiguado por la mayoría de los sectores de nuestra sociedad, especialmente por nuestras élites. Hay innumerables ejemplos de cómo las élites empresariales, mediáticas, intelectuales, etc., dieron calurosas y entusiastas bienvenidas a regímenes como el de Mussolini, Fidel Castro, Fujimori o Hugo Chávez, seducidos por el impulso renovador de estos líderes, sin percatarse que estaban ovacionando a sus sepultureros. Sin querer ser pesimista, esto fue lo que me recordaron esos empresarios de la construcción que, después de que el presidente electo canceló el proyecto del nuevo aeropuerto, salieron de un desayuno con él entre abrazos y risas. El que no ve, es que no quiere ver.

López Obrador no ha engañado, o ha engañado con la verdad. Quizá acostumbrados a que los políticos mienten por hábito y que la mentira pública cada vez es menos costosa, muchos pensaron que lo que decía era mera provocación. Conozco a personas que trabajan en el aeropuerto de Texcoco y que votaron por López Obrador, pese a que dijo que quería acabar con esa obra: “creímos que no lo haría”, se justifican. En lo único en que sí ha sido inexcusable su engaño y no le ha importado, es en la militarización descarada de la seguridad pública, es decir, en la construcción del aparato represor. Qué casualidad que eso sea lo único en que mintió abiertamente, durante años. El mensaje es claro, quien no ve, es que no quiere ver.

Habla de la 4ª Transformación, que es un mero eufemismo para no decir Revolución; de que vienen cambios “radicales”, de derruir oligarquías, de un nuevo modelo económico, y ya empieza a hablar de una nueva Constitución. Habla de borrar la huella de los gobiernos neoliberales, de plantear una nueva memoria. Ha dicho que no confía en la sociedad civil y que las instituciones que ésta impulsa son simulaciones; ridiculiza constantemente a los organismos autónomos del Estado que tantos años costó crear. No ha molestado ni con el pétalo de un cuestionamiento a Donald Trump, ni a Nicolás Maduro; hombres que, cada quién en su contexto, han atacado abiertamente la institucionalidad en sus naciones. Al primero le ha dicho que se parecen, al segundo que es bienvenido a México. ¿Hay quien crea realmente que todo este proyecto que ha delineado, y en el que ha insistido públicamente López Obrador, se puede lograr respetando las reglas tradicionales de una democracia liberal y de un Estado derecho como el que hemos querido construir desde hace 30 años? El mensaje es claro, quien no ve, es que no quiere ver.

Y lo más grave de todo, la idea trascendente que inspira o justifica la dictadura que se avecina, no es una entelequia ideológica, sino el concepto que el líder máximo tiene de sí mismo. A todo cuestionamiento contesta que él puede hacerlo, porque él sí es honesto. ¿Por qué él sí puede hacer consultas manipuladas?, ¿por qué él sí puede militarizar al país?, ¿por qué él sí puede ordenar obras sin licitación?, ¿por qué él sí puede tener empresarios favoritos?, etc., y responde: “porque tengo autoridad moral”, que es lo mismo que decir “porque soy yo”. Ese concepto trascendente, tan excesivo que tiene de sí mismo, lo hace sentirse una especie de “elegido” o encarnación de los anhelos del pueblo o reencarnación de Juárez, Madero y Cárdenas en uno sólo y cosas similares. Esto, que no pasaría de ser anecdótico, es grave, porque esa pretendida y presumida autoridad moral es el “huevo de la serpiente” del peor autoritarismo. El mensaje es claro, el que no ve, es que no quiere ver.

La revolución, o sea, destruir un régimen, sus instituciones y su Estado de derecho, ya no se hace necesariamente con las armas --lo mostró Hugo Chávez---, sino que se puede hacer con consultas, plebiscitos, refrendos, etc. AMLO ya anunció su intención de gobernar así. Pero, eso sí, se necesita también de un sólido aparato de delación y represión, y de medios de comunicación públicos cuyos contenidos sean impuestos por el gobierno. Asimismo, la dictadura necesita una estructura corporativista y clientelar. Los recientes cambios propuestos a la Ley de la Administración Pública Federal y a la Constitución, nos muestran que para allá vamos. El que no ve, es que no quiere ver.

La respuesta a esto, desde luego, no es la violencia. Hay instrumentos legales de protesta y civiles de resistencia que, pienso yo, deberían ya haberse iniciado. Hubo una marcha contra una consulta: AMLO responde con diez consultas más, habría que responder con 10 marchas más.

Cuando Hitler amenazaba con invadir Europa, ofreció a Inglaterra un acuerdo de paz. La prensa, las élites, la clase política de esa nación estaban por la negociación, no querían hacer sufrir a su población. Churchill fue el único que vio lo que venía, es decir, que, de ceder a una negociación de paz, el sufrimiento sería peor después. Toda proporción guardada, espero que en nuestra nación surja un Churchill, que sí quiera ver, y podamos así hacer frente a lo que se nos viene.

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