El avance de la cultura de la muerte

El Día de Muertos es una costumbre que tiene orígenes desde culturas prehispánicas, con rituales de muerte y cultos distintos a los que realizamos hoy en día.


 mueros prehispanicos


Cuando era niño, en la escuela me enseñaron sobre las culturas prehispánicas, su grandeza y sus avances. Haciendo abuso de un eufemismo, me hablaron de “las guerras floridas”; el término me gustó desde que lo oí. En mi ingenuidad pensé que, tal vez, se trataba de guerras en las que intercambiaban flores en lugar de flechas; o quizá una guerra de poemas, ya que los aztecas en sus glifos representaban con una flor a la poesía. Pero los maestros no acababan nunca de explicar, bien a bien, a sus alumnos, que significaba una “guerra florida”. Años después, investigando por mi cuenta, descubrí que se trataba de atrapar a una gran cantidad de prisioneros en pueblos cercanos sometidos por los aztecas, a los que, después, se llevaban para sacrificarlos públicamente, mutilarlos y dejar que escurriera desde la cima de los templos su sangre en caudales. Eran cientos los asesinados en cada ritual y cientos las partes de sus cuerpos que quedaban regadas cubriendo la pirámide hasta el suelo.

Cuando iniciaron las excavaciones del Templo Mayor, uno de los descubrimientos más impresionantes fue el Tzompantli (edificio hecho de cráneos), o sea, el altar donde se sacrificaban, sacándoles el corazón y cortándoles la cabeza, a miles de seres humanos. Este edificio era de la época del emperador Ahuizotl, quien según cronistas e investigadores celebró la inauguración del Templo Mayor con la ejecución ritual de más de 20 000 personas durante 4 días. Todo esto nos habla innegablemente de que las culturas prehispánicas y especialmente la mexica, eran culturas de la muerte. El gran milagro guadalupano fue la conversión genuina de la mayoría de la población autóctona que provenía de esa religiosidad adicta a la sangre y a la crueldad, a la religión cristiana.

Los resabios de esa veneración por la muerte permanecieron en las celebraciones del día de muertos en algunas poblaciones del país, que se caracterizaron por estos rituales, como Janitzio o Pátzcuaro en Michoacán. Pero en general, no eran celebraciones extendidas y menos en los centros urbanos. Sin embargo, de unos lustros para acá, la celebración del Día de Muertos ha ido creciendo en extensión y en intensidad en las zonas urbanas, especialmente en la Ciudad de México, y ha permeado a la élite cultural. El Día de Muertos moviliza ya a más personas que el Día de la Independencia y convoca más apoyo oficial que la Navidad. El gobierno de la CDMX promueve la celebración de muertos con desfiles y pone ofrendas y adornos en lugares públicos. En la época navideña, la Ciudad de México, durante años, se caracterizó por la abundante iluminación que se ponía en las avenidas y edificios públicos y, ahora, el gobierno no pone un solo adorno relativo esas fiestas.

La representación de la muerte avanza, hay calacas y catrinas por toda la ciudad; hay cráneos adornados en todos los negocios, en restaurantes, edificios y plazas públicas, y cada vez más en casas particulares. La cultura de la muerte avanza, y no sólo por eso: el culto a la Santa Muerte cada vez tiene más seguidores y su imagen es cada vez más común verla en los mercados, en locales comerciales, o en altares hechos en su honor en la vía pública en colonias populares. Incluso ya es común ver su figura a la venta en tiendas de joyas, de artesanías o de souvenirs.

Así como las élites culturales, las élites políticas también se adhieren a la cultura de la muerte. La nueva mayoría legislativa está por proponer una iniciativa de ley para legalizar el aborto, sin condicionantes, en todo el país, así como para legalizar la eutanasia. La violencia proveniente del crimen organizado ha sembrado de cadáveres el país, en donde cada vez se encuentran más fosas clandestinas con cientos de osamentas, en nuevos sitios. Y los servicios forenses y morgues estatales y municipales ya no se dan abasto. En alguna región, la saturación ha llevado al grado de rentar tráilers para guardar a los muertos y ponerlos a dar vueltas, pues no hay ni donde estacionarlos.

Nos acostumbramos a la muerte, la representamos, la ilustramos, la celebramos cada vez más. Pero nuestro país debe comprometerse, sobre todo, con la vida humana; luchar por ella en todas sus facetas y manifestaciones. Un país que se acostumbra a la muerte y que festeja más a la muerte que a la vida, mata también su futuro.

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