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«Buscaban al hijo que ya no existía»

El síndrome post aborto golpea a muchas mujeres (y hombres). Pero es ignorado por los medios de comunicación porque “incomoda”. ¿Qué experimenta una mujer, una mamá en el momento del aborto? ¿Y sobre todo después? Les compartimos algunos testimonios sinceros y sufridos que hablan por sí solos. Contados en primera persona. Incluyen la invitación a hacer un camino de “sanación” (que no excluye a los hombres).


Derecho a la vida


Historias de llanto y de dolor

1.- «Me llamo Serena y soy de Roma. Hace siete años conocí el infierno, por no haber sabido ser paciente; debía reflexionar y comprender lo que hubiera sido más correcto para mí y para mi hijo. En lugar de eso, me lancé sobre la opción más fácil. Cada instante revivo aquel de aquel maldito día con dolorosa lucidez y en cada ocasión el dolor se renueva, provocándome un dolor indescriptible. Yo, que soy considerada por todos como tierna, madura y sensible, he matado, porque de esto se trata, a mi niño. Yo, que lo debería haber protegido, he sido quien lo ha torturado».

2.- «Tengo 37 años y me llamo Lucía. Hace dos años con una enorme alegría estaba por ser mamá, pero mi compañero no estaba de acuerdo y se comportó en modo violento; tenía miedo y por eso decidí cambiar de ciudad para llevar adelante con serenidad el embarazo. Pero no fue suficiente: no me sentía segura y no tuve la valentía de proseguir la gestación. El trauma ha sido enorme. Se apagó la luz en mí y el sentido de culpa me comía viva. La depresión me impedía retomar mi vida; todo me parecía inútil, insignificante».

3.- «Cuando después del test me percaté de que estaba encinta, qué miedo, cuántos gritos, qué días de angustia! Tenía 18 años. Mis padres no tomaron bien la noticia y me dijeron que si no abortaba debía irme de casa. Tenía que decidir sola: nadie me habría dado hospedaje y mi novio había desaparecido. Deseaba tener a mi hijo, pero ¿cómo? Lloraba permanentemente. Después lo hice, aborté. Estuve muy mal: es una experiencia brutal que ha marcado mi vida y que no deseo a nadie».

4.- «En la sala de operaciones, antes del aborto, me daba vergüenza, me sentía violentada, golpeada en mi intimidad. Eran cinco a mi alrededor. Al despertar, estaba como paralizada: cuando me di cuenta de que no sería mamá, experimenté un tormento indescriptible. “No existe más! No existe más!”, gritaba desesperada dentro de mí. Desde ese momento comenzó mi calvario, hecho de remordimientos y de un sufrimiento que no se puede cancelar».

5.- «Me llamo Victoria. Era muy joven cuando quedé en cinta. No quería aquel embarazo, pero nadie intentó hacerme cambiar de opinión. ¿No era mi derecho? Hoy tengo 32 años, estoy casada y tengo dos niñas. Pero hoy en día mi pensamiento va frecuentemente a aquel niño, a aquel pequeñito, a Andrés, que no quise. Estoy segura de que si alguien me hubiera explicado, dicho o sólo preguntado si lo había pensado bien, hoy mi hijo tendría 13 años».

6.- «Siempre me había considerado como alguien que respeta la vida, pero las circunstancias me llevaron a ese infame gesto… El aborto voluntario tiene la capacidad de mandar todo a volar. Es como si te arrancaran alma y cuerpo, dejándote en pedazos. Sólo un poco después logré vencer mi orgullo para admitir que la mía había sido la peor decisión. No sólo porque el aborto es el homicidio voluntario de un hijo por parte de su madre, sino también porque los síntomas que se manifiestan después son tan graves y destructivos para el cuerpo y para la psique (como me sucedió a mí), que diría que hubiera sido mejor tener aquel niño».

«Hubiera sido mejor tener aquel hijo»

Esta es la frase clave, la terrible verdad, la amarga conclusión a la que llegan las mujeres después de abortar. Sobre todo por haber experimentado en la propia carne las consecuencias físicas de la operación del aborto. Pero el dolor físico no es todo, porque una mujer que aborta es imposible que no experimente un contragolpe en el plano psicológico y espiritual, un sufrimiento agudo, una herida profunda que parece no cicatrizar nunca, hecha de llanto, de sentido de culpa, de nostalgia por un rostro nunca visto, por un cuerpecito nunca abrazado, por una sonrisa nunca recibida y nunca correspondida.

Aquel «Hubiera sido mejor tener aquel hijo», que documenta un hecho evidente, es la frase a la que más miedo tenemos los ideólogos del aborto como derecho y los propagandistas de la “salud reproductiva”: por ningún motivo debe evidenciarse que la interrupción legal del embarazo sea un problema, antes y sobre todo después, para la gran mayoría de las mujeres que recurren al aborto. Incluso para los hombres. Por ejemplo, Marco, de 53 años, que “vivió dos abortos”, ha sido presa de angustias, incluso cuando ha reconocido ser padre de dos hijos no queridos, dándoles un cuerpo, sintiéndolos vivos: un proceso difícil, pero sostenido por la oración y la confianza en el Señor».

Un “proceso de curación”

Así como quieren hacernos creer que no existen niños problema, hijos de padres separados o divorciados, ni mucho menos sentido crítico de ningún tipo en cuanto al crecimiento de “hijos” de parejas homosexuales, ni siquiera dificultades en el complejo camino de la fecundación asistida, así para el aborto se debe aceptar la idea de que es como tomarse un vaso de agua. Pero no es así.

Existen centenares de estudios científicos elaborados en los últimos 20 años sobre el síndrome post aborto. Un síndrome de larga duración, que se presenta como una herida profunda psíquica y espiritual caracterizada por el remordimiento de conciencia, miedo, angustia, rencor hacía sí mismo y hacia los demás.

El aborto es un acto de una terrible violencia. Pero esos estudios se quedan en los archivos, reservados a los interesados en el tema. Pero nunca escuchamos hablar de ellos en los programas científicos de la televisión, nunca llegan a los talk show exitosos, que prefieren dedicarse a las dietas y amores gay.

La autocensura es total en los medios de comunicación, pero el fenómeno existe hasta el punto de que se están multiplicando los centros de atención y de sostén: incluso a un acto terrible como el aborto se puede mirar a la cara  y afrontarlo. La confesión sacramental (pecado reservado al obispo o a un sacerdote penitenciario, que por su gravedad conlleva la excomunión) para el creyente, es fundamental; pero requiere además ayuda médica, clínica especializada, un “proceso de curación” para afrontar el luto.

FUENTE:

Revista il Timone, Julio – agosto de 2014

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* Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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