Norma Mendoza Alexandry 

Cuando hablamos del ‘padre’ o del ‘padre de familia’ o del ‘padre de los niños’, casi siempre lo hacemos en función de la madre, pero, cuando hablamos de la ‘madre’, en pocas ocasiones por prudencia quizá, nos atrevemos a preguntar por el ‘padre’, como si tener madre bastara.

A principios del siglo XX, la mayor parte de los niños esperaban razonablemente crecer en un hogar con papá y mamá; hoy ya es común que no sea así. Se comienza a aproximar la paridad de ‘paternidad’ con la de ‘sin-padre’ que es lo mismo a ‘madre divorciada’, como rasgo característico de muchos niños. Si ampliamos un poco nuestra imaginación, pensemos cuántos niños el día de hoy se irán a dormir por la noche, o llegarán de la escuela y tratarán de identificarse con un adulto masculino en un hogar en donde no vive su padre. Hay estadísticas de países adelantados como por ejemplo: E.U.A., en donde la mitad (50%) de los niños que alcanzan los 18 años de edad, han pasado la mayor parte de sus vidas alejados de su padre y todos ellos crecen sin saber lo que significa tener un papá.

En estadísticas demográficas se demuestra la tendencia de esta generación: crecer sin un padre. Ante esto, se destacan las políticas de ayuda a las madres solteras, ampliación de horarios en las guarderías y una mayor cantidad de las mismas, etc. Crecer sin padre es la causa principal del decremento del bienestar de los niños en nuestra sociedad, asimismo, es el motor que genera algunos de los problemas sociales más serios: desde el crimen hasta los embarazos juveniles, el abuso sexual, la violencia doméstica. Sin embargo, a pesar de las consecuencias sociales, los hogares sin padre constituyen un problema prácticamente ignorado o negado; a este problema aún no se le ha dado un nombre aunque esté cambiando ya la visión social. Es un hecho que la sociedad que habla el mismo idioma, vive en el mismo país y tiene una misma historia, se encuentre dividida en dos grupos separados y desiguales que viven vidas diferentes: un grupo habrá tenido beneficios psicológicos, sociales, económicos, educativos y morales y todo esto habrá sido negado al segundo grupo. La línea que divide a estos dos grupos no es la raza, ni la religión, clase social, educación o género. La línea es el patrimonio, en el primer grupo se encontrarán aquéllos que habrán crecido con la diaria presencia y provisión de un buen padre y una madre y en el segundo grupo estarán aquéllos que no los tuvieron. Por fortuna, ambos grupos aún no son equivalentes en número pero lo serán según las tendencias.

Hace poco observé por la calle a un joven que llevaba una camiseta con una inscripción que me dio escalofrío, decía: “ Hijo de nadie “. Preguntémonos: ¿Quién se puede poner una camiseta así?

¿Por qué está decayendo la paternidad? ¿Qué podemos hacer al respecto? ¿Puede esta sociedad hacer algo para reforzar la paternidad efectiva como signo de conducta del comportamiento masculino?

Existen datos alarmantes en cuanto al incremento de divorcios, que además parece incentivarse al proponerse cambios de ley que lo hagan más expedito; se dan soluciones ignominiosas a embarazos indeseados dando muerte a seres humanos aún no nacidos; el problema de la pobreza que es constante; violencia juvenil; conjuntos habitacionales inseguros; debilitamiento de la autoridad paterna. En todos estos problemas se omite plantear el elemento común a todos ellos: la huida de los varones de la vida de sus hijos. Ni siquiera se nos ocurre socialmente hablando, que puede ser muy probable que este sea el principio de todos aquellos problemas. Tratamos de evitar esta conexión porque, como sociedad, estamos cambiando el papel que juega el hombre en la vida familiar; como idea cultural, nuestro entendimiento tradicional del padre está en condición crítica.

Debemos también considerar el hecho de que la exclusión de la mujer de la vida política, jurídica, económica y cultural trajo consecuencias negativas, no sólo para su realización personal sino para toda la sociedad. Frente a esto, surgió el primer feminismo o feminismo liberal de la igualdad y después el feminismo de la diferencia que reivindicó en parte los valores que tradicionalmente había asumido la mujer aunque tuvo el desacierto de hacerlo desde una posición de exaltación unilateral de lo femenino, esto es, considera a los varones como “patriarcas” guiados exclusivamente por criterios de poder y de violencia. El error está en que atribuye al género masculino los caracteres y modos de construir la realidad que a éste le había asignado la modernidad.

Actualmente ha surgido, aunque aún no con suficiente fuerza, una nueva corriente en la que se trata de evitar caer en los errores, tanto del subordinacionismo como del igualitarismo de la mujer con respecto al varón ya que ambos son excesos. Se presupone entonces que mujer y hombre somos diferentes pero al mismo tiempo, iguales antológicamente ya que ambos somos personas y por tanto, poseemos igual dignidad . A esta corriente se le llama ‘feminismo de la complementariedad’ y por tanto ambos, varón y mujer participan de la misma naturaleza y tienen una misión conjunta: la familia, la cultura y la sociedad.

La Organización de las Naciones Unidas, Commission on the Status of Women (Comisión sobre el Status de la Mujer, 2004) recomienda que es necesario urgir el “establecimiento del principio de poder compartido y responsabilidad entre mujeres y hombres en el hogar, en el sitio de trabajo y en los amplios ámbitos de las comunidades nacional e internacional”, y más adelante en el inciso h) añade “crear programas educativos que desarrollen conciencia y habilidades entre los varones, incluyendo los jóvenes en su papel de padres y la importancia de compartir responsabilidades familiares”.

Me permito compartirles una pequeña experiencia familiar: cuando mi hijo mayor se casó hace casi cinco años, muchos de sus amigos también casaron y han evitado la paternidad o tienen actualmente de 1 a 3 hijos. Aunque casi todos tienen entre 33 y 35 años de edad, hoy la mayoría están separados o en trámites de divorcio. ¿Qué ha pasado? Los hombres en general y los padres en especial se conceptúan como superfluos para la vida en familia. La masculinidad misma, entendida de otras maneras diferentes de lo que se consideraba ser hombre, es tratada con sospecha en nuestro discurso cultural. Consecuentemente, nuestra sociedad no puede sostener y ni siquiera encontrar una razón para creer en la paternidad como un distintivo dominante de la actividad masculina. Asimismo se ha olvidado que cualquier diferencia entre varón y mujer presupone necesariamente, la igualdad. Esta igualdad presupone a la vez dos elementos estructurales comunes a ambos: su dignidad intrínseca y su carácter independiente.

El primero implica que todo ser humano, mujer o varón posee una excelencia o eminencia ontológica, una superioridad en el ser frente al resto de lo creado . El segundo elemento que sustenta la igualdad radica en que varón y mujer somos seres relacionales e interdependientes. De esto se deduce que debe construirse una cultura de corresponsabilidad y que ésta debe asentarse en la superación de la trampa antropológica que supone la exaltación de los criterios considerados masculinos en la sociedad. Los llamados “modos de ser masculinos” como el individualismo, la utilización irresponsable de la sexualidad o la poca dedicación a la familia son en cierto modo, los atributos y actitudes que la modernidad asignó al varón y que éste ha asimilado, en gran medida, de una manera acrítica.

La pregunta esencial es ésta: ¿Necesita cada niño un padre?

Nuestra sociedad actual contesta: - No - , o por lo menos: - no necesariamente -, ¡Cuidado! está en juego nada más ni nada menos lo que significa ser todo un hombre; además, quiénes serán nuestros niños y qué clase de sociedad queremos.

Muchas programas televisivos dan mensajes de padres que son ya sea débiles, ignorantes o indiferentes y ante sus hijos se presentan como perdedores. ¿Qué mensaje se da a los niños sobre el valor de un padre? ¿o sobre el modelo que necesitan los niños para su futuro como padres de familia? ¿o a las niñas en la búsqueda de su futuro esposo?

Sólo me resta decir a todos los padres que leyeron este artículo:

¡ Hey ustedes, padres de familia!! ¡Los necesitamos!!

  

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